¿QUE SACRIFICARÍAS  POR LA MUJER

QUE PUEDE SALVAR TU MUNDO?

Sarah

TRES

REYES

PARA

capitulo i

—Recuérdame otra vez por qué cojones estoy aquí, en la nieve, congelándome el trasero vestido como un jodido Rey Mago, cuando podría estar en mi sofá tomándome un par de cervezas y viendo el partidazo de la temporada —gruñó Duncan tratando de encontrar una roca seca donde subirse, para proteger las ridículas pantuflas enjoyadas de empaparse más de lo que ya estaban.

—Eres un hombre lobo. Los hombres lobo no nos congelamos el trasero, al menos no en la nieve. —Su beta, Adam, se aclaró la garganta y se metió los pulgares en los bolsillos delanteros de sus vaqueros mientras contemplaba de forma sospechosa el suelo.

Duncan entrecerró los párpados cuando vio cómo le temblaban las comisuras de los labios al que se suponía era su amigo. Sí, lo admitía, se estaba comportando como un niño caprichoso vestido con esa ridículamente suntuosa túnica, pero ¿quién podía culparlo? Ningún hombre debería verse obligado a vestir así.

Si por lo menos hubiera obligado a su beta a acompañarlo disfrazado de camello... o tal vez de mula, eso le habría servido de lección y enseñado a no reírse de su alfa.

—Y la razón por la que estás aquí sigue siendo la misma que la de hace cinco minutos: salvar el hermoso pellejo de tu hermana del Consejo de Ancianos —señaló Adam.

¿Hermoso pellejo? ¡Y una mierda! ¡Iba a hacer que esa loca desquiciada pagara por lo que había hecho! ¿Qué mujer cuerda rompía la paz entre hombres lobo y brujos solo para ahorrarse una visita a la peluquería?

 —¿Me estás tomando el pelo? ¡Robó la piedra mágica más poderosa del mundo para no tener que teñirse el pelo para la fiesta de Año Nuevo! —siseó Duncan.

—Bueno, tienes que admitir que, a pesar de no ser la decisión más conveniente, ella tenía un punto con... —El gruñido furioso de Duncan congeló la sonrisa de Adam. Poniendo cara inexpresiva, el beta levantó ambas manos y dio un paso atrás—. Si me atacas, destruirás esos carísimos ropajes y...

Un carcajeo bajo los hizo girar hacia las sombras con todos los sentidos en alerta.

—Veo que las cosas no han cambiado entre vosotros dos, cachorrillos.

—¡Gedeon! —Las garras y colmillos de Duncan se extendieron, acompañados por un gruñido sordo, cuando reconoció al recién llegado—. ¿Qué cojones haces aquí?

El vampiro recorrió a Duncan con una mirada provocativa antes de responder con cejas alzadas:

—Pensé que preferías llamarme Ged, y me atrevería a decir que estoy aquí por la misma razón que tú.

Los gruñidos de Duncan subieron de volumen cuando reparó en la ropa del vampiro, tan similar a la suya propia.

—¿Por qué estás aquí?

Gedeon se cruzó de brazos.

—Para pagar una vieja deuda.

—¿Qué deuda?

—Eso no es asunto tuyo, cachorrillo.

Duncan apretó la mandíbula e intentó controlarse ajustándose los puños de la túnica con el ceño fruncido. No quería recordar al patético muchacho enamorado que una vez estuvo dispuesto a seguir a Gedeon hasta el fin del mundo. El tiempo había pasado. Aun así, verlo tan guapo como entonces y flotando a medio metro sobre el terreno cubierto de nieve, mientras sus propios pies estaban empapados y fríos, no lo hacía sentir precisamente como el poderoso y respetado alfa de una de las manadas más fuertes que existían en Europa.

Cerrando por un breve instante sus párpados, Duncan intentó traer a su mente la dulce y suave voz de su compañera cuando usaba ese toque travieso con el que le susurraba promesas perversas al oído. Ella, y solo ella, era su verdadera pareja, la que el destino le había elegido. Por lo general, bastaba el recuerdo de su risa para tranquilizarlo, pero esta vez no funcionó. Exasperado, volvió a mirar a Gedeon.

—Si no es el motivo real, ¿podría su alteza al menos honrarnos y revelar el objetivo con el que ha venido? —preguntó Duncan sin tratar de reprimir su tono sarcástico.

