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RITUAL: Amuleto de Gaia

Los latidos de mi corazón eran tan fuertes que temía que retumbaran en las paredes del claustro delatando mi terror a las oscuras siluetas que acechaban desde las alturas. Tendida sobre el altar del sacrificio inhalé con fuerza, cerré los ojos, e intenté evocar recuerdos que me permitieran olvidar el horror al que tenía que enfrentarme.

«Cuando uno de mi especie ama, lo hace con una intensidad de la que ningún ser humano es capaz», recordé la pasión en su voz y las llamas en sus pupilas cuando me susurró las palabras al oído. Me estremecí. Había cumplido su promesa… hasta hoy. Ahora, sin embargo, me asaltaban las dudas. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera la verdad?, ¿cuándo desentrañara el fraude sobre mi identidad? ¿Se mantendría la fortaleza de sus sentimientos?

Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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Ritual: Amuleto de Gaia

Género: Romance Paranormal

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CAPÍTULO VI

Rebusqué entre las tropecientas cosas que, de algún modo, siempre acabo acumulando en mi bolso.

¿Dónde estaba la dichosa memoria USB? Ya no me extrañaba que mi bolso pesara un quintal. ¿Para qué

diantres me había traído el cargador del móvil a la playa? ¿Y los rotuladores fluorescentes y el estuche

de manicura? ¡Ufff!, ya puestos, ¿para qué había grabado la música en una memoria externa cuando

podía haberla graba- do en el móvil?

Soltando un resoplido volqué todo el contenido sobre la toalla. No es que buscar con la luz de las

llamas mejorara mucho la cosa, pero mejor eso que nada. «¡Por Dios! ¡Si llevo hasta el abridor que

usamos en la fiesta de fin de curso en Athlon!». Como de costumbre llevaba de todo excepto lo que

buscaba. Conociéndome, seguro que había dejado la memoria conectada al portátil. ¡Vaya diita!

Cogí la tarjeta de embarque usada y la desmenucé a cachi- tos hasta que recordé que no había

papelera y tuve que volver a meterlos en un bolsillo lateral del bolso. Suspiré colocándome un mechón

detrás de la oreja. Después de dos horas arreglándome, Álvaro ni siquiera había hecho acto de presencia.

Encontré un trocito de tela gris. «¿Qué diantres es eso? Ah, bueno, el pañuelito de las gafas de sol».

Lo guardé en su estuche. Llevaba semanas limpiándome las gafas con mis camisetas.

 

Probablemente no iba a suponer mucha diferencia llevar ese trocito diminuto de tela dentro o fuera

del estuche, pero en fin, ahora al menos estaba en su sitio. Comencé a guardar trastos. Un día de

estos debería hacer una buena limpieza, aunque fuera por el simple hecho de que a ese paso ya no

me cabría nada más en el bolso.

Una bolita irregular se quedó pegada a mis dedos. La estudié. ¡Un chicle masticado envuelto en papel!

Arrugué la nariz con una mueca. Lo peor era que tendría que guardarlo otra vez en el bolso porque no

iba a ser tan puerca como para tirar- lo en la arena. Con un resoplido busqué el paquete de pañuelos

que sabía que debía de estar en algún sitio, hasta que a mi espalda sonaron unas risas.

—¿Necesitas ayuda? —se ofreció una melodiosa voz a mi espalda.

No necesité girarme para adivinar que era Lea. En general, el aterciopelado toque melodioso en la voz de los amigos de Álvaro resultaba inconfundible, aunque en el caso de Lea se añadía además un encanto y una ternura especial. Estaba prácticamente segura de que si los ángeles existieran, sonarían como ella. Tragué saliva al caer en la cuenta de que si estaba Lea entonces también estaba… Miré por encima de mi hombro.

Sí, Álvaro estaba allí con los demás. ¿O debería decir mejor que los demás estaban allí con él? ¿De verdad era posible resistirse a esa sonrisa? Con las manos metidas en los bolsillos, en actitud relajada, me sonreía divertido. Con un esfuerzo sobrehumano despegué los ojos de Álvaro y me levanté.

—Estaba intentando encontrar la memoria USB con la música, pero creo que me la he dejado en…

—¿Esta? —Álvaro se agachó y cogió algo del montón sobre la toalla y me lo ofreció con un brillo burlón en sus ojos.

Su sonrisa aumentó de tamaño a medida que yo contemplaba estupefacta el pequeño objeto de plástico verde.

—¿Cómo lo has encontrado con tanta facilidad? —Alargué

la mano para coger la memoria.

