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RITUAL: Amuleto de Gaia

Los latidos de mi corazón eran tan fuertes que temía que retumbaran en las paredes del claustro delatando mi terror a las oscuras siluetas que acechaban desde las alturas. Tendida sobre el altar del sacrificio inhalé con fuerza, cerré los ojos, e intenté evocar recuerdos que me permitieran olvidar el horror al que tenía que enfrentarme.

«Cuando uno de mi especie ama, lo hace con una intensidad de la que ningún ser humano es capaz», recordé la pasión en su voz y las llamas en sus pupilas cuando me susurró las palabras al oído. Me estremecí. Había cumplido su promesa… hasta hoy. Ahora, sin embargo, me asaltaban las dudas. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera la verdad?, ¿cuándo desentrañara el fraude sobre mi identidad? ¿Se mantendría la fortaleza de sus sentimientos?

Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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Ritual: Amuleto de Gaia

Género: Romance Paranormal

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CAPÍTULO VII

Al entrar en la cocina encontré una extraña calma. La familia al completo estaba reunida allí: Gladys,

Aileen, Nerea, Brian e incluso Jennifer —todos menos la abuela—; y cada cual se hallaba,

aparentemente, entretenido con algo, como si eso pudiera explicar la desacostumbrada tranquilidad.

—Buenos días —saludé serena.

Necesitaba empezar con buen pie. Aún no estaba segura de si había perdido algún tornillo o si tenía

razón. De un modo u otro, era mejor llevarlo todo con el mayor tacto posible. Después de todo, aquella

familia me había acogido como a una más en la casa y les tenía un gran aprecio.

—¡Buenos días, cariño! —Gladys me recibió con fingida alegría. ¿La habrían informado ya de todo lo

que ocurrió la noche anterior?

—Buenos días —respondí yendo directamente al frigorífico para coger leche.

No fue hasta que me senté a la mesa, al lado de Jenny, cuando puse en marcha mi plan.

—Me preguntaba cómo se encontraría Moira, ¿sabes algo de ella, Gladys? —indagué con toda la

despreocupación de la que fui capaz.

La mano de Gladys se congeló en pleno gesto de rellenar su taza de té, a Aileen se le cayó la servilleta,

Nerea hizo una mueca, Brian empezó a observar con precisión científica la mermelada de la tostada y

Jenny se removía inquieta en la banqueta, pendiente de su madre.

—¡Oh! Se encuentra muy bien, no debes preocuparte por ella, cariño —me respondió exageradamente

animada Gladys.

—Me gustaría hablar con ella. ¿Crees que estará en casa ahora? —seguí fingiendo.

Brian escupió el café regando la mesa del desayuno. Lo que en condiciones normales habría conllevado

un follón de gritos, insultos y bromas, hoy se quedó en cuatro figuras estupefactas centrando toda su

atención en él, mientras el chico farfullaba una torpe disculpa.

—Lo… lo siento. Me he quemado la lengua con el café.

—¿Qué piensas, Gladys? —repetí para que retornara al tema que me interesaba.

—Yo… creo que no. Ayer dijo que hoy pasaría el día con la

señora McManus —contestó al fin.

—¿La señora McManus? —verifiqué fingiendo extrañeza

—Sí, claro. La vecina que vive en aquella casa llena de bebederos de pájaros, ¿no te acuerdas de ella? —Jenny intentó

en vano echarle una mano a su madre.

—¡Oh! ¿La señora McManus también tiene un apartamento en Cascáis? —seguí mi inocente interrogatorio.

—No, ¿por qué? —contestó Gladys con la voz cada vez

más aguda, levantándose para ir al fregadero por un paño.

—No, nada. Simplemente me resulta curioso. —La miré directamente a los ojos—. ¿Cómo es posible que viera a Moira

ayer y que hoy ya esté de vuelta en Athlon? —Parecía que hasta la mesa se hubiese quedado petrificada—. Por cierto, me

dijo que ya era hora de que me aclararas algunas cosas —continué, después de darle tiempo para asimilar las noticias.

