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RITUAL: Amuleto de Gaia

Los latidos de mi corazón eran tan fuertes que temía que retumbaran en las paredes del claustro delatando mi terror a las oscuras siluetas que acechaban desde las alturas. Tendida sobre el altar del sacrificio inhalé con fuerza, cerré los ojos, e intenté evocar recuerdos que me permitieran olvidar el horror al que tenía que enfrentarme.

«Cuando uno de mi especie ama, lo hace con una intensidad de la que ningún ser humano es capaz», recordé la pasión en su voz y las llamas en sus pupilas cuando me susurró las palabras al oído. Me estremecí. Había cumplido su promesa… hasta hoy. Ahora, sin embargo, me asaltaban las dudas. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera la verdad?, ¿cuándo desentrañara el fraude sobre mi identidad? ¿Se mantendría la fortaleza de sus sentimientos?

Con el eclipse a punto de ocurrir, las tres figuras encapuchadas se posicionaron frente a mí. La Suma Sacerdotisa inició los cánticos en su hermosa lengua, en tanto el hombre que sostenía mi frágil vida en sus manos permanecía observándome con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una fina línea…

 

El Ritual había comenzado.

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Ritual: Amuleto de Gaia

Género: Romance Paranormal

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CAPÍTULO I

Avancé con cuidado hasta el peligroso filo de los acantilados para asomarme a ver cómo rompían las

olas contra las rocas. Un paso más o un traspié y me caería desde más de cien metros de altura a una

muerte segura. Esa no era la forma en la que yo quería morir. El solo hecho de acercarme al borde ya

hizo que retuviera la respiración.

Los acantilados de Moher eran impresionantes. Su sobre cogedora fuerza te encandilaba y atrapaba

como la luz a una mota. Me habría gustado poder embotellar algo de esa salvaje energía para usarla

durante esos momentos en los que quería esconderme debajo de unas sábanas tapándome hasta la

cabeza, —como ahora—.

—La belleza de las profundidades es comparable a un imán. Nos atrae o nos repele en función de la

polaridad de nuestras mentes.

—A mi derecha, una angelical figura blanca me sonreía con calidez alzando el rostro hacia el pálido sol,

mientras el viento jugaba con su exuberante melena cobriza—. Solemos obviar que el creador de los

cielos también creó los abismos y tratamos de ignorar que el día y la noche están unidos en la

perfección. —Su voz resonaba clara y serena en mi interior aun cuando sus labios permanecían sellados.

Cerré los párpados. ¿Cómo sería olvidarme de ella?, ¿de

todo? ¿Abrir los brazos, dejarme caer hacia delante y… volar?

 

El aire helado me quemaba la piel, mis rizos revoloteaban alrededor de mi rostro azotándome sin

compasión, el olor a salitre llenaba mis pulmones… Una mano presionó con suavidad mi hombro

arrancándome de mi ensoñación y me devolvió de golpe a la realidad.

—¿Soraya? —La risita nerviosa de Aileen sonó a mi espalda—. ¿Ya estás otra vez en tu mundo

imaginario?

«¡Me ha vuelto a pescar!». Tragué saliva.

—Ya me conoces. ¿Qué sería mi vida si no pudiera soñar despierta? —Inspiré hondo y me giré hacia Aileen y su mellizo Brian con una mueca.

Ambos reían, pero sus ojos reflejaban ese conocido halo de preocupación que cada vez me resultaba más familiar.

—Es hora de regresar. Está oscureciendo y vosotras dos aún no habéis terminado de hacer las maletas para mañana.

—Brian concentró sus inquietos ojos azules en mí como si quisiera pasarme por unos rayos X.

No era guapo, pero habría sido capaz de enamorarme de esos ojos si a estas alturas no fuera ya casi como un hermano para mí. Brian tenía razón. El avión a Lisboa no retrasaría su salida simplemente porque nosotras no hubiéramos decidido qué ponernos para el viaje.

Un último vistazo por los acantilados me avisó del avance de la bruma. Me abracé ante el repentino frío. Parecían garras

fantasmales que se estiraban y alargaban, trepando amenazadoramente por las escarpadas laderas para alcanzarme.

—No temas a lo desconocido. Forma parte de tu vida y de tu futuro —susurró en mi mente la angelical criatura—. Nosotras estaremos contigo.

Su tono era como una onda de paz que se extendía por mi

cuerpo, aplacando mi estremecimiento cuando ella se desvaneció en el aire y su voz comenzó a disolverse en la lejanía.

«¿Quién es nosotras? ¿Qué va a ocurrir?».

No hubo respuesta. Se había ido. No sabía si llorar o reír.

