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RITUAL: Amuleto de Gaia

Los latidos de mi corazón eran tan fuertes que temía que retumbaran en las paredes del claustro delatando mi terror a las oscuras siluetas que acechaban desde las alturas. Tendida sobre el altar del sacrificio inhalé con fuerza, cerré los ojos, e intenté evocar recuerdos que me permitieran olvidar el horror al que tenía que enfrentarme.

«Cuando uno de mi especie ama, lo hace con una intensidad de la que ningún ser humano es capaz», recordé la pasión en su voz y las llamas en sus pupilas cuando me susurró las palabras al oído. Me estremecí. Había cumplido su promesa… hasta hoy. Ahora, sin embargo, me asaltaban las dudas. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera la verdad?, ¿cuándo desentrañara el fraude sobre mi identidad? ¿Se mantendría la fortaleza de sus sentimientos?

Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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Ritual: Amuleto de Gaia

Género: Romance Paranormal

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CAPÍTULO III

 

Con el jaleo de la barbacoa, la oportunidad de interrogar a Aileen se esfumó. Ella se puso a preparar la

carne junto a Joao y otros chicos y yo colaboré repartiendo la comida.

—¿Os apetece algo para hincarle el diente? —Puse mi mejor sonrisa al acercarme con dos platos llenos

de montaditos a la fogata en la que permanecía Fernán y sus amigos práctica mente a solas.

¡Dios, qué guapos eran!

Fernán y los suyos rompieron a reír por lo bajo. Parpadeé confundida. ¿Qué les causaba tanta gracia?

El rostro serio de Karima fue la única excepción a la regla. Se levantó y les dedicó una mirada de

desaprobación.

—No, gracias —declinó Fernán divertido—. Prometí que por hoy mantendría mi apetito a raya.

Le echó una ojeada a Karima, que tenía pinta de querer propinarles una buena tunda cuando resonó

otra tanda de carcajadas.

Anclada en el sitio dudé avergonzada. ¿Se estaban riendo de mí?

—¿Y a ti, Álvaro? ¿No te tienta un bocado? El olor parece delicioso —ronroneó la seductora voz de la

rubia playboy mientras le dedicaba una sonrisa provocativa al moreno misterioso de ojos grises.

¿Álvaro se llamaba? De cerca era todavía más atractivo. Tenía el brillante pelo negro un poco revuelto,

como de haberse pasado las manos varias veces por él, aunque incluso eso le quedaba bien. Mi pulso

se aceleró cuando me inspeccionó con absoluta imperturbabilidad de los pies a la cabeza, deteniéndose

insolente en mis caderas y escote.

Dividida entre la ola de calor que me recorrió allá por dónde pasaban sus ojos y la leve conciencia de

que estaba siendo examinada como una mercancía, llené mis pulmones de aire, alcé la barbilla y…

me mordí la lengua. ¿A quién pretendía engañar? Me gustaba la forma en que sus pupilas se dilataban.

El mayor problema en ese instante era no dejar que mis rodillas cedieran cuando se sentían como si estuvieran hechas de gelatina, ni tampoco dejarme amedrentar por su engreimiento de gallo de corral.

Cuando nuestras miradas se cruzaron sus ojos reflejaban un oscuro y peligroso brillo. No tuve tiempo de interpretarlo porque a velocidad de ráfaga fue sustituido por sorpresa, in credulidad y cautela.

—Tienes razón. Huele realmente exquisita. Toda una tentación; sin embargo, creo que… «de momento», no la voy a probar —le contestó a la rubia, que había dejado de reír, enarcando una ceja.

—Gracias, Soraya —intervino Karima sonriéndome incómoda—. Ya cenamos antes de venir.

Un brazo protector apareció alrededor de mis hombros. Suspiré aliviada al comprobar que era Brian.

—¿Ocurre algo?

No sé si fue preocupación o amenaza lo que detecté en su tono, ¿o eran las dos cosas?

—Soraya ha sido tan amable de invitarnos a compartir vuestra barbacoa, pero ya hemos cenado —aclaró Karima en tono conciliador.

—¡Ya! —respondió Brian seco.

—No obstante, ha sido muy considerado por vuestra parte—intercedió la chica de pelo castaño acercándose a nosotros y 

sumándose a la actitud apaciguadora de Karima—. Hola, soy

Lea —se presentó.

—Soraya —respondí aceptando su fría mano.

—Vamos, Aileen te está buscando. —Brian me empujó con

delicadeza rumbo a la barbacoa.

Antes de girarme, vi la cara apenada de Karima y la enigmática y penetrante mirada de Álvaro, que parecía querer

grabarse como un hierro candente en el fondo de mi retina.