 

En cuanto mis dedos rozaron los suyos, un cosquilleo cálido se extendió a través de mí como una onda. Ambos retiramos la mano sobresaltados y uno de esos extraños brillos que me encantaría poder interpretar apareció en sus ojos.

—¿Quieres que se lo lleve a Aileen? —se brindó Lea mirando curiosa de uno a otro.

—Ya se lo llevo yo —intervino Fernán.

Mis cejas se alzaron tanto que probablemente flotaban por encima de mi frente. ¿Fernán ofreciéndose?

Aunque en general casi todos en el grupo de Álvaro eran amables, la mayoría de ellos me evitaba. Fernán solía ser uno

de ellos. Usualmente, era casi como si yo llevara una enorme burbuja de cristal en torno a mí y él simplemente pasara alrededor de ella. Y eso no era en simple plan metafórico. A veces lo había visto a él o a una de sus amigas andando distraídos y, justo un metro antes de tropezar conmigo, trazaban una especie de semicírculo junto a mí. No creo que lo hicieran queriendo, a decir verdad, sospecho que ni siquiera se percataban de que lo hacían. Quizás por eso me sorprendió tanto la oferta de Fernán.

Las excepciones a la regla las constituían Lea y Karima, que no parecían tener ningún tipo de problema en traspasar mi «espacio personal» sobre todo cuando tocaba la guitarra. Lea, además de una voz prodigiosa, conocía las letras de todas las canciones, con lo cual ambas disfrutábamos de nuestra compañía. Karima habitualmente acompañaba a Lea —bueno, cuando no rondaba cerca de Álvaro—, y, aunque pareciera un poco más distante, resultaba muy fácil llevarse bien con ella. Muy al contrario que con las hermanas arpías, como yo las llamaba para mí: Eva, la rubia platino, y Layla, la otra belleza oriental que bien podía haber sido una esfinge egipcia por lo rígida y fría que era.

—¿Y? —interrumpió Fernán impaciente mis cavilaciones.

Mordiéndome el labio dejé caer la memoria USB en su palma abierta. ¿No estaría Fernán buscando una excusa para acercarse a Aileen? Resultaba imposible no percibir la atracción que existía entre ellos. Después de que Aileen hubiera recuperado su usual desparpajo en presencia de Fernán, entre los dos montaban auténticas batallas verbales que no solo resultaban divertidas sino también bastante esperpénticas en su ambigüedad. Consistían en una mezcla de seducción y lucha de ingenio.

Encima, Aileen y Fernán tenían mucho en común: ambos eran personas alegres y vitales y ambos habían convertido la seducción en una filosofía de vida. Era imposible que no se atrajeran entre ellos. Aunque Aileen parecía resistirse a esa atracción y a su hermano Brian, por supuesto, no le hacía ni pizca de gracia.

—¿Qué os ha pasado? Hoy habéis llegado tardísimo —dije guardando de forma disimulada el chicle viejo cuando Fernán se fue.

Lea echó una ojeada a Álvaro antes de contestar con un tono demasiado ligero:

—Sí, bueno, nos hemos retrasado con la cena.

Una sombra recorrió las facciones de Álvaro, aunque lo

camufló rápidamente bajo su habitual fachada de indiferencia. Asentí y contemplé el desastre que había montado sobre

el suelo. ¿Iba a entender alguna vez esas extrañas actitudes?

Puede que simplemente fueran nuestras diferencias culturales, después de todo con Aileen y su familia me pasaba lo mismo, pero el comportamiento de Álvaro y sus amigos a veces me resultaba de lo más extraño.

—Creo que es mejor que lo guarde todo antes de que algo

caiga en la arena y lo pierda.

Arrodillándome comencé a tirar cosas dentro del bolso.

Me estiré a coger el brillo labial que había caído en la otra punta de la toalla. Una mano masculina se adelantó y me ofreció el tubito de plástico. Sorprendida eché un vistazo a su dueño, que se encontraba en cuclillas a mi lado, mirándome con aquel enigmático aire que siempre me ponía el corazón a mil por hora. Extrañada inspeccioné nuestro alrededor. Los demás se habían alejado, aunque Eva no nos perdía de vista desde donde estaba y su íntima amiga Layla no disimulaba el evidente desprecio que sentía por mí.

Retorné mi atención a los misteriosos ojos grises, que estaban mucho más cerca de lo que había esperado y que parecían querer atraparme en algún extraño campo magnético.

