Algunos días no deberían existir. Cualquiera que se encontrara en el pellejo de Bea pensaría lo mismo. ¿Cuántas probabilidades hay de que la Administración cometa un error tan grave que envíe tu vida y tu estabilidad al garete? ¿Y de que te toque precisamente a ti? ¿Y qué es lo peor de todo? Que quien tiene que demostrar que fueron ellos los que metieron la pata eres tú —¿quién si no?—.

Jodido, ¿verdad?

Viuda, con un bebé al que mantener y sin trabajo, a Bea no le queda otra que pedirle a su cuñado, Theron Mitros, que la ayude a deshacer el entuerto. No sería nada del otro mundo, si no fuera porque nunca le cayó bien a Theron, porque este vive en Creta y… porque le está ocultando algo.

 

Una novela romántica tierna, de segundas oportunidades, seducción, pasión y un secreto que lo cambiará todo.

 

Noa Xireau: Esta historia de amor contiene, desde mi punto de vista, uno de los mejores finales que he escrito. Espero de corazón que disfrutes de su lectura.

UN PEQUEÑO ERROR

UN PEQUEÑO ERROR

CAPITULO II

Bea se quitó el cinturón de seguridad con los ojos cerrados y tomó aire.

—¿Te encuentras bien? —Mabel le echó una ojeada preocupada.

Con una enorme bola atenazándole la garganta, Bea negó y se limpió las lágrimas que se escaparon a pesar de sus esfuerzos por retenerlas. Quería haberle dicho que la pérdida de Theo dolía, también que se sentía sola y desamparada y que le preocupaba qué iba a ocurrir a partir de ese momento, pero, sobre todo, querría haberle confesado que se sentía culpable. Culpable por pensar en ella misma, en su hijo, en su futuro y su estabilidad.

Mabel le ofreció un pañuelo de papel y le palmeó la rodilla.

—Todo saldrá bien, ya verás. Reharás tu vida y el hermano de Theo seguro que te ayudará a solventar la confusión en cuanto se lo expliques.

—Eso espero. Mañana concertaré una videollamada con él. —Su intento de sonrisa se convirtió en una patética mueca que ayudó más bien poco a ahogar los siguientes sollozos.

—Te recogeré si decides no quedarte durante la madrugada. Lamento no poder quedarme contigo. Me habría gustado acompañarte durante el velatorio.

—Demasiado has hecho ya por ayudarme y tu madre no está para quedarse tantas horas a cargo de Niko. De cualquier modo, es improbable que asista demasiada gente. He avisado a su familia, pero no creo que consigan vuelos desde Grecia con tan poco tiempo de antelación. Por lo demás, Theo nunca se preocupó por hacer amigos aquí y ya sabes cómo solía evitar las reuniones sociales. Dudo mucho que venga alguien más aparte de mis primos y un puñado de mis conocidos.

Incapaz de comentar nada más sin venirse abajo, salió del coche. Mabel la conocía y lo comprendería. A punto de llegar a la entrada del tanatorio, se tropezó con una chica.

—Disculpe, ¿es usted la persona a la que vieron en urgencias con Theodor Mitros?

Bea se secó las mejillas.

—Supongo, sí.

—¡Es ella! —gritó excitada la chica, mirando por encima de su hombro.

Bea siguió sobresaltada su mirada hasta un joven espigado que portaba una cámara profesional que debía de pesar más que él. No fue el único que corrió hacia ellas como si acabaran de anunciar su nombre como el ganador del último bote del Euromillón. Con un jadeo, reculó medio metro ante la repentina estampida que se lanzaba en su dirección. Levantó los brazos tratando de protegerse de los deslumbrantes flashes y micrófonos y apenas consiguió retroceder dos pasos más antes de que la hubieran rodeado y cortado el paso en cualquier dirección. No entendía nada del incesante bombardeo de gritos y preguntas que se superponían las unas a las otras.

—¿Es usted la mujer que estuvo con Theodor Mitros durante sus últimos días?

