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RITUAL: Amuleto de Gaia

Los latidos de mi corazón eran tan fuertes que temía que retumbaran en las paredes del claustro delatando mi terror a las oscuras siluetas que acechaban desde las alturas. Tendida sobre el altar del sacrificio inhalé con fuerza, cerré los ojos, e intenté evocar recuerdos que me permitieran olvidar el horror al que tenía que enfrentarme.

«Cuando uno de mi especie ama, lo hace con una intensidad de la que ningún ser humano es capaz», recordé la pasión en su voz y las llamas en sus pupilas cuando me susurró las palabras al oído. Me estremecí. Había cumplido su promesa… hasta hoy. Ahora, sin embargo, me asaltaban las dudas. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera la verdad?, ¿cuándo desentrañara el fraude sobre mi identidad? ¿Se mantendría la fortaleza de sus sentimientos?

Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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Ritual: Amuleto de Gaia

Género: Romance Paranormal

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CAPÍTULO VIII

Álvaro esperaba en la calle, apoyado en su BMW descapotable de color plata. Que me costara trabajo

apartar la mirada de las líneas que definían claramente sus músculos bajo la camiseta negra, echó por

tierra mi teoría de que quizás mi atracción por él pudiera estar influenciada por la magia del ambiente

nocturno. Ahora, a plena luz del día era tan atractivo o más que por la noche. Y no, por más que lo

estudiara, no había nada en él que me delatara que no fuera algo más que un hombre normal.

Permaneció serio cuando me acerqué a él, aunque advertí cómo se oscurecieron sus ojos antes de

desviar la mirada y abrirme la puerta del copiloto. Ninguno de los dos rompimos el silencio durante el

trayecto. Él permanecía centrado en la conducción y yo en mi caos existencial. Pasarme la mañana

paseando sola por la playa no ayudó a resolver demasiado en esta ocasión, no cuando lo que necesitaba

era más información.

Tardé en darme cuenta que salíamos del casco urbano de Cascáis y que Álvaro escogió una carretera

secundaria prácticamente desierta. ¿A dónde íbamos? No me tomé la molestia en preguntar. Me sentía

segura con él, protegida, a pesar de la incertidumbre sobre su identidad.

Me detuve a analizar ese sentimiento. ¿Por qué tenía aquella certeza de que no me haría daño? Mis

pensamientos volaron a la leyenda y los demonios que Gladys había mencionado. Dijo que los

demonios se dedicaban a diezmar a la población. Eso no era precisamente alentador, pero Gladys no

me expondría nunca a un peligro, ¿verdad? Además, ¿no de- cían todos que el amuleto me

salvaguardaba?

Mi mano se alzó instintivamente hasta mi clavícula, donde el frío metal tocaba mi piel. Al percibir mi

gesto, Álvaro apretó la mandíbula y sus facciones se endurecieron. Pisó el acelerador pero

inmediatamente volvió a reducir la velocidad.

—¡No voy a hacerte daño! —explotó de pronto.

—Lo sé —repuse sin más, y era cierto. Sabía que no me

haría daño.

Condujo el coche fuera de la carretera, adentrándose por un camino pedregoso escondido entre la arboleda hasta aparcar en la sombra de un frondoso pino. Se quedó unos instantes cabizbajo, con ambas manos sobre el volante, como si temiera lo que le esperaba. Me mordí los labios. Había llegado el momento de hacer las preguntas, pero ¿qué era lo que yo quería saber realmente? ¿Qué podía preguntarle sin parecer una loca?

Álvaro salió del coche y antes de que pudiera seguirle ya me había abierto la puerta del copiloto. No sé exactamente por qué, pero alargué la mano y esperé con paciencia mientras él la estudiaba indeciso. Finalmente me tomó de la mano, despacio, evaluando mi expresión. En cierto modo, aquello era lo más cursi y ridículo que yo había hecho en mucho tiempo, si bien también fue mi oportunidad de establecer contacto con él, de tocarlo. Necesitaba comprobar que era real, de carne y hueso, y que no se evaporaría ante el más mínimo roce.

Había pasado demasiado tiempo desde la noche en que me besó como para confiar en mis propios recuerdos. Álvaro parecía seguir titubeando sobre cómo actuar conmigo, pero después de sacar una toalla grande del maletero, me volvió a tomar de la mano sin que yo se lo pidiera. Me guió en silencio por la estrecha senda hasta unos acantilados.

 

Se me escapó el aire de los pulmones al ver las vistas. ¡Eran espectaculares! El lugar parecía sacado de un folleto turístico, con la diferencia de que por allí no se veía a nadie, estaba total y absolutamente desierto.