—Esta noche estás especialmente guapa. —Me estremecí ante la tonalidad tersa y seductora. ¡Dios! ¡Debería estar prohibido que un hombre fuera tan guapo!—. Y si sigues mirándome así, voy a terminar olvidando todas mis buenas in- tenciones. La idea de raptarte y llevarte conmigo a un lugar tranquilo, dónde podamos estar solos, me resulta cada vez más irresistible —confesó Álvaro en voz baja y ronca.

Mi respiración y mi pulso se aceleraron. Su rostro se acercó y su mirada viajó hasta mis labios. Cuando se retiró con brusquedad y recuperó su máscara adusta, me entraron ganas de chillar de frustración. «¡Por Dios, secuéstrame de una vez!».

Cogió mi mano y tiró de ella para incorporarme a la par que él. Me sujetaba con decisión pero a la vez con gentileza. Me di cuenta de que era la presión perfecta. Hay personas que te dan la mano como si quisieran aplastártela y otras que parece que están hechas de gelatina. La mano de Álvaro rodeaba la mía con la firmeza justa. Me soltó y se apartó como si nada hubiera pasado. Imagino que en realidad no había pasado nada, excepto mis ganas de que ocurriera.

—Te están buscando. —Señaló con la barbilla a Brian, que se encontraba de espaldas a una de las hogueras vigilándonos con expresión desdeñosa.

Asentí, tratando de ignorar el peso en mi pecho. El hechizo se había roto. Álvaro había recuperado su habitual actitud distante. Desde la noche del beso no había vuelto a acercarse a mí. Me miraba, me sonreía, a veces, cuando le pasaba algo de beber, me rozaba con delicadeza pero, excepto hoy, nunca había vuelto a aproximarse por su propia voluntad a mí. Eso

sí, había cumplido su promesa, incluso más allá de lo que yo me hubiera atrevido a esperar. No había vuelto a dirigir ni un solo vistazo más a ningún ser femenino en mi presencia e ignoraba por completo los acercamientos de Eva. ¿Cómo se suponía que debía interpretar eso?

—Es mejor que vayas. —Suspiró y esperó a que yo me pusiera en marcha para bajar a la orilla.

 

Álvaro desapareció de la faz de la tierra. Sin poder evitarlo, me había pasado las dos últimas horas inspeccionando disimuladamente las diferentes camarillas de jóvenes repartidas por la caleta. Él no se encontraba entre ellas. Eché un vistazo al grupo de Fernán. Nada de nada. Álvaro seguía ausente.

—Nerea quiere ir a la disco y los de aquí están todos de acuerdo —me informó Aileen interrumpiendo mis pensamientos—. Vamos a avisar al resto, por si alguien más se apunta.

Asentí desganada y me levanté de la toalla. Aileen sabía que yo iría a donde fueran ellos, pero la verdad es que no me apetecía ir a una discoteca. Me limpié la arena de los vaqueros al seguir a Aileen. Cuando nos acercamos a la reunión de Lea y Karima, las dos chicas nos recibieron con una sonrisa.

—¿Quieres decir que hoy te apetece más marcha, pelirroja? —preguntó Fernán con un matiz sugerente cuando Aileen los invitó.

Los ojos de ella se incendiaron de inmediato.

—No te puedes imaginar hasta qué punto deseo «más» esta noche —murmuró Aileen con tonalidad provocativa.

—Bien, pues vayamos a la disco —contestó Lea ignorando el jueguecito que se traían los dos entre manos.

—¡Oye! ¡Tú!, ¡princesita! —Discerní un desagradable tono de mando en la llamada de Eva. Al girarme advertí cómo

me miraba fijamente a los ojos. ¿Se estaba refiriendo a mí?—.

¡Tráeme mis sandalias! —me ordenó de forma pedante señalando a unos metros en la arena donde estaban tiradas de forma descuidada.

 

Sentí cómo la cólera me formaba un nudo en el estómago.

—Eva, ¿qué haces? —murmuró horrorizada Lea.

—¡Eva! —tronó disgustada la profunda voz de Álvaro a mi espalda.

¡Álvaro había llegado! ¿Quién demonios se creía la rubia playboy que era? ¿Estaba intentando humillarme delante de Álvaro y sus amigos? Me clavé las uñas en las palmas de las manos.

—Oye, reinona. —Le devolví a Eva su mirada fija, sin dejarme amedrentar por sus ojos gatunos—. Pareces un poco trastornada, ¿por qué no te das un chapuzón para que se te bajen un poco esos humos? Lo necesitas.

