Algunos días no deberían existir. Cualquiera que se encontrara en el pellejo de Bea pensaría lo mismo. ¿Cuántas probabilidades hay de que la Administración cometa un error tan grave que envíe tu vida y tu estabilidad al garete? ¿Y de que te toque precisamente a ti? ¿Y qué es lo peor de todo? Que quien tiene que demostrar que fueron ellos los que metieron la pata eres tú —¿quién si no?—.

Jodido, ¿verdad?

Viuda, con un bebé al que mantener y sin trabajo, a Bea no le queda otra que pedirle a su cuñado, Theron Mitros, que la ayude a deshacer el entuerto. No sería nada del otro mundo, si no fuera porque nunca le cayó bien a Theron, porque este vive en Creta y… porque le está ocultando algo.

 

Una novela romántica tierna, de segundas oportunidades, seducción, pasión y un secreto que lo cambiará todo.

 

Noa Xireau: Esta historia de amor contiene, desde mi punto de vista, uno de los mejores finales que he escrito. Espero de corazón que disfrutes de su lectura.

UN PEQUEÑO

               ERROR

UN PEQUEÑO ERROR

CAPITULO I

A pesar de que era pleno mes de junio, con treinta grados a la sombra, y de que el sudor le corría a chorreones por la frente y el escote, Bea habría pagado con gusto por uno de esos horrendos calendarios religiosos que se vendían a fin de año por las calles con tal de asegurarse de que no era el día de los Santos Inocentes.

—Está de broma, ¿no? —Contempló a la administrativa al otro lado del mostrador convencida de que, de un momento a otro, le iba a anunciar que estaba en uno de esos programas de telerrealidad en el que le gastan inocentadas a incautas como ella.

La mujer se limitó a reajustarse sus gafas de culo de botella sobre la nariz de cacatúa.

—¿Le parece a usted que tengo cara de estar bromeando?

En eso, la mujer tenía razón. La cara de asco que portaba parecía que se la habían esculpido a martillo y cincel.

—Escuche… o se ha equivocado o se trata de un grave error.

—Error ¿dónde? Aquí lo pone muy claro: Theron Mitros.

—¡Ese es el error! Mi marido se llama Theo, Theodor Mitros, no Theron.

La mujer revisó el certificado de matrimonio, copió algo al ordenador y sacudió la cabeza.

—El número de pasaporte coincide con el de Theron Mitros.

—Le estoy diciendo que Theron no es mi marido, es el hermano de mi marido.

—Entonces, ¿tuvo un hijo con su cuñado? —La mujer no hizo nada por esconder su sarcasmo.

—¿De qué está hablando?

—Que en el certificado de nacimiento de su hijo también pone Theron Mitros.

—¡Eso es imposible!

—Según lo que consta en esta documentación, no lo es.

Bea se masajeó el puente de la nariz e inspiró, llenándose los pulmones hasta los topes, para soltar el aire con lentitud. ¿Tan difícil era entender que lo que sea que pusiera en esos dichosos archivos estaba mal?

—Mire, me da igual lo que le aparezca en la pantalla. Soy la esposa de Theodor Mitros, no de Theron.

—¿Y no tiene en su casa una copia de las actas matrimoniales o el libro de familia? —preguntó la administrativa con la misma condescendencia que una maestra de infantil mostraría a la alumna más torpe de la clase.

—Era mi marido quien se encargaba de esas cosas. No sé dónde las ha guardado. —El temblequeo interno que le atenazaba la boca del estómago comenzaba a reflejarse en su voz.

—¿Sabía que en el siglo XXI las mujeres ya tenemos derecho al voto, a la propiedad y a encargarnos de las relaciones con la administración pública?

Bea comprobó en el insípido reloj de la pared que se le estaba agotando el tiempo si quería entrar en el próximo turno de visitas a ver a Theo.

—Sé muy bien cuáles son mis derechos, pero eso no significa que tenga que torturarme con un papeleo que él hacía gustoso —resopló Bea, aunque en el fondo la muy imbécil había dado en la diana y escocía.