¿Que no me preocupara? ¿Cómo se hacía eso cuando extraños eres no paraban de aparecerse para darte mensajes sin ningún tipo de sentido?

—¡Vamos! —Pasé atropellada al lado de Brian, tratando de escapar de su intenso escrutinio y de mis propios pensamientos.

Por cómo fruncía el ceño, Brian sabía que algo pasaba. Es taba casi al cien por cien segura de que él no vio al ángel o espíritu, o lo que fuera que fuese aquel ser femenino que acababa de esfumarse en la nada. Claro que tampoco me habría sorprendido que a estas alturas pensara que yo estaba loca. Yo misma lo pensaba a veces.

«¡Mi último día en Irlanda!». ¿Quién habría pensado que un año pasaría tan rápido? Debería haberme sentido contenta.

¡Joder, había terminado mi máster! Pero no, lo único que sentía era el alivio de no tener que regresar directamente a Sevilla.

Fue una suerte que la familia de Aileen me hubiera invitado a pasar el verano con ellos en Portugal. Cualquier cosa era mejor que regresar y tener que enfrentarme a mi pasado, pero si encima era para ir a pasar unas vacaciones a Cascáis entonces sonaba hasta bien, ¿verdad?

Mis ojos comenzaron a quemar. Siempre lo hacían cuan do recordaba mi casa. ¿Seguía siendo «mi casa»? Cuando las personas que lo significaron todo para ti ya no están, el valor de las cosas cambia. La cálida mano de Aileen me rozó por casualidad y me devolvió una vez más a la realidad. Aparté el trágico accidente de mis padres de mi mente y con él los sentimientos de dolor y soledad.

La estudié de reojo. Su carácter positivo nunca me dejaba indiferente, creo que tampoco a los demás. Me conquistó el mismo instante en que la conocí. Era de esas personas que te inspiran optimismo con solo observarlas. Todo en ella era vivo y alegre, desde sus vivarachos ojos verdes a su rebelde cabellera pelirroja y su cara aniñada con esas graciosas pecas y nariz respingona. Siempre sonreía y parecía como si desprendiera energía vital por los cuatro costados. Resultaba difícil no sentirse contagiado por ella.

Aileen tenía la cualidad de aceptar a las personas tal cual eran, incluso a mí, con mis virtudes y mis rarezas, inclusive aquellas que solían ahuyentar al resto de las personas norma les de mí. Desde que tropecé con ella todo había cambiado. A veces hasta cuestionaba si mis visiones no eran simples alucinaciones, a pesar de que eso, quizás, fueran más mis ganas que la realidad.

Conocí a Aileen en el máster que cursé en Athlon, «el corazón de Irlanda» —como le gustaba presumir a ella—. Aunque casi desde el principio salía con su grupo de amistades, no fue hasta uno de esos extraños días que a veces me toca vivir, que nos hi cimos inseparables.

Aún recuerdo ese día como si fuese ayer.

 

—¿De dónde vienes? Te has perdido la pelea de enamorados deJohanna y Dermot —me informó Kirsten aquel día entre risitas.

—De haberlo sabido hubiera cogido sitio para verlo mejor —bromeé—. Aileen, la hermana Gabrielle me ha dado estas flores para tu

madre. —Le ofrecí el colorido ramo—. Te ruega que le des recuerdosde su parte.

El repentino cambio en las facciones de las chicas me puso el vello de punta.

—La hermana Gabrielle murió las navidades pasadas —murmuró Rose con cara lívida y voz quebrada.

—¡No seas tan terrorífica, Rose! —Aileen rio despreocupada justo después de borrar un destello de asombro de sus ojos—. A Soraya aún le cuesta entendernos bien con nuestro terrible acento irlandés.

He visto a la hermana Ariel dirigiéndose a la granja de los Tiernan. Soraya seguramente ha confundido «Gabrielle» con «Ariel». ¿Verdad, Soraya?

Aileen me dirigió una mirada penetrante. Asentí con una sonrisa fingida y evalué las probabilidades de que eso fuera cierto. En

realidad sí que sonaban muy parecidos ambos nombres.

—Aileen tiene razón, Rose —intervino Kirsten visiblemente aliviada—. La hermana Ariel habla tan rápido que incluso a mí me cuesta entenderla.

—¡Hala! ¡Que llegamos tarde al curso! —las interrumpió Aileen tirándome impaciente del brazo.

Contenta de escabullirme, la acompañé sin rechistar.