Gladys se desplomó encima de una silla y me miró oquiabierta. Los demás mantuvieron la vista en ella, como si fuera su tabla de salvación. Pasaron varios minutos antes de que ella diera una inspiración que pareció devolverla a la vida.

—Creo que mi madre tiene razón. Ya es hora de que te aclaremos algunos puntos. —Espiró con fuerza antes de continuar—. ¿Quieres hacer tú las preguntas? Ahora mismo estoy…

¡Ufff! —Movió la cabeza—. No sabría por dónde empezar.

Asentí. ¡No me lo podía creer!, ¡mi plan había funcionado!

Mi sospecha parecía estar confirmada, casi. Ahora que tenía la posibilidad de plantear todas las cuestiones y resolver todas

las dudas que me quedaban, empezó a entrarme una extraña sensación de pánico.

Gladys me apretó la mano en un gesto de ánimo, como si supiera lo que estaba pasando por mi mente.

—¿Moira es un producto de mi imaginación? —Creía firmemente que no lo era, pero necesitaba que ella me lo confirmara.

—No, no lo es —me aseguró—. Si lo fuera no habrías sabido tantas cosas.

—Entonces, ¿ella está…? —No sabía cómo decirlo, no me atrevía.

Gladys me sonrió con tristeza.

—Mi madre murió hace tres años. Es su espíritu quien se pone en contacto contigo.

—¿Vosotros también podéis verla y hablar con ella?

—No. —Gladys permaneció un minuto en silencio antes de murmurar, más para ella que para mí—: A veces soy capaz

de sentirla. Siento el amor que emana, sé que está conmigo, con todos nosotros; sin embargo, no puedo verla, ni hablar

con ella como tú.

—¿Por qué me habéis estado siguiendo el juego todo este tiempo?

—No ha sido exactamente un juego —repuso ella afable—.

Sencillamente no parecías estar preparada para ello.

—¿Y por qué puedo verla yo y vosotros no? —seguí buscando respuestas.

—Bueno, lo cierto es que eres especial, Soraya. —Reflexionó antes de continuar—: Mi madre no es el único ente con el que te has encontrado, ¿verdad? —Me evaluó, consciente de mi impresión—. De hecho, son ellos los que te han llevado hasta nosotros —concluyó.

—¿Ellos me han llevado hasta vosotros? —repetí perpleja. Gladys asintió.

—La monja que te dio el ramo de flores para mí… la hermana Gabrielle, también ella fue un espíritu. Las flores que componían el ramo: la sabina, el jazmín y el iris blanco, la flor de ciruelo… Todas ellas tenían un significado, formaban un mensaje, a través del cual nos pedía ayuda para cuidar de ti.

—¿Por qué vosotros?

—Quizás, porque también nosotros tenemos algo de especiales. —Gladys miró orgullosa a sus hijos—. Nuestra familia tiene una larga tradición en el contacto con lo «sobrenatural».

Algunos de nosotros tenemos dones pero, sobre todo, poseemos conocimientos que pasan de padres a hijos y que se salen  un poco de lo común.

Tragué saliva tratando de asimilar lo que me contaba y

esperé a que continuara.

—Si miras en internet encontrarás muchas definiciones:

wicca, magia celta, magia blanca…

—¿Sois brujos? —pregunté alucinada—. ¿De los de verdad? ¿De los que practican brujería?

No estaba muy segura de si reírme o salir corriendo.

—A mamá le gusta llamarlo «ciencia de la energía y la vida», por lo que, más bien, somos doctoras de la energía y la vida —rio Jenny y los demás se unieron a ella.