—Pues dígale a su marido que venga a confirmarlo.

—¡Ya le he dicho que está en coma en la unidad de cuidados intensivos!

—¿Y cree que pegar voces le va a servir de algo? —Las cejas a lo Groucho Marx se elevaron por encima de las gafas de pasta negra, recordándole a aquello de «la parte contratante de la primera parte será considerada la parte contratante de la primera parte».

—¿Y cómo demonios quiere que se lo diga si no se entera de nada?

La mujer reajustó un tocho de papeles detrás del mostrador y la miró con frialdad.

—¿Quiere que le diga lo que yo entiendo? Lo que yo entiendo es que es la primera vez que alguien llega al punto de querer hacerse pasar por la esposa de un enfermo mientras está inconsciente. ¿Qué pretende? ¿Asegurarse de que podrá defraudar a la Seguridad Social cobrando una viudedad que no le corresponde? ¿O hacerse con su cuenta bancaria y sus propiedades porque sabe que no le habrá dejado nada? No, no me lo cuente. No quiero ni saberlo. Créame, he visto muchas cosas por aquí, aunque esta es la que se lleva la palma, es la más estrambótica e irreal que he tenido la desgracia de tener que presenciar en mi vida.

—¿Qué? ¡Pero cómo se atreve siquiera a acusarme de semejante chorrada! —Si no hubiera sido por el mostrador, se habría lanzado sin dudarlo sobre el estúpido orangután en faldas.

—Bien. —La mujer no se inmutó ni un ápice—. Lo tiene fácil. Demuestre que está casada con Theodor y no con Theron.

—¿Y cómo pretende que lo haga? ¿Espero a que muera y llamo a una médium para que contacte con él? ¡Por Dios, esto es lo más increíble que me ha pasado en la vida! ¡La única prueba que tenía se suponía que eran los certificados que custodian ustedes como administración!

—En ese caso, tendrá que venir con Theron Mitros y presentar un recurso. Obviamente, aportando la documentación relativa que corrobore que es con su hermano y no con él con quien está casada.

—¿Y cómo demonios espera que haga eso? Mi cuñado vive en Grecia.

—Lo siento, pero ese no es mi problema. Firme aquí confirmando la recepción de los certificados. —Le entregó un bolígrafo junto con los documentos—. Ahora, si me disculpa…

—¿Que la disculpe? ¡Y un pepino la voy a disculpar! ¡Quiero hablar con su superior ahora mismo y…!

—Puede poner una reclamación vía telemática.

La ventanilla de cristal se cerró con un decidido clac, dando por finalizada la conversación.

Con las piernas cediendo bajo ella como dos muelles sin sujeción, Bea se dejó caer en el primer escalón alto que encontró a la salida del juzgado de paz y contempló los documentos que temblaban en sus manos.

Theron Mitros. La mujer tenía razón, aparecía en letras negritas tanto en el certificado de matrimonio, como en el de nacimiento y la copia del libro de familia. ¿Cómo demonios había podido ocurrir? Se pasó una mano por los ojos. Si al menos Theron hubiera actuado como padrino en su boda, podría haber entendido la confusión, pero ni siquiera se había presentado. Los padrinos fueron unos conocidos de Theo de los que ni siquiera recordaba sus nombres hasta que los vio sobre el papel.

Se apretó los lagrimales tratando de no llorar. Y ahora ¿qué? Si Theo hubiera estado allí, seguro que todo se habría solucionado en un abrir y cerrar de ojos. Conociéndolo, se habría puesto a reír, se habría inclinado sobre el mostrador y le hubiera sonreído a la arpía poniendo esa mirada de galán de cine que derretía las bragas hasta de las más puritanas. Ese era Theo, el hombre que siempre se salía con la suya. Pero ya no estaba. Ese era precisamente el problema.