Para mi asombro —y el de los que me rodeaban— la rubia platino asintió con ojos vidriosos y, como si estuviera ida, bajó a la orilla para meterse en el agua sin quitarse siquiera la ropa. Un agudo chillido de consternación fue seguido de un gruñido gutural que me puso la piel de gallina. Sin aliento y boquiabiertos, todos miraron de mí a la rubia y otra vez a mí.

Imagino que yo a ellos los miraba igual. ¿Qué diablos acababa de pasar?

De repente, Fernán rompió a reír y desató una rápida epidemia de estruendosas risas. Solo Aileen y yo permanecimos serias. ¿Por qué se había metido esa loca en el agua con la ropa puesta? Eché un vistazo a mi amiga. Parecía preocupa da. Tampoco es que fuera de extrañar. La rubia loca estaba saliendo del agua como el monstruo del pantano, fulminándonos con una mirada llena de furia y lanzando amenazadores gruñidos como si fuera un animal salvaje con rabia.

—¿No debería ir alguien a calmarla? —musitó Aileen inquieta.

Álvaro se colocó tenso entre mí y la orilla. Dirigió un vis tazo a Fernán, quien asintió con la cabeza e, intentando contener la risa, fue en busca de Eva.

—Creo que deberíais iros. —Karima se frotó los brazos como si tuviera frío—. Es mejor que llevemos a Eva a casa, para que pueda… cambiarse. —A pesar de su risa anterior el timbre de su voz ahora sonaba extrañamente grave.

—¿Qué le ha pasado? —pregunté abrazándome—. ¿Por qué ha hecho esa idiotez?

Karima les echó un vistazo a Lea y Álvaro, pero nadie respondió.

 

A pesar del ambiente en la disco, fui incapaz de relajarme y disfrutar. No me salía de la cabeza la imagen de Eva, con aquellos ojos extrañamente vidriosos e inertes, cuando fue en dirección a la playa. ¿Qué le habría pasado?

Joao y Paulo no pararon de pulular a mi alrededor intentando distraerme, pero no funcionó. De hecho, comenzaron a irritarme con tanta pegajosidad y pesadez. Aprovechando que fueron a la barra me escapé.

Inspiré aliviada nada más poner un pie en la calle y sentir la fresca brisa marina sobre mi cara. Sin pensármelo mucho tiré por la avenida principal en dirección al paseo marítimo. La zona estaba a tope de gente y mientras más me acercaba a la playa, más parejitas encontraba, lo que me hacía sentir tanto segura como melancólica.

Me senté en una hamaca y centré mi vista en el horizonte. A pesar de la calmante música de las olas y el precioso cielo nocturno me fue imposible olvidar el altercado con Eva. Nunca he sido una persona que disfrutara con los enfrentamientos porque incluso cuando llevaba la razón solían hacerme sentir mal.

Me remangué los dobladillos del vaquero y me descalcé para bajar a la orilla. Gemí de placer cuando mis pies se hundieron en la arena mojada y las olas comenzaron a cubrirlos. La temperatura era más cálida de lo que había anticipado. Permanecí quieta, observando embelesada el ir y venir de las suaves lenguas de agua.

La alargada sombra que cayó en diagonal a mi lado fue lo primero que vi. Mi respiración se congeló cuando me giré

precipitada. ¡Eva! Se encontraba a pocos metros de mí. Una corriente fría recorrió mi espina dorsal, un enorme nudo se formó en mi estómago y mi vello se puso de punta. ¡Mierda!

¿Había venido a por mí? Al fijarme en su semblante parte de mi tensión se disipó. Me sonreía avergonzada.

—Hola, Soraya. —El saludo de Eva fue tímido—. Te he seguido. Creo que te debo una disculpa.

Abrí la boca, pero no se me ocurrió nada que contestar.

—Sé que me he estado comportando de una manera detestable contigo —confesó azorada—. Soy consciente de ello y no tengo perdón, pero me gustaría que te pusieras en mi lugar y que me comprendieras —siguió con sutileza—. Me gusta Álvaro desde hace tanto tiempo y ahora llegas tú… —Encogió los hombros desanimada—. He visto cómo te mira. Me he puesto enferma de celos y he perdido el control. Perdóname. Siento mucho mi estúpido comportamiento y me gustaría que aceptaras este obsequio para demostrarte que lo siento de verdad.