—¿Cómo fue su muerte?

—¿Permaneció hasta el final a su lado?

—¿Le dejó dicho algo antes de morir?

—¿Qué clase de relación mantuvo con él?

—¿Sabe quién ocupará ahora la vacante que ha dejado libre como CEO de Mitros Enterprises?

Con la visión borrosa y un agobiante calor subiéndole por el pecho, trató de encontrar sin éxito algún rostro conocido a su alrededor. ¿De dónde había salido tanta gente? Frente a sus ojos, enormes micrófonos con carteles se empujaban como si estuvieran en un ring. ¿Qué demonios querían de ella y de qué conocían a Theo?

Como si de una cámara lenta se tratara, vio cómo uno de los micros se dirigía derecho a su ojo antes de que una mano lo interceptara y lo apartara.

—El jefe del gabinete de comunicación de Mitros Enterprises responderá a sus cuestiones en una rueda de prensa que convocará en unas horas. Por lo que les ruego respeten este momento de luto de nuestra familia. —La voz profunda y decidida que tanto había temido reencontrarse Bea le recorrió la columna vertebral como un escalofrío.

—Dicen los rumores que usted y su hermano llevaban un tiempo distanciados y que las relaciones entre ustedes eran prácticamente inexistentes. ¿Qué puede decir sobre eso, señor Mitros?

—Si nos disculpan… —Theron le rodeó el hombro a Bea y le colocó un brazo protector por delante abriéndole el camino entre los agresivos reporteros.

Agradecida de que la librara de aquel grupo de periodistas, que le recordaban a un enjambre de avispas peligrosas siseando a su alrededor con sus púas envenenadas, se dejó guiar por él. Nada más pasar la recepción del Tanatorio y quedar fuera de la vista de los que estaban en la calle, Theron se distanció de ella como si le quemara.

—¿Se puede saber por qué no has contratado a un chófer y unos guardaespaldas sabiendo lo que iba a esperarte aquí? —siseó Theron entre dientes.

—No imaginaba que…

—¿O es que acaso es eso lo que querías? ¿La atención de la prensa amarilla? Aunque si pretendías que funcionara, deberías haber elegido un escote algo más profundo y unos zapatos de tacón, ¿no crees?

Ella se detuvo en medio del corredor sin importarle quién podía estar observándolos.

—¿De qué estás hablando?

Los ojos azules se entrecerraron al estudiarla.

—Has estado llorando. Estás afectada de verdad.

—¡Theo acaba de morir! ¿Qué esperabas?

El pecho masculino se infló con una profunda inspiración.

—Está bien, hablaremos luego. Por ahora, solo han llegado algunos altos directivos que estaban conmigo en la reunión de Londres cuando me avisaste, pero será solo cuestión de horas de que vayan llegando nuestros familiares y los demás. Ya nos han contactado algunos socios y accionistas preguntándonos por la dirección para venir. Ahora formas parte de la imagen visible de la empresa y tendrás que estar a la altura de las circunstancias.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Qué empresa? ¿Y por qué tendría que ser yo la imagen visible de ninguna empresa? —Su voz salió tan débil que Theron no debió oírla, porque siguió hablando.

—Aunque me llevaré las cenizas a Grecia a nuestro panteón familiar, la mayoría de ellos han querido asistir a su velatorio y la misa.

—Señora, mi más sentido pésame. Soy Alexander Vasilakis, asesor legal de Mitros Enterprises. No sé si se acordará de mí, Theo nos presentó durante su fiesta de cumpleaños en marzo del año pasado. —El hombre le cogió la mano entre las suyas—. Lo conocía desde que era pequeño, éramos como hermanos.

—Lo recuerdo. Theo y usted… —El nudo en la tráquea no la dejó terminar.

Fue una velada en la que Theo quiso presentarla a sus familiares y amigos, la noche en la que su relación pasó de una simple amistad a un proyecto de vida en común.