 

A partir de aquel momento, primero Aileen y, unos días más tarde, el resto de su familia me adoptaron como a un gatito extraviado. Me hicieron sentir arropada por primera vez en mucho tiempo, aunque sigo sin saber si realmente no se daban cuenta o si únicamente simulaban no darse cuenta de las cosas que me ocurrían. De alguna forma siempre tenían una explicación racional para sacarme del atolladero y, a veces, la justificación era tan buena que incluso yo misma ponía en tela de juicio que estaba viendo… «espíritus».

Hasta dónde puedo recordar siempre me han pasado ese tipo de cosas extrañas; si bien desde el accidente de mis padres todo empeoró. Cada vez ocurrían con mayor frecuencia e intensidad —si podía definirse así—. De las voces pasé a ver sombras y a sentir presencias. Ahora veía a seres y hablaba con gente que nadie más podía ver. Gracias a Dios, general mente ni me daba cuenta hasta que veía las caras asustadas de los que me rodeaban o se creaban situaciones embarazosas.

A pesar de lo que los fanáticos del espiritismo puedan pensar, no ser consciente de lo que pasa hasta que ya ha termina do es una bendición. Me ahorraba el quedar paralizada por el terror y como mucho me dejaba ligeramente confundida.

Incluso así, no percatarme de lo que ocurría a veces acababa resultando violento, y si no que se lo preguntaran a mi abuela. Un día casi le provoqué un infarto cuando ella quiso salir de compras y yo —tan ingenua como de costumbre— le señalé que no podía irse y dejar a su visita esperándola en el salón sin más. Ella jamás vio a aquel hombre mayor, con traje de verano gris y zapatos negros, a pesar de que acabamos buscándolo incluso debajo de mi cama. Al menos no lo vio aquel día. Cuando, después de no encontrarlo, le di la descripción tratando de convencerla de que sí que vi a un hombre allí, mi abuela cayó en el sillón con rostro ceniciento. Su mano al coger el teléfono temblaba tanto que fue un milagro que el aparato no se estrellara contra el suelo. Tras un largo rato esperando en silencio y un sollozo ahogado, mi abuela colgó. Sus ojos estaban abiertos por el horror mientras trataba de respirar con dificultad. Se negó a ir al médico y reculó asustada cuando me acerqué a ella. Aquel fue su primer rechazo, mi primer re chazo, y dolió. Creo que nunca acabaré de acostumbrarme del todo al hecho de que hay gente que me teme.

Jamás le pregunté quién era aquel hombre del que ella sabía el número sin siquiera mirarlo en su agenda. El horror en sus ojos dio paso al miedo y lo que una vez fue mi hogar se convirtió en un santoral lleno de imágenes religiosas y velas encendidas.

En ese ambiente, ¿quién no temería encontrarse con un muerto cada vez que dobla una esquina? No sé lo que habría hecho si no hubiera surgido la beca para estudiar un máster en Irlanda. Probablemente me habría vuelto loca sin esa oportunidad. Suponiendo que no lo estuviera ya, claro está.

 

De camino al pequeño invernadero me recreé en el suave olor a coco que seguía flotando en el aire a pesar de haber oscurecido. Probablemente ninguno de mis amigos españoles me creería si les contara que aquí, en Irlanda, crecían flores amarillas que olían a coco durante los días calurosos. ¿No era fascinante? Me encantaba Irlanda. ¡Ojalá pudiera encontrar un trabajo que me permitiera vivir aquí!

El jardín trasero de la casa de Aileen rebosaba con ese tipo de magia especial, llena de colores, olores y remedios naturales que florecían por doquier. Me habría gustado quedarme aquí en vez de viajar a Portugal, pero con la marcha de Aileen me habría tenido que costear un alojamiento, además de la manutención, y ya no me quedaba dinero para mucho. En el fondo, lo que más pena me causaba era marcharme antes de que a Moira, la abuela de Aileen, le hubiera dado tiempo a enseñarme todos los secretos y costumbres ancestrales que su familia había practicado durante siglos. ¡Dios, me encantaban esa mujer y sus conocimientos!

Esa anciana era una fuente inagotable de sabiduría sobre hierbas y sus propiedades. Aligeré mis pasos. Apenas me quedaban un par de horas para estar con ella. Mañana toca ría madrugar para llegar a tiempo al aeropuerto, a pesar de que sospechaba que por muy temprano que me acostara, iba acostarme trabajo dormir.

Como de costumbre, Moira se encontraba en el invernadero preparando más de esas pequeñas bolsitas de infusiones de hierbas que habíamos estado rellenando durante el último mes.

—Buenas noches, Moira. —Me acerqué a darle un beso en la mejilla—. Pensé que hoy vendrías a la cena.

