¿QUE SACRIFICARÍAS  POR LA MUJER

QUE PUEDE SALVAR TU MUNDO?

Sarah

TRES

REYES

PARA

 

TRES REYES PARA Sarah

Los fuertes dedos se deslizaron con suavidad, casi con reverencia, sobre su piel desnuda. Era imposible que a las dilatadas pupilas negras se le escaparan las reveladoras expresiones con las que su rostro probablemente la traicionaba. Estaba segura de que podía leerla como un libro abierto, pero hacía rato que había pasado la frontera de la vergüenza. No quería seguir ocultando sus emociones, ni tampoco sus deseos. Cerró los párpados y disfrutó de la sobrecarga sensual que la inundó bajo sus caricias. El frío aliento recorrió con suavidad su cuello parándose apenas a unos milímetros de su arteria. ¿Se había dado cuenta de la rapidez de su pulso?

El delicioso aroma a menta, vainilla y sándalo la envolvían en una oleada de exquisita necesidad. ¿Cómo era posible que oliera tan dulce, masculino y sofisticado a la vez? Era algo que nunca había conseguido explicarse. Aun así, era exactamente el olor que encajaba con él. Cuando la firme mano viajó un poco más abajo, ella se mordió el labio y alzó las caderas indicándole el camino a seguir.

—Estaba esperándote —murmuró Gedeon mordisqueándole con ternura el lóbulo de la oreja, mientras hacía caso omiso de su silenciosa súplica por más.

Ella hundió los dedos en la almohada. Una sensación cálida se extendió por su cuerpo y sus labios se curvaron por voluntad propia. Al abrir los párpados, se perdió en el azul angelical de sus ojos. Trazó con el dedo índice las cejas rectas y doradas, los altos pómulos y la firme mandíbula masculina mientras él se mantenía quieto, permitiéndole disfrutar de su perfección, pero cuando ella buscó su boca entreabierta y rozó ligeramente sus dientes con la lengua, los colmillos se extendieron y los vestigios de oscuridad que se escondían en sus pupilas revelaron al depredador que acechaba en él. Ella se echó atrás y tocó uno de sus afilados colmillos.

—Ahora estoy aquí para ti —susurró fascinada por cómo aparecieron vetas de tonos violáceos en el turquesa de sus ojos cuando una pequeña gota de sangre surgió en la yema de su dedo.

Conteniendo la respiración, observó cómo Gedeon envolvía la punta de su dedo con los labios y, sin perderla a ella de vista, lo chupaba con suavidad.

—Debo encontrarte —le confesó Gedeon cerrando los ojos con un gemido.

La voz ronca hizo que su corazón se saltara un latido.

—¡Imposible!

Jadeó cuando él le acarició el cuello con la nariz y su mano comenzó a explorar con habilidad todas las sensibles terminaciones nerviosas escondidas entre sus pliegues húmedos e hinchados.

—Soy un vampiro de tres mil años. Créeme cuando digo que nada es imposible. —Rio entre dientes mientras su aliento le acariciaba el oído.

—Vivo en otra dimensión. —Gimió cuando él le rozó delicadamente el pulso con los dientes recordándole los peligros de su naturaleza.

Gedeon alzó la cabeza mirándola serio.

—Explícame cómo llegar allí.

—No puedes venir a mi mundo. —Sonrió con tristeza recordando todas las razones por las que no podía llevarlo con ella.

—Estás aquí. Tiene que haber un modo de llegar hasta allí.

—No estoy realmente aquí, Gedeon. Esto es no es más que un sueño.

Él sacudió la cabeza.

—Puedo saborearte, olerte, sentirte... —enfatizó cada palabra con su lengua, nariz y manos hasta hacerla temblar.

—Sigue siendo solo un sueño. —Ella posó su mano sobre su mejilla.

—Tiene que existir una forma de lograrlo —insistió Gedeon—. No serías mi Shangrile, mi compañera de sangre, si no fuera así. No tendría sentido.

—A veces las cosas no tienen sentido —discrepó ella apartando la cara.

—¿Y si te dijera que puedo entrar en tu mente y comprobarlo por mí mismo? —preguntó Gedeon.

Ella se tensó mirándolo sobresaltada.

—¡No lo hagas!

—¿Por qué no? —Los ojos turquesa se entrecerraron.

Ella tomó una inspiración profunda antes de contestar.

—Porque nunca te perdonaría que invadieras mi intimidad sin mi permiso.

—¿Por qué habría de importarme? —preguntó Gedeon con frialdad—. Ya has decretado el fin de nuestra relación. Te perderé de todos modos.

—¡Gedeon, por favor!

Él se dejó caer de espaldas sobre el colchón.

—Si no puedo ir a tu dimensión, ¿hay alguna forma de conseguir que vengas a la mía? —Cuando ella no respondió de inmediato, la miró—. ¿Cómo? —exigió.

—No es tan fácil. No puedo quedarme en tu mundo. —El nudo en su garganta no le permitió mantener la voz firme.

—¿Por qué no?

Incapaz de responder, ella se inclinó sobre él luchando por contener sus lágrimas.

«Porque te amo, porque hay alguien más en mis sueños, porque me estoy muriendo...», pensó volcando el amor que sentía en cada uno de los besos que depositó con ternura sobre su pecho.

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