¿QUE SACRIFICARÍAS  POR LA MUJER

QUE PUEDE SALVAR TU MUNDO?

Sarah

TRES

REYES

PARA

capitulo iI

Duncan no era el único que mantenía los labios apretados en una fina línea mientras esperaban frente al ascensor. Habían detectado fuertes protecciones mágicas rodeando el edificio y el interior del hospital estaba atestado de razas mágicas, la mayoría de ellas nocturnas.

Ya había identificado a seis guardias y varios miembros del personal médico como criaturas de la noche. Eran medidas de seguridad demasiado exageradas si de lo que se trataba era de proteger a una simple niña.

Duncan no era el único que mantenía los labios apretados en una fina línea mientras esperaban frente al ascensor. Habían detectado fuertes protecciones mágicas rodeando el edificio y el interior del hospital estaba atestado de razas mágicas, la mayoría de ellas nocturnas.

Ya había identificado a seis guardias y varios miembros del personal médico como criaturas de la noche. Eran medidas de seguridad demasiado exageradas si de lo que se trataba era de proteger a una simple niña.

—Preferiría tomar las escaleras —murmuró entre dientes cuando los números rojos señalaron que las puertas del ascensor estaban a punto de abrirse.

—Yo también —coincidió Gedeon—. Tú y Adam tomad la delantera. Tendréis que cambiar si nos atacan. Xiu y yo formaremos la retaguardia.

Sus instintos de alfa se rebelaron contra las órdenes; sin embargo, no tuvo más remedio que darle la razón. En caso de confrontación, ver a alguien acercándose desde el frente les daría el tiempo que necesitaban para transformarse. Eran buenos luchadores en forma humana, pero en una batalla desigual sus posibilidades eran muy superiores como lobos. Duncan se dirigió hacia las escaleras y el resto siguió sin objeción.

Los guardias apostados al lado de la escalera bajaron sus miradas en cuanto se acercaron. No se apartaron, pero era fácil detectar el ligero tufo a miedo. No era como si a Duncan le sorprendiera, él y sus acompañantes debían de dar una imagen imponente. Él medía un metro noventa y dos y, como le gustaba bromear a su hermana, parecía un armario empotrado. Estaba acostumbrado a que la gente se quitara de su camino nada más echarle una ojeada. Adam tenía casi la misma altura y sus hombros eran aún más anchos que los suyos.

Xiu y Gedeon no se quedaban atrás. Sus cuerpos eran delgados y atléticos, con una elegancia natural en sus movimientos; sin embargo, exudaban peligro por los cuatro costados. Al nativo podían faltarle un par de centímetros para ser igual de alto que él, pero la oscuridad que lo rodeaba chillaba «depredador» alto y claro.

En cuanto a Gedeon... Duncan suspiró. Ged era, en una palabra, alucinante. A pesar de su belleza y de tener un rostro que podía haber sido esculpido por Miguel Ángel, la gente no necesitaba un segundo vistazo para reconocer el peligro que derrochaba. Duncan todavía recordaba su primer encuentro. Ged le había recordado a un ángel vengador. Aun hoy seguía viéndolo así: como una criatura increíblemente deslumbrante y mortal.

Encontraron un par de guardias en cada nivel, aunque nadie intentó dirigirse a ellos. Cuando llegaron a la cuarta planta, Gedeon se detuvo.

—Tenemos que salir, cruzar este ala del hospital y tomar las escaleras al final del pasillo hasta el último piso.

Frunciendo el ceño, Duncan se volvió hacia Ged.

—Que bien preparados venimos, ¿no?

Gedeon encogió los hombros.

—Uno no llega a mi edad si se mete a ciegas en callejones oscuros.

Duncan se encogió por dentro. Debería haber hecho lo mismo y haberse preparado para esta situación. No hubiera sido demasiado complicado encontrar los planos del edificio y haberles echado un vistazo rápido. «Imagino que es cierto eso de que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Aquí estoy, vestido como un jodido Rey Mago, y en vez de actuar con sabiduría lo hago como un estúpido novato».