—¿Te acuerdas de cuando en el colegio te enseñaban que la energía ni se crea ni se destruye, sino que se transforma? Todo

está formado por energía. La magia no es más que eso: aprender a transformar la energía en aquello que tú quieres —explicó Aileen—. Para hacerlo usamos lo que la Madre Naturaleza nos da: pensamientos, palabras, sonidos, plantas, vida, símbolos capaces de canalizar las energías; los cinco elementos: agua, fuego, aire, tierra y espíritu… —siguió Aileen en su habitual parloteo alegre, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—¡Vale! Poquito a poco. Esto me está sobrepasando —respondí abrazándome a mí misma.

—¿Te encuentras bien? —Gladys me estudió con la preocupación reflejada en sus ojos.

—Tan bien como para ingresar derechita en un manicomio —murmuré sin poder evitar el deje irónico en mi voz.

—No creo que eso sea necesario —rio Nerea—. Ya estás en uno.

Exceptuando  las  disimuladas  ojeadas  que  me  dirigían Brian y Gladys, por lo demás, todos parecían haberse relajado, como si se hubiesen quitado un gran peso de encima.

—¿Por qué creéis que la herm… Por qué pensáis que os pidieron que cuidarais de mí?

Gladys recuperó su gesto grave y se quedó pensando.

—Lo cierto es que lo ignoramos. Entendemos que eres especial porque, aparte de que puedes ver entes, todos los que te

rodean parecen ser buenos. Es como si no fueras una médium normal, como las que conocemos de nuestro entorno. Atraes

las energías positivas hacia ti. Además, nos hemos dado cuenta, o creemos al menos, que te están protegiendo. —Paró un

instante—. Verás, no es extraño que un espíritu determinado cuide de alguien, incluso es más habitual de lo que la mayoría

de las personas creen, lo que resulta extraordinario en tu caso es que pareces tener a varias entidades protegiéndote.

—En realidad, a todo un ejército —bromeó Brian con una sonrisa torcida—. ¡Estás más protegida que la primera dama

de los Estados Unidos!

Recordé lo que Álvaro había mencionado de mi amuleto, el incidente y… a él, pero no estaba muy segura de qué era lo que

sabrían sobre él y si el preguntarlo no resultaría perjudicial.

Por lo que evité hablar de Álvaro y me centré en el colgante.

—Esta cadena que me regaló Moira… —Señalé el colgante—. ¿Es un talismán?

—Para ser exactos es un amuleto —me corrigió Aileen—. Un talismán sirve para atraer la suerte, un amuleto para proteger a quién lo lleva.

—Es un amuleto muy especial, lleva varias generaciones en nuestra familia y está vinculado a una leyenda. En nuestra familia lo consideramos una especie de reliquia, por eso me extrañó tanto que mi madre recurriera a él para que te protegiera, aunque supongo que tendría sus buenas razones para hacerlo.

Examiné intrigada el medallón.

—¿Qué dice la leyenda?

Gladys hizo ademán de hacer memoria antes de contestar.

—La leyenda habla de un terrible azote de seres de la oscuridad que invadieron nuestras tierras. Masacraban un poblado tras otro y no tenían piedad de nadie, no importaba que fueran ancianos, mujeres o niños. A los demonios se les atribuía el carácter de invencibles y raras veces sufrían el más mínimo daño en los ataques de los pobres campesinos. Aunque, de vez en cuando, luchaban entre ellos debido a los celos y a la avaricia. En uno de estos altercados, uno de los demonios quedó gravemente herido y huyó por el bosque hasta llegar a un lago. Allí encontró a una bella joven en el agua. Dicen que era la hija de un druida y que poseía una hermosura inigualable, de piel blanca como la nieve y el pelo rojo como el fuego. El demonio decidió esperar a que la joven saliera del lago con la intención de matarla y alimentarse de ella, pero a medida que la aguardaba y observaba, más débil se fue volviendo. Cuando la joven encontró al demonio, desfallecido y gravemente herido, se apiadó de él y lo cuidó, escondiéndolo de los furiosos campesinos y alimentándolo con su propia sangre y con la sangre de los animales del bosque. El demonio, que jamás había conocido a un ser tan puro y compasivo como aquella joven, llegó a confundirla en sus delirios con un ángel. Ambos acabaron por enamorarse perdidamente el uno del otro y a consecuencia de aquel amor nació una hija.

