PLAYBOY x Herencia

¿Puede pasarte algo peor que descubrir que tu pareja es un capullo infiel que te ha estado engañando? ¿Qué tal encontrarte sola, sin ingresos y con un par de bebés que vienen de fábrica con baterías recargables?
¿Lo empeoramos?

Recibes en herencia una propiedad de la que no te puedes deshacer, porque la ocupa un gruñón vagabundo que es tan guapo que podrías venderle entradas al enjambre de mujeres que revolotean a su alrededor para ligar con él.
¿Aún necesitas más?

Pues espera a descubrir que además de un playboy de pacotilla, has heredado un montón de bichos cabezones, traviesos y adorables y a tres viejas locas alcahuetas cuya única diversión en la vida parece ser meterse en la tuya.


Bienvenid@ a la vida de Sandra... o lo que será tu vida a partir de ahora.
 

Si te gustó Playboy x contrato, éste nuevo libro te encantará.

PLAYBOY x Herencia

CAPITULO IV

Noelia se sentó en la cama, al lado de la cunita de viaje en la que los mellizos dormían plácidamente cogidos de la mano, como solían hacer. Una sensación cálida la invadió. Los adoraba. No podía concebir su existencia sin ellos. Su vida había cambiado de tantas maneras que jamás habría podido imaginarlo antes de su llegada. Se habían convertido en su todo y hacían que cualquier sacrificio que tuviera que hacer por ellos valiera la pena.

Las cosas no iban a ser fáciles. Solo de pensar en el futuro se le atenazaba el estómago y puede que, si hubiera estado sola, se hubiese dejado llevar por las circunstancias. Pero no, ahí los tenía, sus dos pequeñajos eran la mejor motivación para luchar y seguir adelante. Aún no tenía ni idea de cómo lograrlo, sin embargo, no importaba. Estaba decidida a salir a flote y conseguir una buena vida para ella y sus hijos. Una, en la que pudiera respetarse a sí misma y en la que a ellos no les faltaría de nada.

Ante la aterciopelada sensación que le recorrió las pantorrillas, Noelia bajó la vista.

—Hola, pequeñín. ¿Y tú qué es lo que quieres?

Se inclinó a acariciar al minino que se restregaba contra ella en busca de atención y cariño. ¿Cómo se llamaba? ¿Bolitas? Con la cresta blanca y negra en su cabeza le recordaba a un adorable gremlin. Su ronroneo le provocó una sonrisa involuntaria—. Vaya, veo que eres el cariñoso de la familia, ¿no?

Rio cuando el gatito introdujo la cabeza debajo de su mano para que lo siguiera acariciando, lo cogió y fue con él en brazos hasta la ventana. Suspiró cuando avistó a su inquilino vagabundo sentado en el porche de la pequeña casa de invitados al final del jardín.

¿Qué iba a hacer con él? Había estado espiándolo a lo largo del día, y si algo le había quedado claro, entonces era que no tenía trabajo. Sus esperanzas de cobrar un alquiler habían disminuido considerablemente al comprobar que no había salido de la propiedad y que tampoco hacía nada especial con lo que pudiera ganarse la vida.

La venta de la casa le habría venido bien para comprarse un piso algo más pequeño y vivir de lo que le sobrara hasta que encontrase la forma de estabilizar su situación. Suponía que podía esforzarse en hacerle la vida insufrible hasta que se largara «por voluntad propia» como establecía el testamento. Se mordió los labios. ¿Se sentiría bien haciéndolo? Su tía había dejado claro su último deseo. ¿En qué se convertiría si no respetaba las decisiones de Berta, después de lo bien que se había portado con ella? ¿Qué otras opciones le quedaban? ¿Despertar la simpatía de Brandon hasta que se compadeciera de ella y se largara? Sacudió despacio la cabeza. ¿A quién pretendía engañar? Ese hombre probablemente no tenía ningún otro sitio a donde ir. No era cuestión de comprensión, sino de su propia supervivencia. Primero tendría que ayudarle a arreglar sus circunstancias si esperaba que él la ayudase a ella.

Resopló al reparar en el curso de sus pensamientos. No sabía qué hacer con su vida y ¿ya estaba pensando en poner en orden la de los demás? Estaba siendo ridícula. Sin embargo, había una cosa que sí necesitaba hacer y aquel momento era tan bueno como cualquier otro para dar el paso.

Dejó al gato en el suelo tras una última carantoña y se aseguró de que los mellizos seguían tranquilos. Preparó el intercomunicador y se lo llevó.

 

—Hola. —Noelia encontró a Brandon tal y como lo había visto desde la ventana de su dormitorio. Sentado en una vieja mecedora en su porche con un vaso corto en la mano y la mirada perdida en algún punto delante de sus pies. Esperó a que alzara la cabeza y se estremeció ante la frialdad en sus ojos.

—¿Sí?