—De acuerdo, hagámoslo —decidió Duncan abriendo la puerta para revisar el pasillo vacío que se extendía ante él.

Una pelota salió botando de una habitación y, con unos segundos de diferencia, la siguió una chiquilla soltando alegres risitas. Sus tirabuzones negros bailaban alrededor de su linda carita en forma de corazón. Tan pronto como la pequeña notó su presencia, sus ojos azules se abrieron de par en par y giró para desaparecer de forma precipitada en su habitación.

Duncan se inclinó a recoger la reluciente pelotita de goma rosa. Un músculo en su mandíbula se tensó mientras estudiaba los garabatos infantiles que la cubrían. No le gustaba la situación. No había pretendido asustar a la niña, pero eso no era lo peor. Si en la planta había niños, podían quedar expuestos al mismo peligro para el que ellos se estaban preparando. Las posibilidades de que el hospital se convirtiera en un campo de batalla a lo largo de la noche eran bastantes. Demasiadas.

Antes de que pudiera pedirle a los demás que tomaran una ruta alternativa, la pequeña regresó arrastrando tras de sí a un chico escuálido, dos o tres años mayor que ella, que llevaba un vendaje que le tapaba parte de su cabeza calva y tenía enormes círculos púrpuras debajo de sus ojos. Duncan podía oler su enfermedad, las toxinas que contenía el frágil cuerpo infantil e incluso su dolor. Inspiró lentamente tratando de controlar el creciente malestar y las náuseas que comenzaron a dominarlo.

—Lo ves, te dije que estaban aquí —susurró la niña escondiéndose detrás de la espalda de su amigo, quien los contemplaba boquiabierto.

—¡Son los tres Reyes Magos de los que nos habló Sarah! —murmuró con asombro el chico—. ¡Es verdad que existen y han venido a vernos!

Cuando Duncan intercambió una mirada con sus compañeros, estos parecían tan atónitos como él. ¿Cómo había sabido esa tal Sarah que llegarían? Duncan se rascó la nuca.

—Eh... ¿quién es... Sarah?

La niña se puso de puntillas y se llevó las manos a la boca para susurrar al oído del chico.

—Oye, cuando Sarah nos contaba la historia de los Reyes Magos, ¿no decía que eran hombres sabios? Estos no tienen pinta de serlo. ¿Seguro que son ellos?

—Creo que no estamos causando muy buena impresión —murmuró Gedeon divertido.

Duncan luchó por mantener el rostro serio y Adam, a su lado, escudriñó los azulejos del suelo con exagerado interés.

—¡Shhh! ¡Calla! Claro que lo son. ¿No ves cómo van vestidos? —murmuró el niño, aunque era obvio que ya no estaba tan convencido como antes.

—Bueno, chicos, creo que deberíais regresar a vuestra habitación para que podamos ir a visitar a Sarah —sugirió Gedeon.

—¿Y para nosotros no traéis regalos? —preguntó la niña con un adorable puchero.

Xiu pasó al lado de Duncan haciendo que este se pusiera rígido y se preparara para defender a los críos si el nativo se atrevía siquiera a toser en su dirección.

—Claro que tenemos, preciosa. ¿Cuál es tu nombre? —Xiu se agachó haciendo caso omiso de los gruñidos bajos, casi imperceptibles, de Duncan.

—Kim —respondió ella con un dedo en la boca.

—¡Guau! Entonces tengo el regalo perfecto para ti. —Xiu metió la mano en su enorme saco y sacó una muñeca de trapo con cabello azul rizado—. Su nombre también es Kim. No creo que sea una casualidad —opinó. Los ojos de la chiquilla, que ya habían estado abiertos de par en par, se abrieron aún más—. ¿No crees que esta muñeca debería ser para ti? —La niña asintió, absolutamente hipnotizada por la hermosa muñeca—. Bueno, en ese caso supongo que es tuya —dijo Xiu con una leve sonrisa.