Me ofreció una cajita plana y rectangular envuelta en papel de regalo verde. Parpadeé. ¿Cómo se suponía que debía reaccionar? Yo no quería ningún regalo. De hecho, siendo honesta conmigo misma, ni siquiera quería su amistad. Eva no me caía bien. No sé si por la relación que tenía con Álvaro o simplemente porque su personalidad me desagradaba. Aunque si rechazaba su oferta de hacer las paces… ¿En qué clase de persona me convertiría eso? Era un tanto ruin rechazarla así sin más, ¿no?

—Te lo agradezco, de verdad, pero no hace falta que me

regales nada. Lo entiendo y no pasa nada. —Incómoda me

quité el pelo de la cara.

—Quiero que lo aceptes, hará que me sienta mejor —murmuró con ojos grandes y suplicantes—. No tienes ni idea de lo que significaría para mí.

Suspiré. ¿Qué podía hacer? La chica no parecía encontrar-

se bien. A lo mejor tenía algún problema de nervios o depresióno algo así. Tampoco podía ser tan grave que aceptara ese presente. Contemplé la cajita que me ofrecía y la cogí. Abrí con cuidado el bonito papel de regalo y toqué la suave piel del estuche. «¡Mierda! Esto tiene pinta de ser caro. ¡Hasta tiene la inscripción de una joyería! ¿Qué hago si es un regalo caro? Debería haberle dicho que no y haberme mantenido en mis trece».

Titubeé, pero Eva me observaba con tanta ilusión que el «no puedo aceptarlo» se me quedó atrancado en la garganta.

«Bueno, vamos a ver primero qué es. Lo mismo es únicamente el estuche lo que aparenta tanto. Ella misma debe de saber

que no hay un motivo real para tener que regalarme nada».

Abrí la tapadera cruzando mentalmente los dedos para que fuera cualquiera de esas pulseras de cuero baratas que se

vendían a montones en las tiendas del paseo marítimo como suvenir. Tan pronto vi lo que contenía me quedé muda: era

una gargantilla adornada con pequeños charms de oro y plata.

Ni siquiera podía creer que las tiendas que abrían por la noche para los turistas pudieran tener cosas tan caras, y la marca

estampillada en el cierre de la cadena dejaba muy claro que no era una simple imitación. ¿De dónde la había sacado? Era

preciosa pero demasiado valiosa para que yo pudiera aceptarla como presente. No quedaba ninguna duda, Eva no podía estar bien de la cabeza. ¿Quién se gastaba ese dineral por una trifulca sin importancia?

—Eva. Yo… Realmente te agradezco mucho lo que pretendes hacer, pero… me temo que esto es demasiado caro para

que pueda aceptarlo.

Una mueca horrenda atravesó su hermoso rostro. Instintivamente di un paso atrás. La expresión desapareció tan rápido que no supe si efectivamente la había visto o imaginado.

—Me encantaría que lo aceptaras, aunque comprendo que

no puedo obligarte a hacerlo. —Sonrió apenada—. ¿Podrías al menos tomarla como un préstamo? —insistió esperanzada—.

Póntelo esta noche, así podrás verte con él puesto.

 

Estoy segura de que te quedará de maravilla. Lo he escogido expresamente para ti. Mañana, si sigues sin cambiar de opinión, podrás devolvérmelo —suplicó llena de ilusión—. ¡Por favor!

—añadió como una niña que pide un caramelo.

Inspiré llenando mis pulmones de aire. Era mejor no enloquecerla de nuevo, ¿verdad? Ahora estábamos solas en la playa. No es como si pudiera hacerme mucho, pero tampoco tenía ganas de encontrarme tirándome de los pelos con una desquiciada. Además, no era precisamente un sacrificio ponerme aquella gargantilla por una noche; era bonita, aunque no fuera mi estilo llevar cosas tan caras.

—De acuerdo, solo por esta noche y mañana te la devuelvo —consentí al fin.

Ella sacó el collar del estuche y me miró expectante.

—Lucirá mejor si te quitas la cadena que llevas puesta.

Asentí con reparo. Me llevé las manos a la nuca buscando el cierre. La verdad era que no me agradaba para nada la idea

de quitarme el colgante de Moira. Me gustaba aquella joya, era una de esas cosas con las que te identificas y que te hacen

sentir bien.

—Hola.

Me giré sobresaltada al oír la profunda voz de Álvaro. Estaba con las manos en los bolsillos, contemplando a Eva con una ceja alzada. El hielo en su mirada me hizo estremecer.

Eva se puso blanca como una sábana e inmediatamente reculó dos pasos, como si le temiera. 