 

El ritmo frenético de la fiesta se calmó después de la comida y acabamos todos sentados alrededor de las fogatas. Joao y Claudio tocaban la guitarra, cantando canciones portuguesas. Algunos los acompañaban, otros simplemente charlaban y bromeaban relajados.

Yo permanecí al lado de Joao y Claudio, hechizada por su música. Tenían voces agradables y con su acento lusitano las melodías adquirían un encanto especial. Aunque yo no hablaba portugués, era tan similar al castellano que resultaba fácil entender gran parte de la letra. Además, por la entonación lenta y dulce era más que palpable que la mayoría de los temas eran románticos.

Joao y Claudio se defendían bastante bien en español. Su inglés —el idioma con el que nos comunicábamos la mayoría allí— también era perfecto y muy fácil de entender. Imagino que yo hacía trampa al quedarme con Joao y Claudio, pero después de tantas horas hablando en inglés poder conversar con alguien en mi propio idioma era un alivio.

—¡Cógela de una vez y deja de resistirte! —Joao puso la guitarra sobre mi regazo.

¿Había vuelto a pescarme mirándola con añoranza? Ya lo hizo antes cuando le confesé que sabía tocar. Indecisa me mordí los labios. Los recuerdos asociados con tocar la guitarra seguían doliendo.

 

Fue mi padre quien me enseñó a usarla, quien se sentaba durante las noches de verano conmigo para compartir la música. Suspiré. No me sentía capaz de coger la guitarra, pero tampoco de rechazarla. La acepté y acaricié las cuerdas, dejando sonar algunas notas.

—Eso es. Sujétala bien. —La voz de Joao era suave, paciente, como si intuyera la existencia de memorias dolorosas que necesitaba superar.

Quizás fuera hora de que yo también pusiera de mi parte para superarlas. Me coloqué bien la guitarra y comencé a tocar. Al principio con reparos, pero a medida que sonaron los primeros acordes me fueron llenando con su calidez. La nostalgia dejó, poco a poco, de desgarrarme. Era como si a través de las notas se volatilizara todo el dolor que había permanecido latente en mi interior, como si mi pesada carga se transformara en sonidos que se alejaban arrastrados por la suave brisa marina.

A medida que la armonía me inundaba más y más, mi memoria evocó las imágenes llenas de ternura del hombre que me enseñó a amar la música y a seguir sonriendo al mundo y a la vida aunque las cosas fueran mal. Parecía como si, a cada momento, el lastre que arrastraba desde el accidente estuviera poco a poco evaporándose hasta desaparecer.

Me centré de tal manera en mis sentimientos y en la melodía, que no fue hasta que acabé —con las últimas notas de Entre dos aguas—, cuando advertí que había cesado la alegre cháchara y que todo había quedado en silencio.

Cuando alcé la cabeza, todos los ojos estaban enfocados sobre mí. Un intenso calor subió por mis mejillas ante la admiración que reflejaban. El moreno, Álvaro, me observaba con una mezcla de asombro y curiosidad, y el rostro de Aileen era un poema en sí mismo —cualquiera diría que acababa de ver a Harry Potter en un bañador de patitos—.

Su estupefacción acabó por parecerme tan divertida que mi vergüenza se esfumó. Sonreí, reajusté la guitara y liberé unas notas alegres y rítmicas de samba. Como era de esperar, la gente respondió de inmediato al cambio de ritmo pasando su atención de mí a la música. ¿Quién podía resistirse a una buena samba en la playa?

Para cuando alcé de nuevo la cabeza, solo los insondables ojos de Álvaro seguían fijos en mí pero, por primera vez, por taba una leve sonrisa y en su semblante se reflejaba la aprobación. Un estremecimiento de placer me recorrió. Me supuso un esfuerzo descomunal desviar mi atención de esos ojazos grises y concentrarme en la música.

A mi lado, nuevas notas comenzaron a acompañarme. Era Joao con la guitarra de Claudio. Y de la nada me llegaron los sonidos de unos bongos. Algunas chicas comenzaron a bailar con sensuales balanceos de cadera, seguidas por algunos de los chicos portugueses, que parecían llevar el arte en las venas.

—Flamenco, flamenco… —corearon algunas de ellas después de dos o tres canciones.

Animada asentí y toqué una rumba. Joao y Claudio enseguida cogieron el compás, por lo que me dediqué a enseñarles a los demás a tocar las palmas.

—Un, dos… tres; uno, dos… tres.

—¡Enséñanos a bailar! —pidió una de las chicas inglesas más atrevidas.

—¡Sí, por favor! —coincidieron algunas más.