Álvaro extendió la toalla en el suelo ante un viejo tronco caído para sentarnos. Permanecimos mudos, contemplando el fantástico paraje. La simple idea de tener que romper aquella serenidad, aquel encanto, ya resultaba estresante en sí misma, pero sabía que era hora de hacer mis preguntas y enfrentarme a la realidad. Suspiré.

—Ayer te confundí con un espíritu —aclaré centrada en el azul verdoso del océano cuya delicada brisa parecía insuflarme valor. Él se giró para observarme—. Pero no lo eres—dudé—. Como tampoco eres un humano normal. —Lo miré. El gris de sus ojos resultaba ahora casi imperceptible, conquistado por la negrura de sus enormes pupilas—. Pero ¿qué eres entonces?

—¿No te lo han revelado los O’Conally? —Alzó una ceja.

—Al parecer no pueden contármelo. Dicen que debo averiguarlo por mí misma.

—No esperaba que en este caso cumplieran las normas.

Aunque tienen razón. Nadie puede decírtelo. Debes descubrirlo por ti misma —afirmó.

—¿Por qué?

—Porque cuando se rompen ciertas reglas, las consecuencias son… muy graves.

—Si lo acierto, ¿serás sincero?

—¿Te crees capaz de adivinarlo? —Entrecerró los ojos. La expresión de su rostro reflejaba cómo evaluaba mentalmente

la posibilidad de que eso pudiera ocurrir—. ¿Te has planteado que a veces es mejor no conocer toda la verdad?

—Sí, pero si ya intuyes algo, queda la esperanza de que la realidad, quizás, no sea tan… —Iba a decir aterradora, aunque

al final decidí callarlo—. Prefiero saber a qué me enfrento y poder tomar mis propias decisiones —acabé con determinación.

—¿Y si fuera aún peor de lo que imaginas? —cuestionó poniendo a prueba mi teoría.

—Entonces, con más motivo para saberlo. Quizás de ello pueda depender mi supervivencia.

Su rostro se contrajo en una mueca.

—¿Y según tu intuición qué crees que soy? —musitó.

—¿Una especie de demonio? —Inmediatamente me arrepentí de haberlo soltado. Su rostro se crispó de dolor al tiempo que se giraba hacia el horizonte.

—Supongo que así lo definirían algunos —reconoció en un hilo de voz.

—Pero ¿lo eres? —¿Se daría cuenta del miedo que sentía?

—No… exactamente. En cierta medida, depende del concepto que alguien tenga de un «demonio», aunque imagino que sí, que se podría aplicar —titubeó—. No adoro a Satán, ni practico la magia negra ni vivo para la maldad ni ninguna de esas cosas. Desde «nuestro» punto de vista, no tenemos nada que ver con los demonios. Sin embargo, desde el punto de vista humano, sí nos confunden o, a veces, nos engloban dentro de esa categoría.

Encogió los hombros, pero bastaba mirarle para saber que no le resultaba tan indiferente como trataba de aparentar.

—No te comprendo del todo.

—Tú tienes visiones, ¿verdad? —No esperó a que se lo confirmara—. La inquisición te habría condenado por brujería, la medicina moderna probablemente te atribuiría algún tipo de enfermedad mental. Tienen diferentes opiniones o formas de verlo, aunque no necesariamente coincidan con la realidad. Esta vez capté lo que intentaba explicarme, pero me planteó otra preocupación.

—¿Y tú? ¿Cómo me ves? —susurré.

La incipiente confusión de sus ojos se transformó rápidamente en una expresión tierna.

—Veo a una preciosa chica morena, de ojos tan profundos y relucientes como el universo mismo, cuya fuerza de atracción permite a las almas atravesar los muros que nos separan de otras dimensiones.

—¿Entonces no te asusto? —aventuré insegura.

—¿Me consideras un demonio pero temes que puedas asustarme? —Rompió a reír.

—La verdad es que solo te he preguntado si lo eres. No consigo verte como uno —confesé—. Y estoy acostumbrada a que la

gente huya de mí cuando descubren las cosas que me ocurren.

—¡Hm! Supongo que te comprendo —afirmó pensativo—.

Sé lo que es ser un bicho raro y no acabar de encajar en ninguna parte. —Hizo una extraña mueca—. Pero volviendo a mí…

El hecho de que no sea un demonio, no significa que no sea

peligroso. Como tú misma has dicho y por tú propia supervivencia debes asimilarlo y mantenerte alejada de mí.