—Hola —le saludé confundida por la extraña reacción de Eva.

¿Le iría a dar otro ataque a la rubia? La estudié, pero lo que verdaderamente me llamó la atención fue la familiar figura

que estaba a unos metros detrás de ella.

—¿Moira? —balbuceé más confundida aún.

Ignoré las caras perplejas que seguían mi mirada y la postura rígida que Álvaro había adoptado sacándose rápidamente las manos de los bolsillos. Salí corriendo hasta la anciana para abrazarla.

 

—¡Moira! ¿Cuándo has llegado?

Los labios de la mujer se curvaron tenuemente ante mi reacción, aunque se puso seria cuando miró por encima de mi

hombro a Eva.

—Me prometiste que no te quitarías la cadena —me reprochó en tono acusatorio y alzó la mano cuando fui a explicarle lo sucedido—. Todavía no es el momento —continuó de forma enigmática.

—Soraya, ¿qué está pasando? —demandó Álvaro con una

mezcla de ansiedad y confusión en la voz—. ¿Te encuentras bien?

Cuando miré, Eva había desaparecido del panorama y él se estaba acercando a mí de forma insegura.

—Puedes pedirle a Gladys que te lo explique. Ya es hora de que vayan aclarándote algunas cosas —siguió la abuela

ignorando a Álvaro como si no existiese.

Un  perturbador  presentimiento  comenzó  a  invadirme.

¿Cómo era posible que Moira no viera ni oyera a Álvaro? ¿Por qué estaba él tan tenso y tan preocupado? La anciana me acarició con ternura los hombros.

—Eres especial, Soraya, y eres consciente de ello. —Me sonrió—. Y aunque ahora te sientas perdida, muy pronto des-

cubrirás tu destino.

—Moira…

—Es hora de despedirnos —anunció con tono decidido.

—Te acompaño a la casa —contesté forzándome por no echar cuenta de lo que Álvaro trataba de decirme.

Moira rio y negó con la cabeza.

—Aileen ya debe de estar buscándote y se preocupará si

no te encuentra, y yo disfruto paseando a solas por la playa.

—Me dio un beso en la mejilla antes de irse por la orilla.

Dividida entre solucionar el tema de Álvaro y seguirla, levanté la mano para detenerla. La dejé caer de nuevo. Tenía ganas de correr tras ella. Ahora que en mi mente habían surgido aquellas conjeturas me aterraba quedarme a solas con Álvaro, pero no podía confesarle eso a Moira. No sin arriesgarme a que reaccionara como mi abuela. Eché un último vistazo a la silueta cada vez más lejana de la anciana. Tomé aliento y me giré hacia Álvaro, o lo que fuera que fuese aquel ser. Estaba más pálido que de costumbre y parecía muy inquieto. Me dejé caer en la arena y miré el reflejo de la luna sobre las olas.

Traté de recordar todos los momentos en que lo había visto, comenzando por el primer día que lo conocí. Intenté encontrar algo que me indicara que estaba equivocada. Álvaro casi siempre se había mantenido al margen de todo. No conseguí acordarme de ninguna reunión en la que él tomara parte activa. Cuando hablaba conmigo, sí, a veces se encontraba alguien cerca, pero nunca hubo una conversación junto a otras personas. Siempre éramos solo él y yo. Ahora que lo pensaba, Aileen, nunca me había preguntado por él, lo había hecho sobre Joao, sobre Paulo, pero nunca sobre Álvaro. Pero

¿y la rubia? ¿Qué pasaba con Eva? Lo había mencionado hacía un rato y le había hablado aquel primer día cuando lo conocí.

¿O habían sido imaginaciones mías? ¿Acaso ella era igual que él? No. Algo no encajaba.

Álvaro se sentó a mi lado. Parecía preocupado al observar la continua evolución en mis facciones; sin embargo, permanecía en silencio, esperando que yo reaccionara de alguna manera. Decidí coger el toro por los cuernos. De cualquier forma, ¿qué era lo peor que podía pasar? ¿Qué me tomara por loca? Si estaba equivocada entonces de todos modos ya debía de estar planteándoselo. Me volví hacia él y lo miré fijamente a los ojos.

—¿Desde cuándo estas… muerto? —exploté evaluando atenta las emociones que se reflejaban en su rostro.

Se puso tan blanco que creí que le iba a dar algo.

—¿Cómo…? ¿Cómo lo has sabido? —musitó confirmando mis sospechas.