«¡Mierda! ¡Debería haber previsto que me lo pedirían!».

¿Cómo se me pudo olvidar que a los extranjeros les fascinaba todo lo relacionado con el mundo del flamenco? La mayoría

pensaban que los españoles nacíamos siendo bailaores y, en mi caso, yo para bailar era más torpe que un pato nadando en

un barreño de mantequilla.

—No es difícil. La rumba es un baile de seducción. Si seguís el ritmo al tiempo que os imagináis seduciendo a un chico os saldrá de maravillas. —Crucé los dedos porque se conformaran con esa explicación.

—¡Eso no vale! ¡Tienes que mostrárnoslo! —exclamó Aileen agarrándome del brazo para tirar de mí, en tanto que las demás animaban a viva voz.

 

Se me escapó un gemido. Podría haber matado a Aileen o haber escondido la cabeza bajo la arena, pero supuse que llamaría menos la atención siguiendo sus deseos.

—De acuerdo. —Me levanté con un suspiro de rendición—. Es una simple combinación de movimientos de cadera, brazos y mirada. —Comencé a mover pies y caderas al son de la música—. Pensad en la persona a la que queréis enamorar, y ahora… —Mis ojos se encontraron con los inquietantes y enigmáticos de Álvaro—. Intentad seducirlo.

Crucé los dedos porque nadie se percatara del ligero temblor en mi voz. El placer que me invadió al percibir la fascinación de Álvaro, me proporcionó el valor y el atrevimiento de seguir adelante. La llama en su mirada iba dejando un rastro de calor allá por donde acariciaba mi cuerpo y atizaba mis rítmicos contoneos de cadera, tornándolos cada vez más atrevidos y sensuales.

Titubeé cuándo Joao se acercó a mí sin dejar de tocar la guitarra, intentando a su vez conquistarme. Los ojos de Álvaro se entrecerraron y sus pupilas se ensombrecieron. Estuve por alejarme de Joao hasta que la rubia platino apareció al lado de Álvaro y le susurró algo al oído. Una sensación ácida se formó en mi estómago, acompañada de la consciencia de que acababa de hacer el ridículo más espantoso.

Intenté disimular girándome hacia el resto del animado grupo. La mayoría de las chicas seguían bailando. Unas con más estilo y acierto que otras, pero incuestionablemente todas se lo estaban pasando genial. Incluso Karima, con su apariencia tan formal, se había soltado el pelo.

También algunos chicos se atrevieron a participar. Algunos seductores, otros concentrados y otros… definitivamente haciendo el payaso. Y, por las miraditas de algunas de las parejas de baile, sospeché que más de una terminaría en algo más que una simple rumba.

En cuanto acabó la segunda canción me retiré con discreción de la atención de Joao para regresar junto al fuego a observar a los demás. En cuanto a Álvaro, se había ido y la rubia playboy detrás de él; el baile había perdido su embrujo.

 

*****

 

¡No había forma de dormir! Me giré una última vez rea justando desesperada la almohada. ¡Nada! Me levanté y me puse el albornoz para ir a la cocina a prepararme un chocolate caliente. Salí a la terraza, confortada por el calor de la taza en mis manos. Colocándome una manta sobre los hombros me senté en la vieja mecedora para intentar calmar todo el revoltijo de pensamientos y emociones que me inundaban.

Me centré en el lento concierto de las olas al arribar a la playa y el soplo fresco de la brisa marina. Desde allí se veía cómo el cielo y el océano se unían en toda su extensión, iluminados por una pálida luna creciente. Aquella inmensa y tranquiliza dora quietud apenas la estremecía, de tanto en tanto, la estela vertiginosa de una estrella fugaz.

Esa noche había sido la primera vez que había vuelto a coger una guitarra desde el accidente de mis padres. En cierta medida me había ayudado a recuperar una parte de mí mis ma. Desde su fallecimiento había estado perdida, desampara da, como si no supiera quién era, como si hubiera perdido mi lugar en el mundo. No se trataba simplemente de su muerte. Yo, mejor que nadie, comprendía que existía algo después de la vida —aunque jamás lo había reconocido con tanta claridad como ahora—. Pero era eso mismo lo que me había hecho plantearme infinitas veces el porqué mis padres no habían regresado junto a mí. Si podía ver a otros espíritus, a los que ni siquiera conocía, ¿por qué a ellos no? De alguna forma era como si me hubiesen abandonado a mi suerte, como si la que hubiese dejado de existir fuera yo.

 

Hoy había recuperado a mi padre. Lo sentí como si hubiera estado a mi lado, alentándome como solía hacer mientras

sonaban los acordes de la guitarra. Al recordar esa sensación de cercanía con mi padre anhelé tener el instrumento otra vez entre mis manos.