—Dijiste que no me harías daño —le recordé.

—Dije que jamás te haría daño «a propósito» —me corrigió.

—También comentaste que mi amuleto me protegía de ti—insistí.

—En eso tienes razón. —Me evaluó con mirada calculadora—. ¿A dónde quieres llegar? —Buena pregunta —murmuré mientras un bochornoso calor inundaba mi cara.

—¿Y? —Me escudriñó con la cabeza ladeada, esperando que le contestara.

¿Qué iba a decirle? ¿Qué me gustaba? ¡Ni de coña! No estaba acostumbrada a lanzarme y ofrecerme en bandeja. ¿Y si acababa haciendo el ridículo más espantoso? 

—Bueno, también admitiste que… —Me corté. «¡No puedo hacerlo! Esto es demasiado». Tragué saliva cuando arqueó la

ceja—. Nada, da igual —farfullé, consciente que el calor en mi cara ahora bullía como la lava de un volcán.

Me cogió la mano y cerró los párpados.

—Sientes vergüenza, nerviosismo, impotencia…

—¿Cómo…? —le interrumpí, pero él levantó un dedo, indicándome que esperara.

—También sientes miedo… miedo a que te rechace —murmuró, y de nuevo me detuvo cuando abrí la boca—. Te estoy asombrando, sin embargo, tienes tanta necesidad como mie- do de que yo descubra lo que te pasa. Quieres que yo… —Me soltó la mano y se volvió hacia el mar.

Un peso se alojó en mi pecho, mezclándose con mi humillación. Fuera lo que fuera lo que hubiera descubierto en mí, lo estaba rehusando.

—Recuerdo lo que afirmé. Te dije que ambos éramos conscientes de que había algo entre nosotros. —Tomó mi mano y me besó la palma, sin mirarme todavía—. Pero también te ad- vertí que no podíamos estar juntos —me recordó en voz baja.

—¿Es por lo que eres? —La duda me mataba.

—Ese es el motivo más importante, sin duda —confirmó.

—¿Hay más? —Me sobrecogí.

—Sí. —Lo pensó un poco antes de continuar—. Digamos que, en estos momentos, mi futuro es un poco incierto. Ahora

mismo no tengo la capacidad de comprometerme, ni de hacer promesas que posiblemente no pueda cumplir.

Se pasó las manos por la frente, con un gesto cansado. Luego se puso de pie de un salto para desaparecer por una esquina del acantilado. Asustada corrí hasta el filo del precipicio.

Solté un suspiro aliviado al descubrir el pequeño sendero que quedaba oculto tras un arbusto y que bajaba a una pequeña

caleta. Allí fue donde le vi, de pie, contemplando el océano.

Me senté en una roca. Quizás él necesitase un momento a solas igual que yo.

«¿Desde cuándo me gusta jugar con fuego?». No existíala necesidad de pensarlo mucho, conocía la respuesta: desde que había conocido a Álvaro. Me hacía sentir viva, cada fibra de mi ser se llenaba de luz estando con él. También me sentía

protegida y eso había sido algo que ansiaba desde hacía una eternidad. Sentirme segura, esperanzada, ilusionada… Que-

ría más de eso mismo. ¿Qué importaba el precio que tuviera que pagar? ¿No constituía el mismo hecho de renunciar a él y a todo lo que me aportaba un enorme sacrificio? Si en definitiva debía perderlo, ¿por qué no disfrutar cuanto pudiera de lo que podía ofrecerme?

Aspiré profundamente llenando mis pulmones hasta los topes y tomé el estrecho sendero escarpado que llevaba al pequeño trozo de playa. Él permanecía allí, en la orilla, de espaldas a mí, concentrado en el horizonte.

—¿Y si no tuvieras que comprometerte a nada?, ¿y si no esperara nada de ti? —pregunté con voz alta y clara.

—¿Serías capaz de asumir eso? —dudó él sin girarse—.

¿Podrías aceptar no tener respuestas?, ¿comprender que tarde

o temprano me despediré de ti sin un motivo ni una explicación? ¿Puedes estar conmigo sabiendo que soy un… —titubeó antes de soltar la última palabra teñida de aflicción—, «demonio»?

—¿Son los demonios capaces de amar? —Eso era lo único que realmente importaba y necesitaba averiguar.

Se giró como un torbellino, con los ojos incendiados por llamaradas. Recorrió con peligrosa lentitud los metros que nos separaban, sin despegar su oscura mirada de la mía.

