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UNA NAVIDAD 

               DESASTROSA

CAPITULO II

Me estremecí al deslizar la punta de los dedos por las frías barras metálicas del cabecero. ¿Cuántas veces me había atado Blake a la cama en el pasado? A pesar de que el trabajo de forja era exquisito, eran barras tan robustas que jamás sería capaz de liberarme si me atara a ellas, sin importar que lo hiciera con cuerdas, esposas o una corbata de seda. Apreté los muslos ante la vibración cálida que me invadió el bajo vientre.

¡Basta! ¡No empieces de nuevo!

Seguía obsesionada con él y el tiempo que pasamos juntos, y eso no era bueno. Nada bueno. Ya habían transcurrido dos meses desde nuestro encuentro y, sin embargo, no había dejado de recordar una y otra vez cómo me había seducido aquel primer jueves de septiembre que nos encontramos en la inauguración del congreso de empresarios que me tocó cubrir. Incluso antes de poder leer la tarjeta de identificación, que llevaba en la solapa de su chaqueta, o de que cruzásemos nuestra primera palabra, aquellos enigmáticos ojos tuvieron el poder de atravesar el objetivo de mi cámara, obligándome a bajarla y recuperar el dominio sobre mis, normalmente, firmes manos. Él había sabido el efecto que tenía sobre mí. Su sonrisa, a pesar de ser casi imperceptible, exhibía ese aire mezcla de seguridad y satisfacción, que un cazador experimentado luce cuando pone el objetivo sobre su próxima presa. Eché más fotos de las necesarias de aquel grupo empresarial y, siendo honesta, la mitad fueron de Blake. El hecho de que nuestras miradas se mantuvieran conectadas me delató. Sin embargo, por más que lo intenté, fui incapaz de escapar de aquel extraño magnetismo con el que me tenía atrapada.

Desconozco cómo logró deshacerse de la decena de empresarios y políticos que no cesaban de pulular a su alrededor durante la jornada, sin embargo, por la noche, poco antes del cierre, me esperó apoyado con tranquilidad en la pared frente al despacho que me habían cedido, como sede de operaciones durante el fin de semana.

—¿Es demasiado tarde para un café?

Aun a sabiendas de que sería incapaz de dormir si me tomaba un chute de cafeína a las nueve de la noche, respondí:

—¿Alguna vez lo es?

Blake sonrió. Con la respiración entrecortada, observé cómo se acercaba a mí. Era igual que un depredador al acecho de su botín. Me ofreció tiempo suficiente para escapar, de decir algo, de apartarme o de elaborar una defensa… No hice nada, nada más allá de permitir que me alzara la barbilla mientras inclinaba la cabeza, y esperar a que sus labios se presionaran con seductora suavidad sobre los míos.

Como si de golpe me encontrara en el ojo de un huracán, mi universo se detuvo y la tierra bajo mis pies se desvaneció. Su lengua se abrió paso entre mis labios, invadiéndome con el dulzor de algún chupito de licor que debía haberse tomado poco antes. Mis párpados se cerraron y, como si aquello hubiera sido la señal, mis muros de protección se derrumbaron. Me entregué a él y a las olas calurosas que me atravesaron en cuanto la delicadeza se tornó en hambre y la curiosidad en una necesidad voraz, rozando la angustia tan pronto presionó la rígida evidencia de su deseo contra mí, dejándome sentir que no me encontraba sola en mi tormento.

El beso finalizó tan de repente como había empezado. Acabé apoyada contra la pared, con la respiración agitada, la humedad acumulándose en el vértice de mis muslos e hipnotizada por aquellos penetrantes ojos. ¿Qué había pasado? Aún ahora, no lo sé.

—Mejor vayamos a por ese café —murmuró ronco mientras trazaba mis labios hinchados con su pulgar.

—¿Debería ir con un tipo que ni siquiera se ha preocupado por saber cómo me llamo?

Sus ojos se iluminaron divertidos y la comisura de sus labios se tembló con un pequeño tic.

—Déjame preguntarte algo. ¿De verdad crees que hubiera llegado hasta donde estoy si perdiera el tiempo en trivialidades, Karla?

—¿Cómo…?

—Del mismo modo que sé que tienes nueve años menos que yo, que terminaste tu especialización en Nueva York trabajando por las noches de camarera, que fuiste la mejor de tu promoción, que has ganado varios premios, que eres hija única y trabajas en fotografía corporativa porque es lo que te proporciona dinero, pero que eso no te hace renunciar a tu vocación artística.

—Bien, eso ha sido… Espeluznante. —Me estremecí—. Vas a tener que disculparme. Sintiéndolo mucho, no me apetece salir con alguien que en menos de un día ha conseguido averiguar hasta el color de mis bragas sin mi consentimiento.

