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CAPÍTULO UNO

 

Cojeando lentamente hacia la entrada, Reme podía sentir milímetro a milímetro cada uno de sus doloridos músculos, sin contar sus doscientos seis huesos que, por algún motivo incomprensible, parecían haber decidido celebrar una fiesta de Halloween a la altura de sus caderas. ¡Cuarenta años! Solo tenía cuarenta años, y ya notaba los efectos de permanecer unos días en cama. ¡Dios!, ¿qué la esperaría cuando tuviera cincuenta? El timbre de la puerta sonó por enésima vez.

 

—¡Ya voy!

Gimió cuando su voz salió como un graznido por la falta de uso; y otra vez, cuando al pasar delante del espejo de la entrada vio el reflejo de una apariencia fantasmal: rostro pálido, profundas ojeras, un camisón largo que podría ser de su abuela y lo que parecían ser varios nidos de cuervo en una de esas largas cabelleras rebeldes, siempre despeinadas, que no decían nunca nada ni por el color ni la forma.

¿Por qué tenía que venir alguien un domingo a las nueve de la mañana a verla? ¡¿A ella, a la que nunca visitaba nadie?! Descartó las puntuales visitas de cortesía de su cuñada los martes y jueves. No contaban. Después de todo no venía por ella, sino para hacerle ver al mundo lo buena y preocupada que estaba por la ermitaña loca, hermana de su querido marido. ¿Por qué se creía la gente que vivía a solas en medio de los pinares? ¡Porque quería estar a solas! ¿Tan difícil era de entender?

¡Dios!, de entre todos los días habidos y por haber, ¿no podían haber venido cuando hubiese tenido tiempo al menos de desayunar y limpiarse los dientes? Esta vez, el timbre fue sustituido por un firme golpeteo en el entrepaño de madera. Apretando los dientes, abrió la puerta irritada.

—¡¿Qué?! —chilló con otro de esos tonos que señalaban la necesidad de algo de lubricante en sus oxidadas cuerdas vocales.

Sus párpados, cerrados en dos finos resquicios, preparados para espantar al más valiente de los aventureros vendedores o charlatanes que se hubiesen atrevido a irrumpir en la tranquilidad de su hogar, se abrieron de par en par al reconocer al imponente teniente de la Guardia Civil apostado delante de su puerta con el puño levantado para repetir su llamada.

 

—¿Diego?

El asombro se vio entremezclado con el «¡Tierra trágame!» y la preocupación e intranquilidad que a una siempre le invade al tener a un miembro de la Benemérita delante de sus narices mirándola de forma inequívoca.

Ella no tenía ni idea de si los fuertes redobles en su pecho se debían al metro ochenta de cuerpo entrenado, relleno de testosterona muy bien llevada, o si por el contrario se debían al uniforme verde que, por muy sexy que le quedara marcándole los pectorales, seguía implicando que pertenecía a las Fuerzas de Seguridad del Estado que, usualmente, solo repartía malas noticias o multas.

Reme fue inquietantemente consciente de cómo los increíbles ojos grises del teniente recorrieron lentamente su imagen, desde los nidos en su cabello, donde las crías de cuervo habían salido del huevo y ahora entre chillidos y graznidos parecían picotearle la cabeza torturándola con sus insultos, hasta las uñas de profundo color borgoña de sus pies descalzos.

Sus manos se dirigieron automáticamente hacia los nidos, tratando de hacerlos desaparecer sin mucho éxito; y sus pies se pisaron el uno al otro, avergonzados, como si eso sirviera para esconder el hecho de que, al igual que todas las mujeres sobre la faz de la tierra, también ella ocultaba un lado de femenina vanidad.

—Buenos días, Reme. Me gustaría hablar contigo, si no te importa. —Diego la miró, manteniendo en su rostro ese gesto adusto e inescrutable que parecía venir con la profesión, y que no dejaba entrever si venía por algo bueno o malo, o si estaba asustado o repelido por su imagen de bruja revenida.

Ella trató de tragar saliva, en una boca demasiado reseca para hacerlo. El teniente se movió algo incómodo y señaló con la barbilla al interior de la casa.

—¿Puedo entrar?

Apartándose de la puerta, le dejó pasar y, procurando evitar verse reflejada de nuevo en el espejo, se preguntó si era preferible llevarle al salón como demandaba la situación, o a la cocina dónde podía fingir ocuparse del café mientras él seguía escrutándola. ¿Por una vez que la visitaba, no podía haberla cogido recién arreglada y guapa?

 

—¿Un café? —murmuró insegura.

—Te lo agradecería, acabo de terminar mi guardia de noche.

Asintiendo, Reme se dirigió a la cocina, procurando enderezar la rígida espalda y disimulando la cada vez más llevadera cojera, mientras su mente le susurraba de forma turbia que algo no encajaba. Parándose se giró hacia él.

 

—¿Ha pasado algo malo?

—No… No exactamente —respondió la mole de hombre evitando mirarla.

—¿He hecho algo malo?

—No.

Mirándolo confusa, abrió la boca y luego la volvió a cerrar, cabeceó y reanudó su marcha a la cocina, yendo directamente a preparar dos tazas de café y tratando de ignorarle en el proceso.

Diego se sentó en la rinconera sin esperar una invitación. Se limitó a admirar la inconsciente sensualidad con la que ella realizaba todas y cada una de las tareas más cotidianas en la algo vieja pero confortable cocina, en la que comenzaba a entremezclarse el olor a granos de café recién molidos con el característico olor dulce a flores y frutas que siempre envolvían a Reme.