Duncan miró estupefacto al hombre que parecía haber usurpado el lugar del caminante de sombras. La niña asintió de nuevo, pero no se movió hasta que el chico le dio un delicado empujón.

—¡Cógelo, Kim!

La niña extendió tímidamente sus bracitos para coger la muñeca y la llevó a su pecho para abrazarla con fuerza mientras una enorme sonrisa de felicidad se dibujaba en su rostro.

—Bueno, Thomas, creo que ahora te toca a ti —comentó Gedeon con un guiño.

—¿Sabes mi nombre? —preguntó el chico con la mandíbula desencajada.

—Somos los Reyes Magos, ¿recuerdas? No solo conocemos tu nombre sino también lo bueno que has sido este año —explicó Xiu.

—Y has sido realmente bueno. Muy pocas personas logran ser tan valientes como has sido tú protegiendo a tu madre de la verdad, aun cuando apenas podías con tanto dolor —elogió Gedeon al chico, con ojos ligeramente enrojecidos y con su rostro más pálido de lo normal.


Duncan estudió preocupado a Ged. Hacía mucho que había descubierto la habilidad del vampiro para navegar a través de los recuerdos de otras personas y de vivirlos como si le estuvieran sucediendo a él en tiempo real.

—Veamos si trajimos uno de esos videojuegos... —Gedeon miró a Xiu. El caminante de sombras asintió—. ¿Tal vez un juego de fútbol? —El brazo de Xiu desapareció por completo dentro del enorme saco. Cuando finalmente sacó un delgado paquetito de plástico, lo sostuvo con una sonrisa victoriosa bajo la nariz del chico.

—¡Sí! —exclamó el crío arrojándose sobre Xiu para envolverlo con sus delgados brazos alrededor del cuello.

           

Como si hubiera entrado en pánico, Xiu miró a Gedeon buscando ayuda. Antes de que los hombres pudieran reaccionar a la extraña situación, el chico soltó al caminante y corrió por el pasillo gritando a viva voz para que todo el mundo lo escuchara:

—¡Los Reyes Magos de Sarah están aquí! ¡Los Reyes de Sarah están aquí! ¡Y han traído regalos!

El alboroto comenzó de inmediato. Por el rabillo del ojo, Duncan se dio cuenta de que sus compañeros habían quedado tan petrificados como él cuando el pasillo comenzó a llenarse de enanos de todas las edades que saltaban, corrían y gritaban alrededor de ellos. Fue un alivio descubrir que no era el único que no sabía qué hacer.

Tras los niños aparecieron dos enfermeras y algunas madres, quienes les dedicaron cálidas sonrisas y alguna que otra inspección más íntima y provocativa. Una enfermera joven tocó las palmas y dio una voz.

—¡Todo el mundo a sus habitaciones! Los Reyes Magos os visitarán allí. Quién no esté en su cama no tendrá regalos —amenazó cogiendo a uno de los críos más pequeños en brazos y a otro, de la mano.

En cuestión de segundos, el pasillo estuvo vacío otra vez, a excepción de Kim, Thomas y el eco persistente de murmullos excitados.

Kim se acercó a Xiu con una sonrisa radiante, susurró un:

—¡Gracias! —Y, poniéndose de puntillas, se alzó lo suficiente como para poder darle un beso en la mejilla. Luego, se acercó a Gedeon, a quien tiró de las mangas hasta que se agachó para recompensarlo con otro beso, y repitió el proceso con Duncan y Adam. Nadie habló. Cuando los niños llegaron a la puerta de su habitación, se giraron una última vez—. ¿Podríais guardar el mejor regalo para Sarah? —preguntó la pequeña Kim con la voz rebosante de esperanza—. Ella es muy buena con nosotros y realmente necesita algo especial.

—¿Qué regalo te gustaría para ella? —preguntó Xiu con suavidad.

La chiquilla se lo pensó tamborileando su dedito sobre los labios fruncidos.