¿Sería posible que a pesar de no verlos mis padres siguieran estando conmigo? Tal vez no podía verlos porque era yo quién no estaba preparada para afrontarlo. Quizás, algún día, cuando yo estuviera lista…

La pesadez en mi pecho regresó. ¿Por qué me costaba tanto trabajo dejarlos ir? ¿Y si ya era hora de asimilar mis capacidades especiales? Puede que no fueran tan malas después de todo. Pensándolo bien, nunca me había sentido realmente en peligro. Bastante asustada y sobresaltada sí, sobre todo al principio, cuando oía la respiración de alguien al lado de mi cama, o aquella vez que algo me tiró de la pierna y tuve que agarrarme al cabecero para no caer al suelo. Por lo demás, todas las apariciones habían ocurrido de día o delante de otras personas. De hecho, excepto raras excepciones, todo solía resultar tan corriente que apenas era consciente de lo que ocurría.

Lo verdaderamente tenebroso de todas esas extrañas experiencias venía por costumbre provocado más por las reacciones de los testigos que de los mismos… «espectros». Mi piel se puso de gallina ante esa palabra. «¡Vale, siguen dándome repelús!». Pero si lo que quería era recuperar la son risa cariñosa de mi madre, entonces necesitaba hacer un es fuerzo por aprender a enfrentarme a mis miedos. Puede que fuera precisamente eso lo que mis padres estaban esperando. La cuestión era: ¿cómo podía alguien comunicarse con los fantasmas por voluntad propia?

Una figura inerte al lado del faro llamó mi atención. La silueta del hombre destacaba contra la negrura circundante, irrumpida solo por el tenue brillo de un foco. Se encontraba absorto contemplando el mar. No sé si era su postura o mi imaginación, sin embargo, parecía rodearle un halo de soledad y tristeza, casi como si se encontrara perdido en medio de tanta oscuridad.

 

El perfil en la lejanía me recordaba a una persona igual mente enigmática. Ese era otro de los motivos por los que no podía conciliar el sueño, el moreno de los insondables ojos grises que se negaba a salir de mi mente: Álvaro.

Tenía todas y cada una de sus miradas grabadas en mi retina: la de sorpresa, la de cautela, la de curiosidad, la de desprecio y la de aprobación pero, sobre todo, aquellas indescifrables que no conseguía interpretar. Todavía podía sentir el fuego y cómo me quemaba cuando bailé para él. Me estremecí con el recuerdo y al mismo tiempo sentí vergüenza. ¿Qué me incitó a bailar de una forma tan descarada? ¡Prácticamente me ofrecí en bandeja a él!

Jamás había hecho algo así antes. Llena de humillación recordé cómo Álvaro, al regresar, se mantuvo apartado de mí y no se dignó a dirigirme ni una ojeada más durante el resto de la noche.

Imagino que pertenecía a ese grupo de hombres a los que no les atraen las chicas demasiado «fáciles», porque eso les privaba del incentivo de la caza y la competición o porque simplemente no les interesaba lo que estaba al alcance de to dos. Por mi actuación, no me extrañaría demasiado que me hubiera incluido en esa categoría de féminas. ¡Qué bochorno! Aunque también era posible que yo estuviera simplemente fuera de su liga. Bastaba con tener ojos en la cara para ver que yo no podía competir con esa conejita playboy de pelo rubio platino.

Que a los otros chicos sí les llamara la atención mi «arte como bailaora» servía de poco alivio. Aun así, el que Joao y Claudio no se separaran de mi lado en toda la noche al menos ayudaba a no sentirme más ridícula y rebajada de lo que ya lo hacía.

Nunca había tenido reacciones tan contrapuestas ante un hombre. En un instante, me hacía sentir maravillosa y en el siguiente pequeña y frágil. Fue tan especial la manera en que Álvaro me miró y me sonrió cuando estaba tocando la guitarra... Claro que la rubia platino y Karima estaban todo el tiempo alrededor de él. ¿Qué posibilidades tenía alguien como yo contra aquellas esculturas andantes? Ni aunque pudiera cambiar la opinión que Álvaro se debía haber formado sobre mi disponibilidad tendría demasiadas oportunidades con él. Mis perspectivas eran prácticamente nulas.

Una tenue claridad comenzó a inundar el ambiente. Es taba amaneciendo. Suspiré. Más valía dejar las cavilaciones para mañana. Eché un último vistazo al faro antes de regresar a la habitación. La oscura silueta seguía allí.

«¿Álvaro?».

Cómo si hubiera percibido mis pensamientos se giró lentamente hacia mí.

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Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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