—Lo siento mucho —murmuró Alexander. Ella negó con la cabeza y él le palmeó la mano—. Ya nos han asignado una sala. He conseguido que nos proporcionen la más amplia de la que disponían, aunque calculo que seguirá siendo insuficiente.

El mundo pareció dar una vuelta entera alrededor de Bea, haciéndole perder la tierra bajo los pies.

—Te estás poniendo blanca. Es mejor que lleguemos a la sala y que te sientes. —Theron la sujetó por el codo y la acompañó sin perderla de vista.

En cuanto Bea se volvió consciente de a dónde la llevaban y que la sala no solo era la más grande que tenía el tanatorio, sino que además venía acompañada de un despliegue de flores y un servicio que les ofrecía café a los asistentes, se paró en seco.

—Theron, ¿podríamos hablar un momento en privado?

Si le extrañó su petición, no lo demostró.

—Voy a adelantarme —intervino Alexander sin inmutarse.

En cuanto el abogado se alejó, Bea se frotó las manos húmedas contra el pantalón negro.

—Escucha. No quiero que te lo tomes a mal, pero… No me puedo permitir pagar tantos servicios extra. Ya me cuesta afrontar los gastos básicos y hasta para eso me he tenido que cubrir las espaldas pidiéndole dinero prestado a una amiga.

—¿Se supone que debo reírme? —Su cuñado frunció el ceño.

—No le veo la gracia. —replicó Bea comenzando a irritarse.

Theron se sentó en uno de los sillones del pasillo, señalándole que se sentara en el contiguo.

—De acuerdo. Prueba a explicarme qué es lo que ocurre y no trates de convencerme de que ya te gastaste la fortuna de mi hermano.

Bea soltó un bufido áspero.

—Por desgracia, la fortuna de tu hermano asciende a tres mil cuatrocientos treinta y cuatro euros con exactitud y eso, suponiendo que el banco no acabe de bloquear la cuenta y me deje sin acceso.

Los inquisidores ojos azules permanecieron posados sobre ella como si no la conociera.

—¿Por qué iba a bloquearte?

—No soy titular de la cuenta, solo autorizada. —La expresión en los ojos de Theron la hizo reajustarse incómoda en el sillón. Cuando Theo le había propuesto incluirla como persona autorizada en la cartilla, había aceptado sin plantearse por qué no la metía como titular si estaban casados. Ahora no le quedaba más remedio que hacerlo.

—¿Teníais separación de bienes? —Theron parecía sorprendido.

—Sí. Aunque tampoco habría ayudado de mucho cuando ni siquiera puedo acreditar que estoy casada con él. El banco bloqueará la cartilla en cuanto averigüe que Theo está muerto.

—¿De qué estás hablando? —Por primera vez, Theron perdió el control sobre su voz y consiguió que varias miradas se posaran sobre ellos.

—Bueno, es lo lógico, ¿no? En el momento en el que les llegue el recibo del tanatorio, sabrán que ha fallecido.

—No, eso no. ¿Qué has dicho sobre lo de estar casada con él?

—Ah, eso. —Bea sacó el certificado de matrimonio del bolso y se lo ofreció. Cuando él parpadeó confuso, le indicó la parte en la que aparecía su nombre—. Échale un vistazo a esto.

Theron apretó los labios en una fina línea. Sin pronunciar palabra, la agarró con dureza por el brazo y la arrastró con él hasta el mostrador de recepción.

—¿Dónde hay un sitio privado en el que podamos hablar? —El tono de Theron transformó la pregunta en una fría amenaza.

La recepcionista echó una ojeada miedosa a la puerta que había a su derecha, como si quisiera pedirle auxilio a alguien.

Sin pensárselo mucho, Theron rodeó el mostrador y se dirigió a la puerta cerrada. Ignoró las débiles tentativas de la chica por detenerlo e irrumpió en la oficina.

—Lo siento, señor Rodríguez, he tratado de explicarles que no pueden entrar aquí —lloriqueó la chica como si de una película mala de gánsteres se tratara.