—Alguien que la proteja —decidió finalmente—. Todos tenemos a nuestras mamás y papás, pero ella está tan sola...

 

—De repente, una enorme sonrisa cubrió la hermosa carita—. Sarah se alegrará mucho cuando os vea. Nos ha contado un montón de historias sobre vosotros. Cuando la encontréis, decidle que creo que tenía razón. Santa es genial, pero vosotros sois mucho mejores. —Con una mano formó un medio embudo sobre la boca antes de susurrar—. Además, él no es tan guapo como vosotros, pero no le digáis a Santa que he dicho eso. —Alzando otra vez la voz, continuó, emocionada—: ¡Tengo una idea fantástica! ¡Podríais venir el año que viene y traer a Santa con vosotros! —Con esa propuesta y un sonoro besó en el aire, se despidió antes de desaparecer en su habitación.

—Yo diría que os va a tocar hacer de Reyes Magos para todos los críos que hay en la planta, no solo para esa Sarah —dijo Adam secándose un rastro húmedo sobre la mejilla. Duncan frunció el ceño. ¿Su beta había estado llorando? Dirigió su mirada a través del largo pasillo, con sus dieciséis puertas abiertas por las que, de vez en cuando, asomaba una mata de pelo para recordarles que nadie había olvidado su presencia—. Espero que hayas traído suficientes juguetes para todos —agregó Adam al dirigirse a Xiu.

El nativo asintió estudiando el pasillo con rostro inexpresivo.

—¿Quién es esa tal Sarah? —preguntó el guerrero.

—No sabría qué decir. Aunque resulte extraño, es casi como si ella no fuera una persona. Los niños la ven como real, sin embargo, cuando toco sus mentes, esa figura femenina se siente más como una presencia... como un fantasma —explicó Gedeon pensativo.

—¿Un fantasma? —Adam miró a Gedeon con ojos muy abiertos.

—Sí. He revisado también la mente de algunos de los otros niños. Todos la conocen y tienen sentimientos de índole cariñosa hacia ella, pero la sensación que recibo es siempre la misma: etérea..., como si no tuviera forma física.

Adam se estremeció de forma visible ante las palabras del vampiro. Duncan pudo entenderlo a la perfección. ¿Quién querría que un fantasma le hablara y le hiciera compañía? Puede que incluso fuera alguien que hubiera muerto en el hospital. ¿Cómo de espeluznante era eso?

—Hay algo más. —Gedeon pareció vacilar—. Todos ellos, sin excepción, asumen que Sarah está en la última planta.

—Preferiría tomar las escaleras —murmuró entre dientes cuando los números rojos señalaron que las puertas del ascensor estaban a punto de abrirse.

—Yo también —coincidió Gedeon—. Tú y Adam tomad la delantera. Tendréis que cambiar si nos atacan. Xiu y yo formaremos la retaguardia.

Sus instintos de alfa se rebelaron contra las órdenes; sin embargo, no tuvo más remedio que darle la razón. En caso de confrontación, ver a alguien acercándose desde el frente les daría el tiempo que necesitaban para transformarse. Eran buenos luchadores en forma humana, pero en una batalla desigual sus posibilidades eran muy superiores como lobos. Duncan se dirigió hacia las escaleras y el resto siguió sin objeción.

Los guardias apostados al lado de la escalera bajaron sus miradas en cuanto se acercaron. No se apartaron, pero era fácil detectar el ligero tufo a miedo. No era como si a Duncan le sorprendiera, él y sus acompañantes debían de dar una imagen imponente. Él medía un metro noventa y dos y, como le gustaba bromear a su hermana, parecía un armario empotrado. Estaba acostumbrado a que la gente se quitara de su camino nada más echarle una ojeada. Adam tenía casi la misma altura y sus hombros eran aún más anchos que los suyos.