—A eso sí te puedo responder. —Inclinó su cabeza hacia mí, tomando mi rostro entre sus manos, antes de terminar en

un susurro—: Cuando uno de mi especie ama, lo hace con una intensidad de la que ningún ser humano es capaz.

Sus labios tocaron los míos con dulzura, pero su forma de pedirme que respondiera a ellos fue exigente, causando chispas y encendiendo un fuego descontrolado que se extendió por mi cuerpo a la velocidad de la luz. Me amoldé a él, enredando mis brazos alrededor de su nuca. Mis dedos se hundieron en su sedosa cabellera cuando sus labios trazaron un tortuoso recorrido desde mi mentón hasta la base de mi cuello, provocándome un suspiro cuando sus dientes rasparon con suavidad la sensible piel.

Apartó los finos tirantes del top, y con ellos los de mi sujetador, hasta que acabaron resbalándose por mi hombro.

 

Tiró suavemente de mi melena para echarme la cabeza atrás y hundir su rostro en el hueco de mi garganta. Las delicadas caricias de su aliento sobre mi piel contrastaban con la dureza de su cuerpo al apretarse contra mí. Me mordí los labios para retener los gemidos. ¡Dios! No sabía si iba camino al cielo o al infierno, pero desde luego era justo donde quería estar.

Ni siquiera me di cuenta de cómo terminamos tendidos en la arena. Solo fui consciente de las sensaciones que me producían sus labios, que ahora exploraban la sensible piel alrededor de mi ombligo. Evidentemente molesto por el estorbo de mi top, me ayudó a desembarazarme de él con habilidad, antes de seguir el delicioso recorrido que había dejado a medias. Temblando de deseo y a ciegas, busqué su cabellera para tirar de él y traerlo de nuevo hacia arriba. Lo deseaba. Necesitaba su boca sobre la mía, sentirlo, saborearlo, rodearlo con mis piernas y apretarlo a mí.

Álvaro no se hizo de rogar. Se quitó la camiseta en cuanto se percató de mi frustrado zarandeo y la colocó con gentileza bajo mi cabeza. Sentirlo piel contra piel lo cambió todo. Era como si me pudiese fundir con él, como si mi piel hambrienta no pudiera calmarse del ansia por él, como si al pegarme a Álvaro colmara cada célula de mi ser con la felicidad más absoluta.

La palma de su mano ascendió con determinación por mi muslo desnudo bajo mi falda, y acabó alcanzando mi trasero para apretarme contra él y su pétrea erección. Gemí. Un temblor surgió desde la base de mi bajo vientre, haciéndome consciente de la densa humedad que mojaba mi tanga al con- tacto con su dureza y de la urgencia de presionarme aún más contra él.

Los segundos que levantó su rostro para evaluar complacido mi reacción, me parecieron una eternidad. Ciñéndome exigente a él reclamé su boca. Nuestros gemidos se entremezclaron, su urgencia incendiaba la mía y percibir su deseo me lanzó hacia una desesperante necesidad.

 

Cogió mi muñeca para guiar mis dedos por su musculoso abdomen. Me quedé sin aliento cuando se desabrochó el vaquero y deslizó mi mano en el caliente interior. En cuanto notó mi inquietud se detuvo en seco. Alzó la cabeza, la confusión se reflejaba en su rostro al estudiarme. Advertí cómo de repente todos sus músculos se tensaban y me inspeccionaba con el ceño fruncido.

—¿Soraya? Tú… —vaciló buscando las palabras—. Tú has hecho esto antes, ¿verdad? —Me examinó con ojos inquisitoriales en tanto que yo deseé que me tragara la tierra—. ¡Dios!

¡No puede ser! —gimió dejándose caer a mi lado en la arena, respirando con dificultad y tapándose los ojos con los ante- brazos.

—Álvaro, yo… —balbuceé.

«¡Cómo he podido ser tan torpe!». No me atreví ni a mirarlo.

¿Cómo se le explica a un tío que nunca había surgido ni la necesidad ni la oportunidad de hacerlo antes? «¡Por Dios, que tengo veintitantos años! ¡Va a pensar que soy una mojigata reprimida!». Nunca antes me había planteado lo embarazoso que sería confesarle a un hombre que era virgen a mi edad y que eso me haría sentir como una niña pequeña. ¿No se suponía que en las novelas siempre era una de esas cosas romanticonas y valiosas y…? «¿A quién quiero engañar? Si hasta a mí me parece tonto eso de que las mujeres se guarden para el hombre de su vida. ¿Y cómo le explico yo eso ahora sin hacer todavía más el ridículo?».