¡Dios mío! ¡Era cierto! ¡Era un espíritu! Agaché la cabeza y me tapé la cara con las manos. ¡Aquello no podía ser verdad!

 

¡Esto no podía estar pasándome! Una cosa era poder ver fantasmas y otra muy distinta enamorarme de uno.

—¿Por qué estás aquí? —le interrogué en un susurro.

Me miró ligeramente confundido, como si no me entendiera.

—Conozco a Eva. Sé lo vengativa que es y hoy la humillaste en público. Intuía que tramaba algo y decidí vigilarla —confesó

renuente—. Cuando se acercó a ti estuve a punto de acudir en tu ayuda, pero decidí que era preferible averiguar primero sus

intenciones. Tardé un poco en percatarme de lo que pretendía hacer.

—No es a eso a lo que me refería pero, de todos modos,

Eva no intentaba hacerme daño, únicamente se estaba disculpando —la defendí sin demasiada convicción.

Álvaro negó con la cabeza.

—Estaba usando una treta para que te quitaras tu amuleto—explicó señalando la cadena de Moira.

—¿Amuleto?  —pregunté  mientras  examinaba  con  más atención el bello colgante.

—¿No lo sabías? —parecía extrañado.

—Fue un obsequio.

Acercó una mano, vacilando, antes de tocar el colgante con extremo cuidado, como si esperara que le diera una descarga.

—Es el protector más poderoso que he encontrado nunca.

Te protege de nosotros e imagino que de cualquier otra criatura que pudiera ser peligrosa —murmuró admirado—. Si te lo hubieras quitado habrías estado expuesta a ella —añadió con un gesto de crispación.

—Entonces, ¿ella también es como tú? —Eso explicaría muchas cosas.

Álvaro asintió.

—¿Y los dos sois peligrosos? —La voz apenas me salió al preguntarlo.

Álvaro apretó la mandíbula y asintió de nuevo.

—¿Vas a hacerme daño? —Mis ojos escocían, pero no pude evitar preguntarlo.

 

—¡Jamás te haría daño a propósito! —soltó con desesperación en su voz.

Fijé la vista en el horizonte. Aquí y allá relumbraban las luces de algún barco pesquero. Había algo que fallaba, una pieza que no terminaba de encajar en aquel puzle.

—¡¿Soraya?! ¡¿Soraya?! —Los gritos ansiosos de Aileen, Nerea y Brian resonaron desde el paseo marítimo.

Me levanté para hacerles señas con los brazos. Ellos vinieron corriendo.

—¿Estás bien? —preguntó Brian, que llegó el primero—.

Te hemos estado llamando al móvil, pero no has contestado.

¿Habían llamado? Mi batería debía de estar vacía otra vez.

Brian me estudió preocupado antes de dirigirle una mirada amenazante a Álvaro. Asentí despacio, estudiando el gesto

del chico.

—¿Hay alguien aquí conmigo? —le interrogué.

Brian echó una ojeada insegura a Álvaro y luego otra vez a mí.

—Sí —contestó dudando de tal forma que no quedaba claro si pretendía soltar una afirmación o una interrogación.

—¿Quién?

—Él —señaló—. Álvaro —respondió como si me tanteara

—¿Vosotras también podéis verlo? —me quise asegurar con Nerea y Aileen, que venían resoplando exhaustas.

Ambas asintieron, contemplándome con ojos desencaja dos, como si acabaran de ver a un extraterrestre, ¿o debería decir un fantasma? Me giré hacia Álvaro que me examinaba desconcertado. Miraba de hito en hito a mis amigos intentando encontrar alguna explicación; sin embargo, ellos se encontraban tan desorientados como él. También parecían incómodos y culpables a partes iguales. Asentí para mí, necesitaba aclararme, encontrar algún sentido a aquel sueño surrealista en el que parecía haberme perdido.

—Ahora mismo estoy tan confusa que no sería capaz de asegurar con certeza si me estoy volviendo loca o no. Voy a

 

irme a casa. Voy a aclarar mis ideas y voy a asegurarme de que nada de esto ha sido una simple pesadilla. —Tomé aire antes de seguir—: Y en el caso de que todo esto haya sido real, mañana hablaré con vosotros —sonó como una amenaza—, con «todos» vosotros —recalqué, esta vez mirando en dirección a Álvaro, quien asintió—. ¿Estarás?

—Te lo prometo —confirmó con firmeza.

Todos me siguieron cuando me dirigí al paseo marítimo.

Me quité la arena de los pies y volví a calzarme ignorándolos a todos. Cuando al dirigirme al apartamento vinieron tras de

mí, me paré bruscamente para dirigirme a ellos.