Xiu y Gedeon no se quedaban atrás. Sus cuerpos eran delgados y atléticos, con una elegancia natural en sus movimientos; sin embargo, exudaban peligro por los cuatro costados. Al nativo podían faltarle un par de centímetros para ser igual de alto que él, pero la oscuridad que lo rodeaba chillaba «depredador» alto y claro.

En cuanto a Gedeon... Duncan suspiró. Ged era, en una palabra, alucinante. A pesar de su belleza y de tener un rostro que podía haber sido esculpido por Miguel Ángel, la gente no necesitaba un segundo vistazo para reconocer el peligro que derrochaba. Duncan todavía recordaba su primer encuentro. Ged le había recordado a un ángel vengador. Aun hoy seguía viéndolo así: como una criatura increíblemente deslumbrante y mortal.

Encontraron un par de guardias en cada nivel, aunque nadie intentó dirigirse a ellos. Cuando llegaron a la cuarta planta, Gedeon se detuvo.

—Tenemos que salir, cruzar este ala del hospital y tomar las escaleras al final del pasillo hasta el último piso.

Frunciendo el ceño, Duncan se volvió hacia Ged.

—Que bien preparados venimos, ¿no?

Gedeon encogió los hombros.

—Uno no llega a mi edad si se mete a ciegas en callejones oscuros.

Duncan se encogió por dentro. Debería haber hecho lo mismo y haberse preparado para esta situación. No hubiera sido demasiado complicado encontrar los planos del edificio y haberles echado un vistazo rápido. «Imagino que es cierto eso de que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Aquí estoy, vestido como un jodido Rey Mago, y en vez de actuar con sabiduría lo hago como un estúpido novato».

—De acuerdo, hagámoslo —decidió Duncan abriendo la puerta para revisar el pasillo vacío que se extendía ante él.

Una pelota salió botando de una habitación y, con unos segundos de diferencia, la siguió una chiquilla soltando alegres risitas. Sus tirabuzones negros bailaban alrededor de su linda carita en forma de corazón. Tan pronto como la pequeña notó su presencia, sus ojos azules se abrieron de par en par y giró para desaparecer de forma precipitada en su habitación.

Duncan se inclinó a recoger la reluciente pelotita de goma rosa. Un músculo en su mandíbula se tensó mientras estudiaba los garabatos infantiles que la cubrían. No le gustaba la situación. No había pretendido asustar a la niña, pero eso no era lo peor. Si en la planta había niños, podían quedar expuestos al mismo peligro para el que ellos se estaban preparando. Las posibilidades de que el hospital se convirtiera en un campo de batalla a lo largo de la noche eran bastantes. Demasiadas.

Antes de que pudiera pedirle a los demás que tomaran una ruta alternativa, la pequeña regresó arrastrando tras de sí a un chico escuálido, dos o tres años mayor que ella, que llevaba un vendaje que le tapaba parte de su cabeza calva y tenía enormes círculos púrpuras debajo de sus ojos. Duncan podía oler su enfermedad, las toxinas que contenía el frágil cuerpo infantil e incluso su dolor. Inspiró lentamente tratando de controlar el creciente malestar y las náuseas que comenzaron a dominarlo.

—Lo ves, te dije que estaban aquí —susurró la niña escondiéndose detrás de la espalda de su amigo, quien los contemplaba boquiabierto.

—¡Son los tres Reyes Magos de los que nos habló Sarah! —murmuró con asombro el chico—. ¡Es verdad que existen y han venido a vernos!

Cuando Duncan intercambió una mirada con sus compañeros, estos parecían tan atónitos como él. ¿Cómo había sabido esa tal Sarah que llegarían? Duncan se rascó la nuca.

—Eh... ¿quién es... Sarah?

La niña se puso de puntillas y se llevó las manos a la boca para susurrar al oído del chico.

—Oye, cuando Sarah nos contaba la historia de los Reyes Magos, ¿no decía que eran hombres sabios? Estos no tienen pinta de serlo. ¿Seguro que son ellos?

—Creo que no estamos causando muy buena impresión —murmuró Gedeon divertido.