—Estoy aquí para hacer de Rey Mago para la ahijada de Samgar. Al parecer se está muriendo y él quería darle un regalo especial antes de que ocurra —explicó Gedeon estudiándolo, pero sin dar la menor pista sobre sus pensamientos o intenciones.

Los ojos de Duncan se redujeron a dos ranuras sombrías. No había confiado en los motivos ocultos de Samgar antes, pero ahora casi podía saborear la traición. Como uno de los primeros vampiros, Samgar representaba a su comunidad en el Consejo de Ancianos. Había intercedido por Duncan y su manada frente al Consejo, pero suponía que algunas cosas eran demasiado extrañas para ser buenas y esta probablemente era una de ellas.

En cuanto a Gedeon... Ya lo había traicionado una vez. No estaba dispuesto a darle la oportunidad de repetirlo.

—Hemos acabado aquí, vámonos —informó a Adam dándose la vuelta para marcharse.

—Alfa, deberíamos quedarnos. —Su beta le puso una mano en el brazo.

—No, no debemos. No me fío de él. —Duncan señaló con la barbilla hacia Gedeon—. Y tampoco confío en Samgar. Acepté pasar por esta ridícula puesta en escena como un modo de dar las gracias por su intervención ante el Consejo, pero ahora estamos hablando de algo completamente diferente. No voy a entrar en una trampa con los ojos cerrados.

—Fue el Consejo de Ancianos quien ordenó que vinieras aquí, no Samgar. Si no vamos, tu hermana tendrá que pagar por sus actos y dudo mucho que el próximo castigo sea tan benévolo como este.

«¡Mierda!». Duncan se pasó una mano por el cabello.

—No tenía idea de que te encontraría aquí —aclaró Gedeon tenso—. Pero tengo que admitir que sospechaba que podía toparme con alguna sorpresa al venir. Samgar no desperdiciaría la oportunidad de saldar una deuda de alguien como yo, y este favor no compensa ni mínimamente lo que le debo.

—¿Cómo de grande es ese favor que le debes?

—Samgar me salvó la vida y la de... un ser querido —contestó Gedeon con cierto titubeo, como si no quisiera revelar demasiado.

Con las manos en las caderas, Duncan asintió con lentitud. No había nada más que preguntar, nada más que quisiera averiguar.

—¿Cuál es tu razón para estar aquí, caminante de sombras?

Las palabras del examante de Duncan lo hicieron alzar, alarmado, la cabeza. Gedeon, sin embargo, permaneció inmóvil, inspeccionando serenamente la oscuridad que se alzaba entre los grandes robles.

—Libertad. —Una voz profunda y calmada los envolvió y, como si saliera de la nada, un nativo americano alto emergió con fluidos movimientos felinos de las sombras.

—¿Eres al que llaman el Guerrero de Moctezuma? —La pregunta de Gedeon contenía un toque de respeto.

Duncan se tensó aún más. Gedeon rara vez mostraba su respeto abiertamente a un guerrero desconocido y, mucho menos, a uno con el que no hubiera luchado antes. Intentó recordar lo que había oído sobre el mítico inmortal. Era una rara especie, mezcla de caminante de sombras y caminante de sueños. Por lo que se contaba, de niño había sido capturado por un chamán y vendido al emperador durante las hambrunas. No solo era un feroz y poderoso adversario a tener en cuenta en una batalla, sino que también se decía que seguía un estricto código de honor, una ética que no todos los amos que el caminante había tenido a lo largo de los siglos habían sabido apreciar.


—Eres un buen observador, vampiro. Pocos consiguen reconocer mis dos naturalezas con tanta rapidez y relacionarlas para adivinar quién soy —reconoció el antiguo guerrero, cuya voz tranquila era tan indescifrable como la expresión de su rostro.

—¿Moctezuma? No estaremos hablando del emperador azteca, ¿verdad? —Boquiabierto, Adam miró de Gedeon al nativo de una forma que resultaba casi ridícula, si bien sus piernas ligeramente separadas indicaban que estaba tan preparado para luchar como Duncan.

—Pensé que eras una leyenda. ¿Por qué nunca he oído hablar de ti como alguien vivo? —preguntó Duncan tratando de no perderlo de vista mientras revisaba la arboleda con sus sentidos en busca de más visitas inesperadas.