—Creo que le debo una disculpa —soltó atropellada.

—Sí, yo también lo creo.

La mente de Noelia se quedó en blanco.

—¿Qué?

—Que estoy de acuerdo en que me debe una disculpa. —El vagabundo cruzó los brazos sobre su amplio pecho.

—La diplomacia y la modestia no son lo suyo, ¿verdad? —Noelia fue incapaz de reprimir el sarcasmo de su tono.

—¿Ha venido a disculparse o a ponerme verde?

Con ganas de lanzárselo a la cabeza, Noelia soltó el intercomunicador sobre la mesa y esperó a tomar una profunda inspiración antes de contestar:

—Siento mi comportamiento de esta mañana. No tenía derecho a insultarlo, ni a pegarle voces por negarse a marcharse cuando tiene derecho a estar aquí.

—¿Y qué la ha hecho cambiar de opinión?

—He estado en el notario esta mañana. Parece ser que mi tía lo apreciaba. He estado reflexionando sobre ello y quiero respetar sus deseos. Y… —Noelia decidió poner toda la carne en el asador—. Si tenemos que convivir y ser vecinos, creo que deberíamos procurar ser amigos, o al menos mantener un ambiente pacífico.

Le tomó todo su empeño el no encogerse ante los ojos entrecerrados que la estudiaban.

—¿Ya se ha enterado de quién soy?

—Sí, Sofía me lo dijo la noche que llegué.

La mandíbula masculina se contrajo de visiblemente.

—Preferiría conservar mi intimidad y que la gente no sepa quién o qué soy.

—Yo… Eh… Claro, lo comprendo. —Noelia trató de sostener la sonrisa.

¿Sería una de esas personas que lo habían dejado todo para simplemente vivir la vida, aunque eso significara depender de la caridad de los demás? ¿O más bien era de los que habían recibido un golpe tan excesivo del destino que ahora no sabían qué hacer con ellos mismos? Tal vez algún día tuvieran la suficiente confianza como para que pudiera preguntárselo. Siempre había sido algo que le había intrigado sobre las personas sin techo: el motivo de por qué habían llegado a aquella situación. Suponía que, después de todo, él había tenido suerte, porque al menos un techo no le faltaba.

—Disculpas aceptadas.

Noelia abrió la boca para preguntarle de qué iba, pero consiguió controlarse en el último segundo.

—Solo haré una tortilla de huevos, tostadas y un aliño de tomates, pero está invitado a cenar si le apetece.

—No me interesan las relaciones con mujeres.

—¿Perdón? —Noelia parpadeó.

—Lo ha oído perfectamente.

—¿Quién ha dicho que yo quiera tener una relación con usted? Solo trataba de ser amable.

—Ya —replicó el muy capullo con sequedad.

Las orejas de Noelia comenzaron a arder de la indignación. ¿Quién diantres se pensaba que era?

—Puede estar tranquilo, no tengo ni la más mínima intención de acosarlo. ¿No cree que si hubiera pretendido seducirlo me habría esmerado en hacer una cena más elaborada?

—Nunca se sabe. —El vagabundo encogió los hombres—. Hoy en día es frecuente que las mujeres no sepan hacer otra cosa más que unos huevos.

Noelia se llenó lentamente los pulmones y contó hasta diez.

—Bien, pues resulta que yo sé cómo cocinar algunos platos más elaborados. De cualquier forma, no se preocupe, se lo dejaré más claro. USTED NO ME INTERESA NI LO MÁS MÍNIMO. Le he ofrecido cortesía y un plato caliente, punto. Y ahora, si me perdona, creo que ya he tenido suficiente y dudo mucho que sea capaz de disculparme una segunda vez y menos si creo que lo que estoy a punto de soltarle es justo lo que se merece.

—¿Y eso sería?

—Buenas noches, señor Delaney.

—Puede llamarme Brandon —le respondió con indiferencia.

Ella lo miró boquiabierta. ¿Podía existir un tipo más gilipollas, maleducado y engreído?

—Buenas noches. —Apretó los labios y se giró para marcharse.

—Se olvida de ese cacharro.

Echó un vistazo sobre el hombro y siguió su indicación hasta el intercomunicador sobre la mesa. Lo cogió con un gesto brusco y se marchó sin decir nada más.

¡Gilipollas, impresentable!

