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RITUAL: Amuleto de Gaia

Los latidos de mi corazón eran tan fuertes que temía que retumbaran en las paredes del claustro delatando mi terror a las oscuras siluetas que acechaban desde las alturas. Tendida sobre el altar del sacrificio inhalé con fuerza, cerré los ojos, e intenté evocar recuerdos que me permitieran olvidar el horror al que tenía que enfrentarme.

«Cuando uno de mi especie ama, lo hace con una intensidad de la que ningún ser humano es capaz», recordé la pasión en su voz y las llamas en sus pupilas cuando me susurró las palabras al oído. Me estremecí. Había cumplido su promesa… hasta hoy. Ahora, sin embargo, me asaltaban las dudas. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera la verdad?, ¿cuándo desentrañara el fraude sobre mi identidad? ¿Se mantendría la fortaleza de sus sentimientos?

Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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Ritual: Amuleto de Gaia

Género: Romance Paranormal

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CAPÍTULO II

 —¡Brian, por favor, solo un ratito más! —Jenny puso ojitos de cachalote moribundo capaces de derretir

incluso el corazón del hombre de lata.

Apreté los labios para retener mi risa. Esa niña nació para ser la reina de las manipuladoras.

—¡Ni de coña! —masculló Brian—. Después soy yo el que se come el marrón. Mamá dijo hasta las dos

y son las dos me nos cuarto.

—¡Pero si la playa no ha comenzado a animarse hasta ahora! —protestó Jenny dirigiendo una mirada

soñadora a las hogueras donde un joven con el dorso descubierto saltaba por encima de las llamas al

tiempo que los otros lo animaban agritos.

—Razón de más para llevarte. No quiero perderme la diversión —gruñó Brian cruzando los brazos en el

pecho—.

Apáñatelas con mamá, a lo mejor mañana te deja quedarte más tiempo.

El semblante de Jenny se transformó cuando la chispa de esperanza en sus ojos fue reemplazada por un

aire de decisión. Casi se podía ver cómo la maquinaria en su mente se ponía en funcionamiento y una

bombilla luminosa se encendía sobre su cabeza. A Gladys mañana le iba a esperar un día muy, pero que

muy largo.

 

—¡Venga vamos! —Brian se giró hacia Aileen. Pareció titubear—. Tardaré un cuarto de hora.

—Vale.

—¿Y si os venís conmigo?

—Deja de hablar pamplinas, Brian, y lárgate de una vez. —Su voz sonó tan irritada que Brian no intentó

llevarle la contraria.

La negativa de Aileen era comprensible. El ambiente en la pequeña cala era genial. Había gente joven de

todas las nacionalidades reunida alrededor de tres fogatas; desde un coche del aparcamiento sonaba

música disco, todavía nos quedaban bebidas… Irnos habría sido una faena.

—Está bien. —Brian se rascó la nuca con un suspiro—Llevo el móvil por si me necesitáis. ¿Por  si  le  necesitábamos?  ¡Ni  que  estuviéramos  en  un país tercermundista en el que nos fueran a secuestrar de un momento a otro! ¿Qué diantres le pasaba? Aileen rio por lo bajo observando cómo Brian se marchaba disgustado, pero cuando habló lo hizo con una mueca.

—¡Ahí va otro! —se quejó—. Voy a tener que apartarme de ti hasta que deje de parecerme a un cangrejo.

Parpadeé. ¿Otro? ¿Parecerse a un cangrejo? Era cierto que seguía estando más colorada que un tomate. Los tres días que llevábamos en Cascáis no habían ayudado a difuminar demasiado sus excesos del primer día de playa, pero ¿qué tenía eso que ver conmigo?

Aileen señaló con la barbilla a un chaval de veintipocos años que inmediatamente me dedicó una amplia sonrisa desde el otro lado de la fogata. Se llamaba Joao o algo por el estilo. Me lo habían presentado el día anterior en la playa junto a otros cuatro o cinco, pero mi capacidad para recordar nombres y caras es más corta que la de un besugo.

—Desde que estamos aquí no consigo ligar ni a la de tres —proclamó Aileen con un dramatismo digno de una actriz de cine mudo—. Cuando parecía una pescadilla en harina por lo menos me echaban piropos.

—¡Llevas tres días rodeada de chicos! —Entorné los ojos.

¿Cómo se podía ser tan exagerada?

—Únicamente porque tú los atraes con el reflejo dorado de tu piel y yo los salvo de salir incinerados cuando los fulminas con la mirada.

Se escabulló con una sonrisa ladeada cuando intenté darle un codazo cariñoso.

—¡Idiota! Suenas como una poetisa mala.

—Vaya, vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? —Su sonrisa se congeló en una mueca cuando su atención se centró en la entrada de la caleta situada a mi espalda.