No sabía lo sexi que podía resultar una carcajada masculina hasta que su risa resonó profunda y aterciopelada en el pasillo.

—Soy un empresario, mi trabajo es ser práctico y eficiente. No salgo con cualquiera y no tengo intención de perder el tiempo averiguando tus datos básicos, cuando prefiero conocer tus secretos más profundos. —Blake se alejó un paso y me ofreció la mano—. Es mejor que vayamos por la puerta del servicio.

—¿Crees que estoy loca? —Era el tipo más atractivo e interesante que se me había acercado en la vida, pero mi abuela se había encargado de leerme el cuento de Caperucita Roja hasta la edad en la que comprendí por qué el Lobo esperaba a Caperucita en la cama.

—¿Quieres acabar rodeada de empresarios trepas y políticos que tratan de sacarme dinero?

—Escucha, yo…

—No soy un asesino en serie ni un violador. —Me miró a los ojos—. La salida del servicio tiene cámaras de seguridad. Sabrán que es conmigo con quien saliste. No sé el color de tus bragas y te prometo que tampoco es algo que vaya a tratar de averiguar esta noche y, si aún así no estás convencida, ¿qué tal si le envías a alguien un mensaje y le haces saber que es conmigo con quien vas a tomar algo? —Blake se sacó del bolsillo interno de la chaqueta el pasaporte y me lo entregó—. Solo un café y, si te decides, una cena. Nada más.

No hicimos el amor aquella noche. Me gustaría poder presumir de mi capacidad para resistirme a sus encantos, pero la verdad es que fue él quien mantuvo la distancia. Después de dos cafés, una cena y un par de copas, hubo un beso lento, lleno de promesas silenciosas en el asiento trasero del taxi. La mano que posó sobre mi muslo quemaba a través de la fina tela de mis pantalones y tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no moverme para eliminar los tres centímetros que distaban hasta el punto exacto donde quería que tuviera sus dedos.

El ascensor se llenó de gemidos durante las tres plantas que recorrimos hasta mi piso, amortiguando la vocecita que me advertía que estaba cometiendo una locura y que esa no era yo y, entonces, sucedió lo único que jamás hubiera esperado que ocurriera. En el umbral de mi puerta, Blake me rozó los labios con un beso tan efímero que, de no ser porque los míos se encontraban hinchados y sensibles, casi ni lo hubiera sentido.

 

—Te deseo como no he deseado a nadie en mucho tiempo. Quiero enterrarme en tu calor y oírte rogar y chillar mi nombre hasta que estés ronca. Quiero que te sientas la criatura más endemoniadamente sensual que hay sobre la faz de la Tierra y marcarte para que jamás olvides este fin de semana. ¿Y sabes qué? Jamás he sentido la necesidad de provocarle eso a nadie. —Me tapó los labios antes de que pudiera responderle—. No quiero un polvo rápido y arrepentimientos al amanecer. Mañana mi promesa de no tocarte habrá caducado. Tenlo presente.

 

—Tengo un trabajo con el que cumplir…

Los labios de Blake se estiraron hacia un lado.

—¿Y quién dice que no lo harás?

—Pero…

—Te haré sentir la mujer más poderosa y vulnerable de ese dichoso evento.

Jamás conseguí preguntarle cómo se podía ser dos cosas tan contradictorias al mismo tiempo. Se despidió con un leve roce de sus labios contra los míos y se marchó, dejando que me enfrentara a una noche en la que los efectos de la cafeína y sus besos me hicieron dar vueltas en la cama hasta el amanecer.

 

Me acerqué a la ventana con un suspiro. Parecía que las noches interminables y solitarias eran algo que iba a seguir repitiéndose con Blake. Durante aquel fin de semana cumplió su promesa. Me marcó. Me convirtió en la mujer que estaba en las reuniones más importantes de aquel congreso, siempre en el lugar y momento precisos, y con la información suficiente para que Reuters y la Agencia EFE, se disputaran mis imágenes. Llegó al punto de que el domingo fueran los propios empresarios los que comenzaron a perseguirme, con la intención de que les otorgara relevancia en las noticias internacionales.

Blake también me demostró lo fácil que era sentirme frágil a pesar del subidón de autoestima y el poder que me ofreció. Me hizo suya, cada día de aquel evento, a cada oportunidad, a su ritmo, de una manera diferente en cada ocasión y siempre, siempre, haciéndome sentir la mujer más bella, atractiva y satisfecha del planeta.

Cerré los ojos. Era tan fácil volver a sentir sus manos, su boca y su lengua sobre mi piel. Me excitó y tentó en cuerpo y alma, y me hizo ir más allá de límites que nunca creí que cruzaría, sin obligarme nunca a nada.