Verla abrirle la puerta de sopetón, con el largo y sexy camisón blanco, que a la luz del sol enseñaba más que ocultaba y que le había dado una idea de lo más inquietante sobre qué no llevaba debajo, le había dejado pasmado. Aún ahora, que solo unos pocos rayos entraban por la ventana y jugueteaban sobre sus pechos llenos y redondeados, trazando pequeños círculos y dibujos, revelando y ocultando alternativamente los oscuros picos rojizos que parecían estar endureciéndose y creciendo al contacto de las etéreas caricias lumínicas, hacía que su cuerpo se negase a obedecerle, demasiado sobrecogido por la belleza sencilla y callada que se movía ante él.

Los largos rizos caían indómitos alrededor de los ligeramente marcados pómulos de Reme, como un erótico recuerdo a noches de pasión y sexo desenfrenado; apenas tapando los provocadores tirantes de encaje del camisón, que se deslizaban por los aterciopelados hombros como si fuesen conscientes del pecado que sería seguir escondiendo los secretos de tanta feminidad concentrada.

Cuando los grandes ojos verdosos se dirigieron a él, y la irresistible lengua afresada repasó los labios entreabiertos, aún hinchados, dejándolos brillantes y húmedos, sus puños se apretaron bajo la mesa mientras en su mente apareció la imagen de su cuerpo abriéndose camino en el de ella, casi arrancándole un gruñido.

Moviéndose incómodo en el asiento, intentó reajustar la presión en los puntos estratégicos del que parecía haberse convertido en un uniforme demasiado estrecho, y trató de traer sus pensamientos a la realidad, y al motivo que lo había traído hasta allí, pero no le resultó nada fácil.

Reme colocó las tazas humeantes sobre la mesa con manos inestables, y se sentó frente a él, evitando mirarlo.

—No estés nerviosa, no estoy aquí de forma oficial.

Diego odiaba que ella le temiera. Le habría gustado borrar esa línea de preocupación en el entrecejo y hacerla sonreír. Reme era preciosa cuando sonreía, aunque por desgracia lo hacía muy rara vez.

—¿Entonces qué haces aquí? —Ella lo ojeó de forma disimulada.

—Tu hermano y tu cuñada vinieron hace unos días a hablar conmigo.

—¿Ah, sí?

Ella alzó las dos cejas pero, en vez de decir nada más, llevó la taza de café con ambas manos hasta sus temblorosos labios, tomando solo pequeños sorbos, como si con ello pudiera retrasar cualesquiera malas noticias que estaban por llegar.

—Les preocupa lo que te ocurrió el martes —explicó Diego, cuando estuvo seguro de que ella no preguntaría.

—Me caí del acantilado. Eso puede ocurrirle a cualquiera. —Ella encogió los hombros con indiferencia, como si en vez de haber estado inconsciente durante horas y haber pasado dos días en el hospital, simplemente se hubiera raspado las rodillas.

—Sospechan que no fue una simple caída, sino que hubo alguien detrás de ello… —Cuando ella le miró con ojos inexpresivos, el teniente continuó insistiendo—…alguien que tú conoces.

Los ojos de ella se abrieron al comprender lo que él trataba de implicar.

—¡Eso es una gilipollez! ¡Me resbalé y punto! —replicó ella soltando la taza con brusquedad sobre la mesa.

Con un pesado suspiro, Diego metió las manos en su chaqueta y sacó un fajo de folios. Los ojos de Reme se abrieron como dos platos soperos y la sangre escapó de su rostro hasta dejarla lívida, para luego regresar con furia desbordada, haciéndola sentir el bochornoso color borgoña subirle hasta las puntas de las orejas. El teniente colocó los papeles delante de ella, se echó atrás en el asiento y cruzó los brazos en el pecho.

—¿Has escrito tú esto?

Diego apretó los labios cuando ella cogió con mano trémula la primera página y leyó en silencio. Él no necesitó ver las delicadas letras femeninas, ya conocía de memoria lo que decían:

 

«No tienes idea de cuánto te echo de menos. Estar alejada de ti me está volviendo loca. Necesito la libertad que tu cercanía me da, la protección que siento en tus brazos, lo mujer que me haces sentir cuando me inunda tu esencia.

 

El simple hecho de sumergirme en tu desnudez, cerrar los ojos y oír el rítmico latir de tu vida, me aleja del mundo y sus problemas. Sentirme unida a ti, sentirnos uno, me cambia y transforma, me hace ser más “yo” que nunca.

Ojalá pudiera estar ahora mismo en tus brazos, sentirte piel contra piel, tu calor envolviéndome, acariciándome, explorándome hasta lo más íntimo de mi ser, como siempre y solo tú haces.

Adoro el tacto aterciopelado de tu cuerpo, las pequeñas olas de placer que recorren tu espalda cuando te acaricio tan sólo con los dedos, tus susurros y halagos que me estremecen y me ponen la piel de gallina…».

 

—Sí —murmuró Reme, bajando la hoja y evitando mirarlo—. Es mío. ¿Qué hacían ellos con mis escritos?

 

—Eso ya no importa. Yo… tu hermano está preocupado por ti.

—No entiendo qué tiene que ver esto. Es ridículo —replicó, señalando desconcertada los folios—. ¿Por qué iba a estar preocupado?

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