—Mi hija Gladys necesita las infusiones para llevárselas mañana a Sintra, eso es más importante. —La mujer me sonrió, aunque un aire de tristeza se traslucía en su expresión.

Apreté los labios. Moira no debería trabajar tanto. Comprendía que para ella suponía una especie de pasatiempo, pero personalmente consideraba que debería pasar más tiempo con su familia. Apenas la había visto en las reuniones fa miliares desde que llegué allí.

—No sabes lo agradecida que estoy de que vengas a ayudarme. —Moira me palmeó la rodilla al sentarme a su lado.

—Soy yo quien está agradecida, Moira. Me encanta todo lo que me has enseñado y me gusta sentirme útil.

¿Sabría Aileen la suerte que tenía por tener una abuela así?

La mujer no se parecía en nada a las típicas viejas a las que estaba acostumbrada. Aún no la había oído soltar una sola queja sobre sus achaques o una crítica sobre otras personas. Todo lo contrario. Moira era tan risueña como Aileen, sabía escuchar, aconsejaba con moderación y te animaba a encontrar tu propio camino. Poseía un extraordinario sentido del humor y de alguna forma conseguía darle a todas sus historias un toque especial que hacía que quisieras escuchar más y más.

—Te echaré de menos, Moira.

La confesión me salió sin más. Incapaz de mirarla lo disimulé poniéndome a rellenar bolsitas con las hierbas secas que ella tenía preparadas sobre la mesa de madera. No me arrepentí de habérselo dicho, pero expresar sentimientos nunca ha sido lo mío.

—Gracias, cielo, me hace feliz saber que piensas eso. Pero no te preocupes, no te quedará mucho tiempo para acordarte de mí. —Moira rio para sus adentros, como si supiera algo que yo desconocía—. Te esperan tantas sorpresas en Cascáis que tu mente y tu corazón estarán demasiado ocupados como para recordarme.

«Uhmmm… ¿Qué me he perdido? ¿O es solo una forma de hablar?». Apenas me dio tiempo de abrir la boca para preguntar a qué se refería cuando ella me cortó.

—¿Podrías hacerme un favor, Soraya?

—Sí, claro.

—¿Podrías pedirle a mi hija Gladys el colgante de plata que está guardado en mi joyero?

¿Qué tenía que ver un colgante con lo que acababa de decir sobre mi futuro? Obviamente nada. Que simplemente fuera una forma de hablar me dejó más tranquila.

—¿Le llevo las bolsitas de infusiones que tenemos terminadas?

—Te lo agradecería, sí —contestó Moira terminando de

llenar la última caja.

Con la cháchara que se oía desde el pasillo de la entra da fue fácil localizar a la familia reunida en la cocina. Aileen estaba sentada con sus dos hermanas en la mesa rinconera embalando unas figuritas de duendes en plástico de burbujas. Cualquiera habría esperado que fuesen las hermanas más jóvenes las que no pudiesen resistirse a explotar las burbujas, pero no, era Aileen la que jugaba mientras me guiñaba un ojo. Brian parecía estar preparando los bocadillos para el viaje y Gladys estaba en la encimera de la cocina repasando con su marido Alan una lista. Me dirigí directamente a la isla de la cocina.

—Aquí están las infusiones. Moira dice que le gustaría que le cogieras un colgante de plata que tiene guardado en su joyero —expliqué soltando las dos cajas sobre la encimera.

La cocina entera pareció congelarse. Gladys miró con ojos como platos de las dos cajas a mí.

—¿Eso ha hecho? —El murmullo de Gladys era tan bajo que dudé si era conmigo con quién hablaba.

—Sí… ¿Ocurre algo? —La repentina palidez de Gladys me daba mala espina.

Miré a mi alrededor. Todas las miradas estaban centradas en mí. Me preparé para lo peor cuando Jenny abrió la boca, pero Aileen le dio un codazo haciéndola callar.

—No, no. Es que no me esperaba esa cantidad de infusiones. Debe de haber al menos dos mil paquetes en cada caja —explicó Gladys abriendo una de ellas para inspeccionarla.

Suspiré aliviada. ¡Era eso! A veces realmente me pasaba de suspicaz. Si Moira no la había advertido, entonces probablemente pensaba que todas esas bolsitas las habíamos prepara do hoy. Por lógica en el rato que había pasado desde la cena hubiera sido imposible terminar tantas bolsitas.

—Moira y yo llevamos casi un mes preparándolas. Están hechas con las hierbas que recogimos durante la noche de luna llena del mes pasado —le aclaré—. Ella insiste en que los beneficios de la valeriana y la verbena…

—Se triplican si se recolectan bajo la influencia de la luna llena —terminó Gladys repitiendo las palabras de su madre.