***

Apostado delante de la puerta blanca, que había visto tiempos mejores, Brandon alzó la mano y volvió a bajarla. Seguía sintiéndose culpable por la manera en la que había reaccionado aquella tarde cuando la sobrina de Berta vino a verlo. Había llegado en un mal momento y él se lo había hecho pagar. Ahora, sin embargo, se sentía estúpido por tener que llamar a su puerta con el rabo entre las piernas. ¿Qué iba a decirle? ¿Perdona, es que estoy tan acostumbrado a que me persigan y quieran usarme de hombre objeto, que daba por supuesto que tú pretendías hacer lo mismo? Resopló. Era ridículo. Seguía sin comprender por qué la gente se compadecía de las mujeres que sufrían acoso, pero se reían de los hombres que alegaban sentirse acosados. Enfurruñado, se dio la vuelta para marcharse. Quizá mañana encontrase alguna excusa para hablar con ella pasando por alto el encontronazo de aquella tarde, alguna manera en la que se ahorrase la necesidad de darle explicaciones y…

¡¿Qué demonios?! Brandon se detuvo en seco. ¿Ese estruendo había sido una vajilla al estallar contra el suelo? Aguzó el oído ante el llanto desconsolado del bebé. Alterado, se pasó una mano por el cabello. ¡Fuck! ¿Por qué nadie hacía nada por calmar a la criatura?

—¡A la mierda! —Brandon regresó a la puerta y llamó impaciente.

Tras el quinto timbrazo sin que nadie le abriera, aporreó la puerta. El bebé chillando a viva voz y un gato maullando lastimosamente acabaron con la poca paciencia que tenía. Giró con cuidado el pomo de la puerta y maldijo en voz baja al encontrarla abierta. ¿Esa mujer estaba loca? ¿Es que no veía las noticias y los índices de delincuencia?

Con pasos agigantados recorrió el conocido trayecto a la cocina, que era desde donde provenía el alboroto. La imagen que le recibió lo dejó petrificado. Por si el cuenco resquebrajado en el suelo y la harina esparcida por media habitación no hubieran sido lo suficientemente impactantes, uno de los cachorrillos estaba chupando lo que parecían huellas de diminutas manos hechas con mermelada que recorrían los muebles bajos de la cocina. La pequeña artista y responsable de la decoración, aparentaba estar entusiasmada de seguir su proyecto artístico en cualquier espacio que aún quedara libre. Mientras, su hermano, con lágrimas de rabia por las mejillas enrojecidas, estaba decidido a morder la cola de Bolitas a cualquier precio al tiempo que el animalito intentaba salir pitando. El microondas pitaba avisando de que se había sobrepasado el tiempo de cocción, aunque, por el pegote de masa verde que se adivinaba a través del cristal, podía intuir la razón por la que no se hubiera abierto aún. Sobre la encimera, Rupert se encontraba afanado en beber de una taza con leche y Pandora, su amiga del alma, disfrutaba tirando al suelo las ceras infantiles que alguien había dejado esparcidas allí. Pepe, por su parte, estaba encantado de recogerlas del suelo y mordisquearlas, a pesar de que su hocico a esas alturas ya recordaba a un arcoíris baboso.

Aun así, lo peor no era el caos total que estaba presenciando en la cocina, sino la madre de los pequeños diablillos apoyada sobre el fregadero, con la cabeza agachada y los hombros sacudiéndose sospechosamente. Despacio, Brandon soltó sobre la mesa la botella de vino que traía.

La escena le impuso tanto que a punto estuvo de no ver como la artista enana se empinaba sujetándose a una inestable puertezuela con el fin de alcanzar el mango de la sartén.

—¡Nada de eso, pequeño diablillo! —Brandon estuvo en dos zancadas a su lado y la alzó, procurando mantener los brazos estirados para evitar que lo embadurnara con la mermelada.

La madre se giró sobresaltada hacia ellos y, en cuanto lo reconoció, comenzó a sollozar con más ahínco aún.

—Yo… Yo lo si…siento. No p…puedo m…más —balbuceó lastimosamente antes de que se tapara la cara y volviera a girarse hacia el fregadero.

Brandon miró a la niña, quien creía que estaba jugando con ella y se reía a carcajadas, a la madre, y acabó por apoyar a la pequeñaja sobre su cintura con un profundo suspiro y sujetarla con un solo brazo.

—De acuerdo, se acabó. —En su camino hacia el fregadero, Brandon apagó el microondas—. Vaya a darse una ducha, yo me encargo de esto —le dijo a la mujer, empujándola con suavidad hacia la salida cuando esta lo miró confundida—. Confíe en mí. No puedo hacer mucho más daño del que ya está hecho.

—Yo solo quería preparar el puré de verduras y hacer unas tortitas para los niños, pero… ¡Dios!, ¡todo esto me supera! No tengo donde colocar a los niños mientras hago algo, y luego los animales, y…, y…

—Olvide lo que ha pasado y vaya a la ducha. Necesitaré su ayuda luego para asear a los bebés.

—Gracias. Yo… Yo… puedo llevarme a Emma a la ducha.

—No. Necesita un momento a solas. La niña está bien y puede esperar.

La mujer pareció titubear, pero acabó por asentir y le permitió empujarla hasta la puerta. En cuanto desapareció de su vista, Brandon miró a su alrededor y dejó de sentirse tan seguro de sus intenciones. ¿Dónde demonios se había metido?