—Señor… —El gerente se hundió asustado en su sillón.

—Necesito hablar con mi cuñada, en privado.

—Sí, sí, claro, señor Mitros. Puede utilizar mi despacho si lo desea —farfulló el hombre levantándose apresurado de su asiento.

Theron esperó a que cerrara tras él antes de girarse hacia Bea.

—Ahora explícame lo que significa esto. —Theron señaló los papeles que le acababa de mostrar.

—No he encontrado ningún motivo plausible excepto que debe de haberse producido algún tipo de error administrativo que…

—No hay errores administrativos. No de este calibre.

—No se me ocurre otra justificación que explique semejante error. —Bea se mojó los labios bajo la dura mirada.

—¿Qué tal si comienzas por contarme cómo has logrado que falsifiquen un certificado de matrimonio y qué es lo que pretendes exactamente haciéndolo?

—¿Falsificarlo yo? ¿Por qué demonios iba a hacer eso? Lo único que hago es perder. No puedo acceder a la cuenta de Theo, perderé la pensión de viudedad si no consigo demostrar que es falso y ni siquiera Niko tendrá derecho a nada. ¿Te has fijado en la fecha del estampillado? Es del día de mi boda. Por lo demás, está bien, excepto que en vez de Theo pone Theron. ¿Es que no te das cuenta de cómo me afecta?

—¿Quién es Niko?

—¿Ahora ya no te acuerdas ni de cómo se llama tu sobrino? Esperaba algo más de ti, aunque no hayas venido nunca a verlo. —Bea podría haberle dicho muchas cosas más, pero se refrenó ante el tono ceniciento de su normalmente morena tez—. Escucha, Theron, de verdad, no quiero nada de ti, ni siquiera sé qué podrías darme. Lo único que quiero es que vengas conmigo al Juzgado de Paz cuando pase el sepelio y que me ayudes a resolver este entuerto. Después de eso, ya no volverás a oír nada más de mí.

Él miró de ella al documento. Su rostro parecía una máscara sin emociones. Acabó por meterse la mano en el bolsillo y sacó su móvil.

—Alex, ven a la oficina que hay detrás de recepción. —Theron se guardó el móvil en el pantalón y se acercó al amplio ventanal.

—¿De verdad es necesario meter a un asesor legal en esto?

Theron se limitó a contemplar tenso el exterior mientras esperaba al abogado, quien entró apenas dos minutos después.

—¿Theron? ¿Ha pasado algo?

—Eso parece. —Theron estuvo frente a Alexander en dos zancadas. —Échale un vistazo a esto —le indicó pasándole los documentos.

—¿Te casaste con ella? —El abogado elevó sorprendido las cejas.

—No, que yo sepa —masculló Theron.

—Pues parece auténtico y no solo lleva tu nombre, sino también tu número de pasaporte y tu domicilio.

—No es el único documento con esos datos —intervino Bea.

Tragó saliva cuando los dos pares de ojos masculinos se mantuvieron fijos sobre ella. Abrió el bolso y buscó el libro de familia y el certificado de nacimiento y se los entregó al abogado.

—¡Mierda! Theron, creo que deberías… —Alexander alzó la cabeza hacia Theron, quien prácticamente le arrancó los papeles de la mano.

—¿Qué es eso?

—La documentación que afirma que eres el padre de su hijo.

—¿De verdad crees que esto te servirá de algo? —La voz iracunda de Theron tronó por el despacho.

Desesperada, Bea recurrió al abogado.

—Yo no quiero nada, en serio, se lo juro. Me basta con que me ayude a corroborar que se ha producido una confusión.

—Theron. Cálmate. Ella no los ha falsificado. Fíjate en la rúbrica que consta en esos documentos.

En cuanto lo hizo, su cuñado se dejó caer en una de las butacas.

—Es la letra de mi hermano.

Alexander asintió. En su rostro se encontraba marcada la gravedad del asunto.