¿Qué  le  llamaba  tanto  la  atención?  Me  giré.  Hombres. ¡Debería habérmelo imaginado!

Al  menos  estos  tres  sí  que  eran  guapos  y  ¡vaya  si  lo eran!  Aunque  no  venían  solos,  las  cuatro  chicas  que  los

acompañaban eran dignas de estar en la portada de una revista de moda —la rubia podría hacer el reportaje central del  Playboy sin  problemas  con  ese  vestido  prácticamente transparente de encaje blanco—.

En cuanto a los hombres, a pesar de que debían de tener menos de treinta, llamarlos chicos habría sido definitivamente un insulto a su aura de virilidad. Les rodeaba un aire peligroso, pero era el tipo de peligro sensual que nos hace babear a las mujeres. De los tres, el moreno alto era el que más me llamó la atención; seguía al resto de su grupo a cierta distancia con gesto de tedio. Obviamente yo no era la única en fijarse en él. Atraía el interés femenino a su alrededor como un imán, pero lo hacía de una forma tan natural e inconsciente que me pregunté si percibía el magnetismo animal que ejercía o si estaba tan acostumbrado que ni le importaba.

Intenté entender por qué los componentes del nuevo grupo me parecían tan similares entre ellos cuando resultaba evidente que eran totalmente diferentes entre sí. No conseguía poner el dedo en qué era exactamente lo que tenían en común.

No parecían hermanos, pero… ¡Ufff!

 

Tenía claro que era fácil diferenciarlos a leguas de la gente que nos encontrábamos allí en la caleta, pero el motivo real se me escapaba. ¡Ya nos habría gustado al resto que nos hubiesen criado en la misma granja que a esos guaperas! ¡Lo que hubiera dado por tener la elegancia y estilo de esas mujeres!

¡Si hasta la conejita playboy tenía estilo!

A deducir por el tono pálido de su piel no podían llevar mucho tiempo en Cascáis. Un día en la playa y probablemente habrían cogido el mismo tono rojo cangrejo de Aileen. Únicamente el moreno alto y el rubio parecían haber disfrutado un poco del sol.

Aseguraría que eran de nacionalidades diferentes. Aun que nunca se puede poner la mano en el fuego con esas cosas.

Dos de las chicas tenían un cierto aire oriental y la conejita playboy, con el pelo de color platino, parecía el estereotipo de

algún país nórdico. ¿Noruega o Suecia, quizás? La más difícil de ubicar era la chica de cabello castaño. No tenía unos rasgos

tan diferenciadores como las demás. ¿Sería francesa?

En cuanto a los hombres, parecían mediterráneos. Probablemente fueran portugueses, si no, votaría por españoles, italianos o, como mucho, griegos. En realidad daba igual de dónde fueran. Eran tan atractivos que hasta a mí me costaba cerrar la boca y dejar de admirarlos, y eso que no soy mucho de ir babeando detrás de nadie. Por desgracia, hombres así

estaban muy por encima de mi liga. Lo que, claro está, no significaba que no pudiera disfrutar de las vistas como hacían

todas las demás.

Todavía seguía boquiabierta cuando el chico de los pinchos dorados reparó en Aileen. Un repentino centelleo de reconocimiento apareció en sus ojos y sus labios se curvaron en una sonrisa torcida. ¿Se había dado cuenta de cómo los estábamos admirando? Inevitablemente sí. No estábamos siendo muy disimuladas que dijéramos.

El rubio era el más guapo del grupo. Sus ojos eran de un azul tan brillante que parecían resplandecer desde el interior y los pómulos, marcados en un rostro fino y de piel perfecta, le otorgaban un cierto aire aristocrático.

Le eché una ojeada a Aileen. Su expresión reflejó una combinación de fascinación y reparo que se incrementó cuando el rubio se acercó a nosotras.

—¡Tú eres la chica de los O’Conally! ¿Aileen verdad? —la abordó el rubio con una sonrisa descarada.

La voz masculina resultaba más increíble aún que su físico.

Tenía una tonalidad profunda y suave que recordaba al tacto del terciopelo. Terciopelo color chocolate para ser exacta.

—¡Ah! ¡Hola… Fernán! —lo saludó Aileen entre balbuceos. 

Mis cejas subieron casi hasta el nacimiento de mi cabello.

¿Aileen insegura ante una criatura del género masculino? ¿En serio? Yo era la tímida, la titubeante, la lenta de reacciones.

¿Pero Aileen? Ella solía ser el centro de atención fuera adónde fuera y, encima, tenía una capacidad innata de manejar a

cualquier hombre a su antojo.

—¡Caramba! Sí que has cambiado desde la última vez que nos encontramos. —Por el tono de voz del rubio resultaba

más que evidente que la transformación le gustaba.