 

Cuando los campesinos descubrieron quién era el padre de la criatura quisieron acabar con la joven y su hija recién nacida y los demonios hicieron otro tanto. Aquello se convirtió en una aterradora caza contra los enamorados. La joven, extenuada por el complicado parto, no tuvo fuerzas suficientes para resistir aquella persecución. Cuando el demonio vio que su amada moría y que su hija correría el mismo destino, se hincó de rodillas a suplicarle a la Madre Naturaleza y esta, conmovida por los rezos del demonio, lo escuchó. Le preguntó qué estaría dispuesto a hacer por la vida de su hija y él le respondió que entregaría con gusto la suya propia a cambio de que la salvara. Entonces, la diosa cogió la pureza e inocencia de la joven y el amor y poder del demonio y los aunó en este amuleto que colgó al cuello de la niña. Cuentan que cuando los campesinos y los demonios la encontraron, ninguno pudo aproximarse a ella, ni causarle el más mínimo daño. Únicamente una ermitaña que vivía por allí, pudo acercarse a ella y fue quién la crio como a su propia hija. La chiquilla creció como un ser fuera de lo común por su inteligencia y sus dones. Un día se marchó sin decir a dónde iba, pero en la víspera de su marcha entregó el amuleto a la ermitaña, rogándole que lo guardaran ella y sus futuras generaciones hasta el día en que llegara la Protegida. Según la tradición oral de mi familia, esa ermitaña fue una de nuestras antepasadas. Apenas unos días después de la desaparición de aquel ser conoció a su marido y el mismo año tuvieron a su primera hija. Lo que explica el motivo por el que nosotras guardamos el amuleto.

Cuando Gladys acabó de contar la historia, todos permanecimos callados. Me imagino que su silencio era para darme tiempo a mí. El mío se debía a mi cacao mental. Era como si hubieran introducido demasiada información en mi disco duro y no tuviera forma de procesarla. En mi mente apare- cían palabras y frases aisladas, inconexas que, sin embargo, intuía que estaban interrelacionadas: «Espíritus», «amuleto»,

«te protegen», «la protegida», «eres especial». Era como si pudiera discernir diferentes voces en mi mente, repitiendo una y otra vez esas palabras y otras imposibles de distinguir entre aquellos murmullos.

Me froté la sien para aliviar las punzadas de dolor. Mi cabeza parecía estar a punto de estallar. Solo quería meterme en la cama y taparme la cabeza con una sábana hasta que el mundo entero se olvidara de mí. Pero ¿quién sería capaz de dormir ahora? Probablemente no podría ni quedarme acosta- da en la cama y, muchísimo menos, evitar darle vueltas a toda la vorágine de información que me habían dado. ¡Acababan de decirme que existían brujas, demonios, la Madre Naturaleza y la magia! Más que nunca me planteé si no me estaría volviendo loca o si todo esto no era nada más que un extraño sueño. Me levanté despacio de la mesa.

—Necesito estar un rato a solas —expliqué mirándome las manos para evitar ver sus rostros.

No estaba preparada para oír nada más.

—Álvaro dijo que vendría a recogerte a las cuatro —avisó Aileen de forma precipitada.

Me detuve en la puerta de la cocina. Necesitaba saber una cosa más aunque me matara el saberlo.

—¿Qué es Álvaro? —pregunté con un hilo de voz.

Nadie contestó, hasta que Gladys soltó un fuerte suspiro.

—No podemos decírtelo, Soraya. En este mundo existen ciertas normas y también consecuencias si se quebrantan.

Pero estoy segura de que acabarás averiguándolo por ti misma —terminó convencida.

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Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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