Trató de no pensar en que se cumplieran los pronósticos que le había comunicado esa misma mañana el médico, guardó los documentos en el bolso y se levantó. Tenía el tiempo justo de llegar al hospital si no quería perderse la visita. ¿Cómo había podido cambiar tanto su vida en apenas unas horas? Ayer por la mañana, Theo se metía con ella porque la descubrió encogiendo la barriga mientras trataba de cerrar el botón de su vaquero y hoy se encontraba tendido inerte en una cama, con respiración asistida y la noticia de que tenía un tumor cerebral tan avanzado que ya no admitía su extirpación.

Las lágrimas consiguieron burlar su control al pensar en el tiempo durante el que Theo probablemente se lo había estado ocultando. Puede que debiera haberse enfadado con él por no confiar en ella o, tal vez, por no dejar nada dispuesto para cuando ocurriera y que ella y el niño quedaran descubiertos ante la tempestad que se les avecinaba, pero ¿qué muestra de amor más grande podía haber que la de protegerla del sufrimiento de saber que se les acababa el tiempo juntos?

No podía ni imaginarse lo que un hombre tan vital y controlador como Theo había tenido que padecer ante la noticia de una enfermedad terminal. ¿Habría tenido ella la fortaleza suficiente de enfrentarse al cúmulo administrativo que preparara su marcha? Lo dudaba. Sin encontrarse en sus circunstancias, ya se sentía incapaz de hacerlo.

Se avergonzaba de su egoísmo al pensar en ella misma cuando era Theo quien se estaba muriendo, sin embargo, no podía evitarlo. ¿Qué iba a hacer si no lograba resolver el entuerto administrativo que se había formado? Después de un año y medio sin trabajar, en su cuenta corriente apenas quedaban unos quinientos euros. Quizá no debería haber accedido con tanta presteza a la suave persuasión de Theo de que renunciara a su trabajo de camarera para dedicarse a disfrutar del embarazo y poder cuidar de Niko, aunque tampoco era como si le hubiera costado demasiado dejar atrás a esos estúpidos capullos que, por darle propina, se creían con derecho a tocarle el trasero. La simple idea de tener que volver a pasar por aquello hasta que consiguiera un trabajo más estable ya hacía que su estómago la amenazara con dar un vuelco. A lo mejor, si tenía suerte y pillaba un puesto en una cafetería en vez de un local nocturno… Se colocó la mano sobre su abdomen y apretó. Podía hacerlo, solo era algo temporal.

Por el momento, nada le impedía seguir sacando dinero de la cuenta bancaria de Theo con la tarjeta y, con suerte, podría acumular lo suficiente como para cubrir al menos los gastos del entierro. Aquella mañana ya había sacado los trescientos euros de tope que le permitía el cajero automático y había hecho una compra online en el supermercado en previsión de que el banco pudiera congelar la cuenta. El único alivio había sido la noticia que había descubierto en internet que afirmaba que, ante el fallecimiento del titular, el banco seguiría pagando los gastos corrientes que este hubiera suscrito. Lo que significaba que, durante el próximo mes, al menos, tenía cubiertos el alquiler y los gastos básicos de luz y agua.

En el fondo, se trataba de problemas menores comparados con las dificultades que se le avecinarían para cobrar una pensión de viudedad que la ayudara a mantener a Niko. ¿Por qué no se le había ocurrido nunca que deberían haber hecho un testamento o haberse preocupado más por la parte económica y administrativa de su relación? Casi rio ante su propia estupidez, pero entonces ¿quién se esperaba morir a los treinta y pocos? Ella no, desde luego, y Theo seguro que tampoco.

El sonido de Calma del móvil hizo que le dieran ganas de tirarlo a la próxima papelera. Solo el nombre en la pantalla la detuvo.

—Mabel, ¿qué ocurre? ¿Niko está bien? —El silencio al otro lado de la línea le puso el vello de punta—. ¿Mabel?

—Bea, nena, han llamado del hospital porque no les cogías el teléfono. Es por Theo… Lo siento mucho.