—Eh… sí, bueno… tú… tú… ¡Estás igual que siempre! —Un profundo color rojo apareció bajo la ya de por sí colorada tez de

Aileen.

Fernán carcajeó ante el torpe comentario. No me extrañaba. Si pretendía ligar, ese era el piropo más soso que había oído en mi vida. ¡Pobre Aileen!

—Hace mucho desde… ¿Qué os trae por aquí? No soléis venir por estas fechas. —Aileen dirigió una ojeada insegura a los acompañantes de Fernán, que parecían haberse puesto cómodos en otra de las hogueras.

El moreno alto vigilaba a Fernán con el ceño fruncido. No era tan extremadamente guapo como él, aunque a mí me resultaba mucho más atractivo. Su mandíbula ancha y los rasgos más cuadrados le daban un aire viril como de deportista

profesional o actor de películas de acción. Solo sus sensuales labios rompían tanta imagen de macho alpha. Tenía el labio inferior relleno, mordisqueable, casi como el de una mujer. Por primera vez en mi vida entendí por qué en las novelas románticas las protagonistas se quedaban hechizadas por unos labios masculinos y se morían de ganas de besarlos y morder los. ¡Si hasta acababa de suspirar! Definitivamente, debía de ser mi día tonto.

Sus profundos ojos grises me recordaron a los de una pantera que una vez vi en un documental, hermosos, misteriosos y tan llenos de confianza como seguros y elegantes se veían sus gestos. A su lado, una de las bellezas de aspecto oriental nos estudiaba con gesto serio.

La sonrisa de Fernán se torció un poco más, signo de que estaba saboreando el desconcierto de Aileen.

—Una reunión familiar. —Fernán encogió ligeramente los hombros—. Ya sabes cómo son esas cosas.

—¿Habéis venido a cazar? —indagó Aileen entrecerrando los ojos.

«¿A cazar? Que pregunta más rara». Fernán soltó unas carcajadas antes de contestar.

—No. Estamos aquí exclusivamente para divertirnos. A nosotros también nos gusta socializar de vez en cuando. —Le

guiñó un ojo.

Tenía la sensación de que me estaba perdiendo algo. ¿A qué venía ese tono bajo? Ambos se mantuvieron la mirada en silencio. Demasiado silencio. Aileen me echó una ojeada antes de hablarle en gaélico. Para mi sorpresa, él respondió con lo que parecía un acento perfecto. No lo sabía en realidad porque yo no entendía gaélico. 

Intenté interpretar los gestos y la entonación, pero no había manera. Las manos de Fernán estaban alzadas, abiertas, y su tono era calmado, como si estuviera tratando de tranquilizar a Aileen. Ella preguntó algo. Él negó moviendo la cabeza. Una acusación. Él volvió a negar. De repente la voz masculina adquirió un matiz seductor. Fernán alargó la mano y devolvió un mechón de cabello de Aileen al lugar al que debía de pertenecer. La intensidad roja de la tez de Aileen se elevó varias tonalidades. ¿Estaban ligando?

Una voz femenina, clara y tersa, me hizo girar sobresaltada. Era la belleza oriental que había estado estudiándonos acompañada por el otro moreno más bajo. ¿Cómo había llegado a mi lado sin yo siquiera notarlo? La chica también habló en gaélico, con una entonación sosegada pero firme, como quien hace una promesa. Los ojos de Aileen se mantuvieron ligeramente entrecerrados al evaluarla. La chica le sostuvo la mirada con serenidad. Aileen relajó gradualmente los hombros y su acostumbrada sonrisa reapareció antes de responder.

Estudié a la chica morena con más atención. Su cara ova lada parecía esculpida en delicado marfil. Sobre su tez, de figurita de porcelana, destacaban unos deslumbrantes ojos almendrados de un intenso color esmeralda. El largo pelo azabache le caía con un reflejo satinado en sedosas cascadas sobre los hombros. A pesar de su edad, que debía de rondar los veintiocho, tenía un porte distinguido y sus movimientos fluían suaves y armoniosos. Emanaba tanta elegancia y distinción como una princesa sacada de un cuento de las mil y una noches.

Su acompañante era guapo pero no había nada extraordinario que me llamara especialmente la atención, excepto su silencio y una cierta actitud protectora respecto a ella.

—Me llamo Karima. —La chica me sonrió ofreciéndome la mano—. Y él es Damián —dijo señalando a su acompañante.

«¡Tierra trágame! ¡Seguro que se ha dado cuenta de mi escrutinio!».

—Encantado de conocerte. —Damián inclinó la cabeza, pero no hizo ademán de estrecharme la mano.

—Mi familia y la de Aileen son viejos conocidos. —La son risa de Karima era comprensiva, a pesar de mi torpeza de mirarla fijamente.