—Probablemente, nos exigirán que pongamos una denuncia y se requerirá un juicio si queremos probar que quien proporcionó esa información y firmó esos documentos no eras tú. No me extrañaría que aprovechara vuestro parecido. Nadie habría sospechado nada si les mostró tu pasaporte real y no se fijaron en mucho detalle.

—¿Por qué iba a hacer algo así? Es estúpido —los interrumpió Bea mareada—. Es más lógico pensar que fueron los funcionarios quienes metieron la pata y que Theo no se dio cuenta y que por eso firmó.

Theron y ella miraron al abogado, quien revisó de nuevo los papeles y sacudió la cabeza.

—No tengo ni idea de por qué hizo algo así, pero tu hermano tuvo que presentar tu pasaporte, además de otra documentación complementaria que le requirieran. Suena demasiado elaborado para que fuera mera casualidad.

—¿En cuánto tiempo podemos resolverlo? —El rostro de Theron parecía esculpido en piedra.

Alexander movió pensativo la cabeza.

—Nunca he llevado un tema de estas características, aunque con el retraso que suele caracterizar a la justicia española, me atrevería a decir que serán de seis a dieciocho meses… con suerte.

—¡No puedo esperar seis meses! —Tal y como se incorporó de un salto, Bea se derrumbó otra vez en el sillón.

—Y hay otro tema que debéis tomar en consideración. —Alexander titubeó—. En cuanto los rumores alcancen a los medios de comunicación, os convertiréis en carne de cañón. Pocas noticias serán tan jugosas como esta ni darán tanto que hablar como el misterio no resuelto que deja tras de sí un difunto famoso como Theo.

—¡Maldita sea! —Su cuñado se pasó una mano por el pelo.

—Debe existir algún medio de que podamos solucionarlo. Yo… no puedo… yo… —Bea rompió a llorar. ¿Cómo podía complicarse su vida tanto en tan poco? Era imposible. ¡Tenía que serlo!

—Tome. —Alexander, que se había acuclillado frente a ella, le ofreció un paquete de pañuelitos de papel—. Encontraremos una solución, pero no será ahora. Si queréis mi consejo, deberíais salir a atender a las personas que han venido al velatorio antes de que comiencen a formarse otro tipo de bulos por vuestra ausencia. —El abogado se levantó para acercarse a Theron—. Teniendo en cuenta que Theo jamás publicitó su enlace ni la presentó de forma oficial ante nuestra gente, yo procuraría mantener la incógnita de quién es hasta que termine la ceremonia y podáis hablar con tranquilidad.

—¿Cómo que vuestra gente no sabe que estaba casado? —Bea bajó la mano con la que se había estado sonando la nariz—. Theo me dijo que nadie asistió a nuestra boda porque tú te opusiste a ella y tus familiares se pusieron de tu lado.

—No me opuse a vuestro matrimonio, no cuando ya fue definitivo al menos —se defendió Theron con un tono vacío—. Y el resto de la familia no se enteró de vuestra boda. Él no los invitó.

—¿Esperas que te crea a ti antes que a Theo sabiendo que no soy de tu agrado? El día que nos presentó, no hiciste nada por ocultarlo.

Los ojos azules se clavaron en ella.

—Eso fue antes de… antes de que celebrarais vuestro compromiso.

—Y entonces, ¿por qué no asististe a la boda?

—Theo me declaró persona non grata en vuestra vida. —Theron se frotó el puente de la nariz.

—¿Tampoco sabíais de Niko? —Bea se sentía tan débil que su voz apenas se oyó.

Theron apartó la mirada.

—Hablaremos después del entierro. Alexander tiene razón, debemos salir, es mejor que nadie se entere de lo que ha ocurrido hasta que sepamos qué hacer.

—No pienso mentir. —Bea levantó la barbilla a pesar de que las lágrimas no le permitían ver bien a ninguno de los dos.

—No tendrás que hacerlo, simplemente, mantente a mi lado y no les dejes averiguar que dominas bien el griego o el inglés. Yo me encargaré del resto.