Duncan luchó por mantener el rostro serio y Adam, a su lado, escudriñó los azulejos del suelo con exagerado interés.

—¡Shhh! ¡Calla! Claro que lo son. ¿No ves cómo van vestidos? —murmuró el niño, aunque era obvio que ya no estaba tan convencido como antes.

—Bueno, chicos, creo que deberíais regresar a vuestra habitación para que podamos ir a visitar a Sarah —sugirió Gedeon.

—¿Y para nosotros no traéis regalos? —preguntó la niña con un adorable puchero.

Xiu pasó al lado de Duncan haciendo que este se pusiera rígido y se preparara para defender a los críos si el nativo se atrevía siquiera a toser en su dirección.

—Claro que tenemos, preciosa. ¿Cuál es tu nombre? —Xiu se agachó haciendo caso omiso de los gruñidos bajos, casi imperceptibles, de Duncan.

—Kim —respondió ella con un dedo en la boca.

—¡Guau! Entonces tengo el regalo perfecto para ti. —Xiu metió la mano en su enorme saco y sacó una muñeca de trapo con cabello azul rizado—. Su nombre también es Kim. No creo que sea una casualidad —opinó. Los ojos de la chiquilla, que ya habían estado abiertos de par en par, se abrieron aún más—. ¿No crees que esta muñeca debería ser para ti? —La niña asintió, absolutamente hipnotizada por la hermosa muñeca—. Bueno, en ese caso supongo que es tuya —dijo Xiu con una leve sonrisa.

Duncan miró estupefacto al hombre que parecía haber usurpado el lugar del caminante de sombras. La niña asintió de nuevo, pero no se movió hasta que el chico le dio un delicado empujón.

—¡Cógelo, Kim!

La niña extendió tímidamente sus bracitos para coger la muñeca y la llevó a su pecho para abrazarla con fuerza mientras una enorme sonrisa de felicidad se dibujaba en su rostro.

—Bueno, Thomas, creo que ahora te toca a ti —comentó Gedeon con un guiño.

—¿Sabes mi nombre? —preguntó el chico con la mandíbula desencajada.

—Somos los Reyes Magos, ¿recuerdas? No solo conocemos tu nombre sino también lo bueno que has sido este año —explicó Xiu.

—Y has sido realmente bueno. Muy pocas personas logran ser tan valientes como has sido tú protegiendo a tu madre de la verdad, aun cuando apenas podías con tanto dolor —elogió Gedeon al chico, con ojos ligeramente enrojecidos y con su rostro más pálido de lo normal.


Duncan estudió preocupado a Ged. Hacía mucho que había descubierto la habilidad del vampiro para navegar a través de los recuerdos de otras personas y de vivirlos como si le estuvieran sucediendo a él en tiempo real.

—Veamos si trajimos uno de esos videojuegos... —Gedeon miró a Xiu. El caminante de sombras asintió—. ¿Tal vez un juego de fútbol? —El brazo de Xiu desapareció por completo dentro del enorme saco. Cuando finalmente sacó un delgado paquetito de plástico, lo sostuvo con una sonrisa victoriosa bajo la nariz del chico.

—¡Sí! —exclamó el crío arrojándose sobre Xiu para envolverlo con sus delgados brazos alrededor del cuello.

           

Como si hubiera entrado en pánico, Xiu miró a Gedeon buscando ayuda. Antes de que los hombres pudieran reaccionar a la extraña situación, el chico soltó al caminante y corrió por el pasillo gritando a viva voz para que todo el mundo lo escuchara:

—¡Los Reyes Magos de Sarah están aquí! ¡Los Reyes de Sarah están aquí! ¡Y han traído regalos!

El alboroto comenzó de inmediato. Por el rabillo del ojo, Duncan se dio cuenta de que sus compañeros habían quedado tan petrificados como él cuando el pasillo comenzó a llenarse de enanos de todas las edades que saltaban, corrían y gritaban alrededor de ellos. Fue un alivio descubrir que no era el único que no sabía qué hacer.