 

Puede que estuviera acostumbrada al efecto que causaba en los demás. Era imposible que yo fuera la única que se sintiera intimidada por ese aire de realeza que la rodeaba. Había algo en ella, en sus ojos, algo más que amabilidad —aunque no habría sabido con exactitud definir el qué—, que me agra daba. Parecía una persona sincera, llena de bondad.

—Soraya. —Le estreché la suave y extrañamente helada mano.

Fernán se fijó en mí, como si hasta ahora no hubiese reparado en mi presencia.

—¿No vais a presentarme? —Sonó como una exigencia más que como una pregunta.

—¡Eh! Sí, claro. —Aileen me echó un vistazo, indecisa—. Ella es Soraya. Una amiga española que está pasando las vacaciones con nosotros —titubeó antes de seguir—: Soraya, te presento a Fernán. Un… viejo conocido de la familia —repitió vacilante la explicación de Karima.

Por la forma en que brillaron los ojos de Fernán, la situación parecía divertirle. Estiré mi mano para saludarlo. Su ex presión se llenó de picardía. Aceptó mi mano, pero lo hizo para tirar de ella y acercarme a él. Mi vena defensiva entró en acción de forma instintiva pero incluso antes de que pudiera apartarme de él, el movimiento con el que Fernán pretendía besarme se frenó en seco. Retiró su mano con tanta brusquedad que cualquiera diría que le había propinado una descarga eléctrica.

En el rostro de Fernán se alternaron el desconcierto y la furia, pero un parpadeo después únicamente quedaba una máscara de cortesía en su rostro. Con una sonrisa perpleja, se enderezó y se frotó la palma contra la camiseta. ¿Qué había pasado? Era guapo con ganas, pero parecía no estar del todo bien de la chaveta. Una lástima. Tanta perfección en un solo hombre habría sido demasiado pedir.

Aileen le preguntó algo. Su tono era tan suave y sarcástico que resultó evidente que se estaba burlando de él, más cuando comenzó a reírse regocijada. Él pasó la vista de Aileen a mí. Sus labios se curvaron divertidos. Esto de no entender una palabra de lo que hablaban era una lata. Si Aileen pensaba que la iba a dejar salir de esta sin interrogarla y echárselo en cara entonces iba aviada.

—Es un extraordinario placer caer, en una misma noche, bajo el hechizo de una bruja celta… —Le guiñó el ojo a Aileen cortándole el aliento—, y el encanto intocable de una princesa persa. —Pasó del inglés a un perfecto castellano inclinándose ante mí con un ademán teatral.

Karima frunció el ceño. ¿Habría algo entre ellos? ¿No era con Damián con quién estaba? ¿Y en cuántos idiomas sabía defenderse el guaperas rubio? Esto de que todos manejaran varios idiomas menos yo resultaba deprimente. En la familia de los O’Conally todos hablaban además del inglés y el irlandés, castellano y, como constaté los últimos días, también se las apañaban muy bien en portugués.

—Los demás nos están esperando —interrumpió Karima con un ligero toque de amonestación.

Fernán ni siquiera hizo el intento de echar una ojeada a su grupo de amigos, los cuales seguían divirtiéndose en la fogata, a excepción del atractivo moreno de ojos grises, que permanecía inamovible en el mismo sitio y mantenía su mueca de disgusto. Habría jurado que el moreno no se había movido ni un milímetro desde la última vez que le eché una ojeada.

—Espero que os unáis a nosotros —nos invitó con tono seductor Fernán—. Sería todo un placer. —La mirada penetrante que le dedicó a Aileen le dio un doble sentido a sus palabras.

—¿Fernán? —A pesar de la amable sonrisa, la llamada de Karima reveló su exasperación.

Él nos dirigió una ligera reverencia antes de girarse sobre sus talones y retirarse seguido de Karima. Aún atónita, me

volví hacia Aileen.

—¿A qué venía todo esto?, ¿qué…?

—¡Ahí llega Brian! —me interrumpió ella con expresión

aliviada, señalando a su hermano.

Brian examinó con semblante grave a los recién llegados mientras se acercaba a nosotras. Claudio a su lado gritó algo en portugués a unos chicos, seguramente para que les echaran una mano con la carga de comida y bebida que traían para la barbacoa.

Troté hasta Claudio para ayudar con las bolsas, pero no se me escapó la tensa disputa entre Brian y Aileen y las ojeadas

precavidas que echaron, tanto a los nuevos como a mí.

El rostro de Brian era inusualmente serio, inquieto; Aileen, por su parte, aparentaba querer convencerlo de algo. Cuando me aproximé a ellos para averiguar qué pasaba, la conversación acabó de forma repentina y ambos se escaparon con la excusa de que quedaban más bolsas en el coche de Claudio.

¿Qué diantres pasaba?

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Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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