—¿Death Walker te suena más, cachorro? —preguntó Gedeon con ironía.

—¡Mierda! —exclamó Adam.

—Sí, esa es una forma de expresarlo —murmuró Duncan—. No es nada personal, Death Walker, pero no es un buen presagio que Samgar haya reclutado a guerreros experimentados para disfrazarlos de Reyes Magos con la excusa de que lleven regalos a una niña enferma.

—Y no a unos guerreros cualquiera tampoco —añadió Gedeon.

—¿Crees que es una trampa? —Duncan ya estaba seguro de que lo era, pero quería conocer las opiniones de los demás.

En vez de responder, Gedeon miró al caminante de sombras.

—¿Es tu maestro el que te ofrece la libertad o Samgar te compró y luego hizo la oferta?

La cara oscura no mostró ninguna emoción cuando respondió:

—Samgar pagó por mí. Y sí, él es quién me ha ofrecido la libertad si esta misión va bien.

—¿Misión? ¿Eso significa que te explicó por qué estamos aquí? —Con los brazos cruzados, Duncan estudió al caminante de sombras y al enorme saco de aspecto sospechoso que llevaba consigo.

—Me ordenó que estuviera aquí el dos de enero a las 7:00 p.m., vestido con la ropa que me envió, nada más.

—¿Y entonces por qué lo llamas misión?

—Porque nadie pagaría tanto por un arma como yo solo para entregarle regalos a una chica y luego darle la libertad.

—¿Tus órdenes incluyen instrucciones para deshacerte de nosotros? —preguntó Gedeon con su habitual calma.

Duncan escuchó con atención planteándose el motivo por el que alguien se definiría a sí mismo como un «arma».

 

El caminante de sombras alzó una ceja.

—¿Te lo diría si fuera el caso?

—Sí, lo harías. Sabes que me daría cuenta si mientes —replicó Gedeon con suavidad mientras sus colmillos extendidos brillaban en la oscuridad.

—Tal vez... o tal vez no. —Los labios del caminante de sombras apenas se movieron—. Sin embargo, la respuesta es no, no tengo órdenes de mataros, al menos aún no.

—¿Qué hay de ti, Duncan? —preguntó Gedeon.

—A mí no me mencionaron nada relacionado con la violencia. Ni siquiera me insinuaron quiénes serían mis compañeros durante esta ridícula tarea.

—Mi vida, su libertad y el pellejo de tu hermana a cambio de un favor insignificante —enumeró Gedeon pensativo—. Demasiado bueno para ser verdad. Supongo que deberíamos estar preparados para lo que nos espera allí dentro —dijo echándole un vistazo a la entrada vacía del hospital, donde un escuálido árbol de Navidad parpadeaba con luces desgastadas.

—¿Estás insinuando que tendremos que luchar con esta ropa de monigotes revenidos? —gruñó Duncan contemplando sus pomposas túnicas.

—¿Te sientes vulnerable, cielo? —Gedeon le dirigió una ceja alzada.

—¿Te sientes sexy, cariño? —preguntó Duncan con sequedad cruzando los brazos sobre el pecho.

—Ya sabes que los vampiros normalmente disfrutamos jugando en ambos lados de la acera, ¿verdad? —murmuró Gedeon guiñándole seductoramente un ojo—. Y sí, si quieres saberlo. Usar cuchillos sobre mi piel desnuda siempre me ha hecho sentir sexy.

Duncan parpadeó estupefacto luchando por no dejar que las imágenes de la piel blanca de su antiguo amante conquistaran su mente.

—¿Desde cuándo los vampiros como tú hacen bromas?

—Como soy el único vampiro como yo... Supongo que nunca lo descubrirás —contestó Gedeon antes de dirigirse al caminante de sombras, si bien a Duncan no se le escapó la expresión de tristeza que había cruzado sus ojos—. Por cierto, mi nombre es Gedeon, Ged, si vas a luchar a mi lado. El cachorrillo alfa es Duncan y el otro es su beta, Adam. ¿Cómo te llamas? No puedo imaginar llamarte Death Walker cada vez que tenga que pedirte que le patees el culo a alguien.

—Xiucatl.

Gedeon alzó las cejas.

—¿Alguna objeción a que te llame Xiu?

El nativo encogió los hombros.

—No me importa cómo me llames, siempre y cuando cuides la forma en que lo hagas.

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