Tras los niños aparecieron dos enfermeras y algunas madres, quienes les dedicaron cálidas sonrisas y alguna que otra inspección más íntima y provocativa. Una enfermera joven tocó las palmas y dio una voz.

—¡Todo el mundo a sus habitaciones! Los Reyes Magos os visitarán allí. Quién no esté en su cama no tendrá regalos —amenazó cogiendo a uno de los críos más pequeños en brazos y a otro, de la mano.

En cuestión de segundos, el pasillo estuvo vacío otra vez, a excepción de Kim, Thomas y el eco persistente de murmullos excitados.

Kim se acercó a Xiu con una sonrisa radiante, susurró un:

—¡Gracias! —Y, poniéndose de puntillas, se alzó lo suficiente como para poder darle un beso en la mejilla. Luego, se acercó a Gedeon, a quien tiró de las mangas hasta que se agachó para recompensarlo con otro beso, y repitió el proceso con Duncan y Adam. Nadie habló. Cuando los niños llegaron a la puerta de su habitación, se giraron una última vez—. ¿Podríais guardar el mejor regalo para Sarah? —preguntó la pequeña Kim con la voz rebosante de esperanza—. Ella es muy buena con nosotros y realmente necesita algo especial.

—¿Qué regalo te gustaría para ella? —preguntó Xiu con suavidad.

La chiquilla se lo pensó tamborileando su dedito sobre los labios fruncidos.

—Alguien que la proteja —decidió finalmente—. Todos tenemos a nuestras mamás y papás, pero ella está tan sola...

 

—De repente, una enorme sonrisa cubrió la hermosa carita—. Sarah se alegrará mucho cuando os vea. Nos ha contado un montón de historias sobre vosotros. Cuando la encontréis, decidle que creo que tenía razón. Santa es genial, pero vosotros sois mucho mejores. —Con una mano formó un medio embudo sobre la boca antes de susurrar—. Además, él no es tan guapo como vosotros, pero no le digáis a Santa que he dicho eso. —Alzando otra vez la voz, continuó, emocionada—: ¡Tengo una idea fantástica! ¡Podríais venir el año que viene y traer a Santa con vosotros! —Con esa propuesta y un sonoro besó en el aire, se despidió antes de desaparecer en su habitación.

—Yo diría que os va a tocar hacer de Reyes Magos para todos los críos que hay en la planta, no solo para esa Sarah —dijo Adam secándose un rastro húmedo sobre la mejilla. Duncan frunció el ceño. ¿Su beta había estado llorando?

 

Dirigió su mirada a través del largo pasillo, con sus dieciséis puertas abiertas por las que, de vez en cuando,

asomaba una mata de pelo para recordarles que nadie había olvidado su presencia—. Espero que hayas traído suficientes juguetes para todos —agregó Adam al dirigirse a Xiu.

El nativo asintió estudiando el pasillo con rostro inexpresivo.

—¿Quién es esa tal Sarah? —preguntó el guerrero.

—No sabría qué decir. Aunque resulte extraño, es casi como si ella no fuera una persona. Los niños la ven como real, sin embargo, cuando toco sus mentes, esa figura femenina se siente más como una presencia... como un fantasma —explicó Gedeon pensativo.

—¿Un fantasma? —Adam miró a Gedeon con ojos muy abiertos.

—Sí. He revisado también la mente de algunos de los otros niños. Todos la conocen y tienen sentimientos de índole cariñosa hacia ella, pero la sensación que recibo es siempre la misma: etérea..., como si no tuviera forma física.

 

Adam se estremeció de forma visible ante las palabras del vampiro. Duncan pudo entenderlo a la perfección. ¿Quién querría que un fantasma le hablara y le hiciera compañía? Puede que incluso fuera alguien que hubiera muerto en el hospital. ¿Cómo de espeluznante era eso?

—Hay algo más. —Gedeon pareció vacilar—. Todos ellos, sin excepción, asumen que Sarah está en la última planta.

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