—¡Exacto! —Me reí al darme cuenta de que Moira parecía haber inculcado sus lecciones a toda la familia.

Gladys me devolvió una débil sonrisa.

—Aileen, ¿podrías subir a mi habitación? Encima del tocador está el joyero.

Aileen apareció minutos después con un cofrecito de madera en sus manos. Se lo entregó a su madre, no sin antes dirigirme una enigmática mirada. Gladys lo aceptó ensimismada. Alan le puso un brazo alrededor de los hombros como si quisiera transmitirle todo su apoyo. ¿Le había molestado que Moira hubiera pasado tanto tiempo conmigo?, ¿o sería por la despedida? Alan iba a quedarse en Athlon con su hija menor Brenda para que esta pudiera hacer su prueba de acceso a la escuela de arte, lo que significaba que Gladys no volvería a verlos hasta dentro de tres semanas y Moira parecía no tener siquiera intención de ir a Portugal durante el verano.

Gladys me entregó el joyero con un suspiro.

—¡Llévaselo! Siempre le ha encantado oír la música.

—Gracias, Gladys, se lo llevaré.

Me fui dejando atrás un extraño silencio. La verdad es que hasta ahora no me había planteado que Gladys iba a Cascáis

más por trabajo que por placer y que no debía de ser nada fácil para ella dejar atrás a una parte de su familia.

A la puerta del invernadero, sentada en su vieja mecedora, me esperaba Moira.

—Es un joyero precioso, Moira. —Se lo entregué y tomé asiento a su lado.

La abuela acarició con delicadeza la tapa antes de abrirla.

Una delicada melodía inundó el jardín e iluminó su arrugado rostro con ternura.

—Me lo regaló mi marido cuando nació Gladys —contó sin alzar la vista.

Tenía una expresión ausente mientras se perdía entre sus memorias. Debían ser recuerdos hermosos por la forma en que su expresión se llenó de añoranza.

 

—Mira, esto era lo que estaba buscando. —Moira sacó un pequeño saquito de terciopelo rojo y lo abrió con cuidado, sacando un collar de plata algo ennegrecido—. Toma, es para ti.

Con un nudo en la garganta acaricié el colgante con la punta de mis dedos. Estaba trabajado en hilos de diferentes metales y parecía estar hecho de forma artesanal. Era una especie de flor que enmarcaba una estrella de cinco puntas. La cadena y la base del colgante eran de plata, pero los símbolos y algunas inscripciones estaban realizados de otros metales como el oro y el bronce. La cadena era preciosa y muy original, pero también parecía muy antigua y valiosa.

—Me encanta, pero no puedo aceptarlo, Moira. Es demasiado…

La anciana arqueó una ceja.

—¿Pretendes ofenderme?

—¡No! ¡Por supuesto que no! —Mis palabras salieron atropelladas—. Pero quizás a Gladys le gustaría tenerlo para ella—sugerí intentando no herir sus sentimientos.

—¡Pamplinas! Ella sabe que nunca fue destinado a ella.

Además, te va a hacer falta. —Moira me apretó con firmeza la mano en la que sostenía la joya.

Parpadeé. «¿La cadena me va a hacer falta?». Mi expresión debía de ser bastante graciosa, porque Moira rompió a reír.

Quitándome la cadena de las manos abrió el cierre.

—¡Agacha la cabeza!

Dudé. ¿Qué era peor? ¿Aceptar la cadena sabiendo que no debería o seguir negándome a la amabilidad de Moira? Finalmente obedecí e incliné la cabeza. Moira me colocó la cadena, sorprendiéndome una vez más con la destreza que tenía para su edad.

—Quiero que me prometas que la llevarás puesta y que note la quitarás bajo ningún concepto —me exigió rozándome la

mejilla con sus fríos y suaves dedos. Asentí desconcertada—.

Ahora ve a dormir. Mañana te espera un día muy largo —me despidió dando por zanjada la conversación.

—Moira, yo…

—No te preocupes por eso ahora —me interrumpió con un gesto despreocupado de su mano—. Volveremos a vernos.

No pude resistirme a darle un último beso antes de marcharme. Me quemaban los ojos, pero tragué saliva procuran do retener las lágrimas. Nunca me gustaron las despedidas, ni tampoco llorar delante de la gente. Algunas cosas era mejor

hacerlas a solas.

—Soraya, por favor, devuélvele a mi hija el joyero. —Moira titubeó con una extraña expresión de añoranza antes de

entregarme la cajita—. Y… dile que la quiero.

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