Hubo momentos en que me asustaron su intensidad y la pasión desenfrenada que despertó en mí, la falta de autoridad sobre mi propia anatomía y el modo en que mi voluntad se evaporaba ante sus deseos. Curiosamente, aquello también me hizo sentir liberada. Liberada de mis prejuicios, de mi educación y de la necesidad de cumplir con lo que se esperaba de mí.

Las chicas normales como yo no hacemos cosas morbosamente indecentes, o eso era lo que me habían enseñado. Con Blake aprendí que no era cierto. Por él había hecho locuras, cosas que nunca se me habían pasado por la cabeza antes y, lo que era incluso peor, había estado ansiosa por más.

Por él me había masturbado en un sensual espectáculo que observó a escondidas en su móvil en pleno almuerzo de trabajo con otros colegas, excitándome con sus instrucciones veladas con mirada y manos. También por él asistí a una reunión de negocios sin ropa interior y acabé en la mesa de conferencias completamente desnuda, tan pronto como el último de sus socios se marchó, indiferente a las conversaciones que se oían desde el pasillo. ¿Y qué puedo decir de todas las ocasiones en que me hizo rogarle por sentirlo dentro de mí o para que me ayudara a alcanzar el orgasmo? Yo, la tímida y correcta Karla Calderón, la mujer a la que un ex en su juventud llegó a definir como frígida. ¡Para echarse las manos a la cabeza, vamos!

Blake había sembrado en mí una creciente intriga y unas ganas irrefrenables por experimentar aquello que hasta entonces había considerado tabú. El peligro de jugarme mi intachable reputación o convertirme yo misma en la noticia de un evento, que había captado la atención de los medios de comunicación, no fue ni la mitad de aterrador que el reconocerme a mí misma, que en el fondo, deseaba que me empujara más lejos aún. De alguna manera, había despertado una parte oculta que ni yo misma conocía...

Me abracé.

Jamás llegamos a despedirnos. Fui tan cobarde que no le di la oportunidad. El domingo por la noche me escapé del Palacio de Congresos sin un «adiós» ni un «te llamaré». No fui capaz. No después de la forma en la que me había revolucionado el mundo en apenas unos días. Hay una regla que tenía clara desde que era una adolescente: siempre es mejor ser la mujer que deja, a ser la pobre chica a la que han abandonado. Te ahorra los sufrimientos y la sensación de fracaso, porque tú eres la responsable última de la ruptura. Al menos eso creía hasta entonces.

La cosa no funcionó como yo esperaba. Había esperado que, escapar de su perniciosa influencia, sería lo único que necesitaría si pretendía recuperar a la vieja, buena y ordinaria Karla. Me equivoqué. De lo único que sirvió fue para que terminara preguntándome si había jorobado la oportunidad de que hubiera habido algo más entre nosotros, si la distancia que nos separaba quizá hubiera sido un obstáculo que podríamos haber superado o… Si acababa de perder al amor de mi vida.

Si Blake hubiera hecho un único intento por contactar conmigo, me hubiera lanzado a su cuello y le hubiera prometido amor eterno. No lo hizo o, al menos no hasta hace unas semanas. Anular el resto de mis trabajos y sacarme un billete al otro lado del mundo equivalía a lanzarme sobre él con los ojos cerrados, aunque, en el fondo, prefería no pensar en lo patética que podía llegar a ser por buscar la oportunidad de experimentar de nuevo lo que me hizo sentir.

Apoyé la frente en el cristal, recreándome en su frescura. A pesar de que afuera se notaba el frío, resultaba una decepción que no hubiera ni una pizca de nieve.

¿Había cometido una locura viniendo al rancho de Blake o debía verlo como una segunda oportunidad? Quizá Carmen tuviera razón y era hora de que luchara por lo que quería. Y si algo tenía claro entonces, era justamente eso. Quería a Blake y lo quería al completo. No pretendía conformarme con un par de juegos morbosos. Quería que él no pudiera concebir la vida sin mis curvas y si pudiera hacerlo... Suspiré. Esa no era una opción. No lo era si quería salir cuerda de allí. Volví a inflar mis pulmones llenándome de decisión. Lo haría. ¡Podía hacerlo!

Mi corazón dio un salto al ver el perfil del hombre que cruzaba el patio. ¿Blake? ¡Había regresado antes de lo previsto! Corrí hacia la puerta, pero tal y como la abrí, la cerré de nuevo. No hay valor más grande que la cualidad de ser sincera con una misma y no necesitaba olerme para saber que después de un viaje de veinte horas necesitaba una ducha. ¡Y urgente!

Hice una mueca ante la idea de que el hombre de negocios serio e imponente huyera despavorido ante mi llegada. Reí. Estaba claro que no era uno de los riesgos que pensaba correr. Mi conquista podía esperar a que me duchara y arreglase.

¡Blake Cooper, prepárate, porque pienso aprovechar esta oportunidad!