Me tensé cuando Álvaro se incorporó y me posó un dedo sobre los labios.

—Lo siento, no debería haberlo dado por supuesto —se disculpó para mi asombro depositando un cariñoso beso en mi frente.

—¿Estás enfadado?

—Claro que no. Simplemente me ha cogido por sorpresa.

Hoy en día no es algo habitual en una chica de tu edad, y eres tan sensual y tan seductora, y respondiste con tanta pasión,

que… sencillamente no se me pasó por la cabeza que aún pudieras ser… —titubeó antes de elegir la palabra correcta—: inexperta.

—¿Y eso importa? —quise constatar.

—Sí y no —respondió de forma ambigua.

—Ok. Esto es embarazoso. Me siento como una niña a la que han pescado probándose la ropa interior de su madre.

Álvaro rompió a reír.

—Pues que sepas que me pareces adorable y muy sexy con la ropa de tu madre —dijo guiñándome un ojo.

—¿Sexy? —No pude evitar alzar una ceja.

—Morbosamente sexy, cielo —murmuró.

Me estremecí ante el deseo reflejado en sus ojos.

—Entonces… —Alcé la cabeza para buscar su boca, pero Álvaro se apartó como si yo tuviera la lepra—. ¿Qué pasa?

—musité temblorosa tratando de ignorar la desagradable sensación que se despertó en mi estómago.

Me dirigió una débil sonrisa que poco a poco aumentó.

—Nada, excepto que creo que necesito un chapuzón.

—¿Un chapuzón? ¿Ahora?

¿Cómo  podía estar riéndose y encima querer bañarse? Tragué saliva. En mi vida me había sentido más humillada.

Miré abochornada a mi alrededor para buscar mi top. La mano de Álvaro se cerró alrededor de mi muñeca cuando me estiré a cogerlo.

—Soraya…

—¡¿Qué?!

—Solo voy a bañarme para bajarme la temperatura.

Alzó una ceja cuando parpadeé confundida, y dirigió un vistazo intencionado a su regazo; entre la cremallera abierta de su vaquero sobresalía un notorio bulto que apenas quedaba tapado por los slips blancos.

—¡Oh! ¡Uhmm…!

La cinturilla de los slips estaba despegada de su vientre, como si tuviera dificultades en mantener a raya lo que contenían.

 

Habría bastado que me acercara un poco para ver todo lo que se escondía bajo la enorme tienda de campaña.

Álvaro se incorporó con una carcajada.

—Dame unos minutos para recuperarme y luego vente, me gusta tenerte cerca de mí —me indicó con un guiño seductor. Se bajó los pantalones y los calzoncillos de una sola vez y corrió en dirección al agua mientras yo miraba ruborizada la arena—. Soraya… —Alcé la cabeza tratando de mirarlo a la cara. Su sonrisa se torció hacia un lado—. Mejor déjate la ropa interior puesta —sugirió antes de lanzarse a las olas.

Oí su risa mientras el calor subía por mis mejillas. «¡Dios!

¡Se ha dado cuenta que he ojeado sus partes!». Esperé un rato antes de quitarme la falda y seguirle. Ahora que había pasado el momento de arrebato, mostrarme medio desnuda era de todo menos cómodo. Para mi alivio, Álvaro se comportó como un caballero y se mantuvo de espaldas a mí hasta que el agua me cubrió.

Pasada la primera impresión, el agua estaba deliciosa. No tenía ni idea de si a él le funcionaría aquello para bajar su libido, lo que sí me quedó absolutamente patente era que la exquisita mezcla de sol y las apacibles caricias del mar tenían

exactamente el efecto contrario sobre mí.

—No tengo muy claro que haya sido una buena idea invitarte a nadar conmigo —comentó burlón, aunque no escondió las ráfagas de deseo de sus pupilas.

Me di cuenta que los dos metros de distancia entre nosotros no disminuían. A medida que yo nadaba hacia él, él flotaba alejándose.

—¿Piensas quedarte quieto alguna vez? Estoy empezando a tener la extraña impresión de estar acosándote —me quejé

divertida—. A ver si al final vas a ser tú quién va a tener que cuidarse de mí.

El travieso brillo en sus ojos apenas fue advertencia suficiente. Álvaro desapareció bajo la superficie del agua para reaparecer un segundo después a mi espalda.

 

—¿Crees que podrás cazar al depredador? —susurró en un tono peligrosamente sensual junto a mi oído mientras sus brazos me rodeaban desde atrás.

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Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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