—Puedo ir sola a casa. «Necesito» estar sola —subrayé.

—Soraya… —empezó Aileen.

La interrumpí alzando un dedo. Esperé unos segundos, mirándolos decidida, asegurándome que me entendían sin

tener que hablar de nuevo. Luego, despacio, me di la vuelta y me fui dejando a cuatro figuras pasmadas detrás de mí.

Cuando llegué al apartamento de los O’Conally, como un autómata comencé con lo que ya se estaba convirtiendo en

una rutina. Me duché con agua caliente, intentando mantener mi mente en blanco el mayor periodo de tiempo posible.

Quería relajarme antes de enfrentarme a mí misma. Me puse el pijama y fui a la cocina a hacerme un chocolate caliente. En

mi cuarto me enfundé en una manta y salí a sentarme en la diminuta terraza.

El suave vaivén de la mecedora y la taza caliente entre mis manos eran reconfortantes. Me centré en el sonido de las olas

y el brillo de las estrellas que destacaban en el cielo negro.

Inhalé con fuerza y repasé lo que había pasado hoy. Las imágenes impactaban en mi mente, una detrás de otra. Intenté

discernir entre aquellas cosas que ya tenía claras y aquellas que seguían estando confusas.

Para empezar, intuía que lo que había ocurrido esta noche en la playa, ni había sido un sueño ni pertenecía a lo que se

podía denominar «natural» o «normal».

 

 

En segundo lugar, Álvaro había admitido hasta cierto punto que no era un hombre corriente. Tampoco podía ser un fantasma, porque entonces los demás no podían haberlo visto ni haberlo conocido; sin embargo, ¿qué era entonces?

El tercer enigma giraba en torno a la abuela de Aileen, ¿qué había llevado a Moira a la playa a esas horas? ¿Por qué estaba Álvaro tan tenso en su presencia? ¿Por qué lo había ignorado la anciana? ¿Y por qué nadie me había informado de que llegaría Moira? Recordé la conversación con Gladys la mañana que viajamos a Portugal. Su rostro había estado desencajado y evitó mirarme casi todo el tiempo.

 

—¿Por qué no viene Moira a Cascáis? —le había preguntado yo.

—A ella nunca le ha gustado demasiado viajar. Este es su sitio

—me había respondido reticente.

—¿Estará bien aquí sola?

—No te preocupes por ella, sabe cuidar de sí misma y no está sola… nunca lo estará —insistió con un repentino ímpetu, como si

estuviera hablando de algo totalmente distinto.

 

Recordando aquella charla, mis sospechas se acentuaron. Mañana tendría que confirmarlo. Iba a levantarme temprano. Los lunes eran los días libres de Gladys y le gustaba aprovecharlos para salir a pasear por la playa y disfrutar del sol hasta la hora del almuerzo. También ella tendría que responderme a algunas cuestiones y cuanto antes mejor.

Eso me recordó el colgante que pendía de mi cuello. El cuarto punto a evaluar. Lo observé con atención, repasan- do con los dedos todos y cada uno de aquellos diminutos y complejos detalles. ¿Un amuleto? ¿Por qué me lo habría dado Moira justo antes de venir a Portugal? ¿Por qué no quería que me lo quitara? Álvaro había mencionado algo sobre que era protector, ¿estaba yo en peligro? ¿Qué clase de seres serían Álvaro y Eva para que yo necesitara una protección mágica contra ellos? Me vino a la memoria uno de los comentarios que había hecho esta noche la anciana. Había sido algo sobre

Gladys, algo que ella me debía aclarar…

Preparándome para una noche muy, muy larga, fui a por la guitarra que Joao me había prestado para relajarme con el

sonido de sus cuerdas. Toqué durante mucho tiempo. Cuando al fin decidí acostarme, eché un último vistazo al faro. No

me sorprendió ver la silueta del hombre. Había estado allí todas las madrugadas contemplando, inerte como una estatua,

el mar. Me parecía una persona solitaria, triste, como si las olas que chocaban contra el acantilado fueran el reflejo de la

angustiosa batalla que se libraba en su interior. No sé exactamente por qué pensé en él al ver a aquel individuo, ni tampoco por qué llegue a pronunciar su nombre.

—¿Álvaro?

El hombre del faro levantó la cabeza hacia mí, como aquella primera madrugada, como si hubiese oído su nombre en mis labios.

—¡Álvaro!

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Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

Ritual

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