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¿Qué podría ocurrir si una escritora ermitaña se tropezase con el protagonista de sus novelas románticas?

¿Y si encima se fijara en ella? 

Jul Nez. Julián... Ese es el nombre del cantante que suelo usar de protagonista para mis novelas. Además de multimillonario, exitoso y de tener una voz que derrite las brag... eh... corazones de sus fans de solo escucharlo, tiene un cuerpo para chuparse los dedos. Obvio, ¿no?

Pero en realidad no es por eso por lo que no puedo quitármelo de la cabeza. Es por su mirada, esa con la que consigue que, al otro lado del planeta, creas que eres la única mujer de su vida aunque no lo conozcas y esa otra, que intenta ocultar, en la que se transparenta su vulnerabilidad, su miedo a que el éxito lo devore.

Los hombres como él no se fijan en mujeres del montón como yo. Ser luchadora, responsable (casi siempre) y alguien que presume de vivir con los pies en la tierra y que reserva deja los tacones para esas fiestas a las que evita ir, no ayuda a competir con modelos que nacieron para llevar vestidos de alta costura y diamantes.

Las mujeres como yo somos invisibles, o lo somos hasta que alguien ve nuestra foto en la contraportada de un superventas o cuando nuestro seudónimo aparece en la lista del New York Times. 

Supongo que debería haber previsto que, cuando dos personas, tan diferentes como Julián y yo, pasan juntas unas veinticuatro horas inolvidables, solo acaban liándola. Supongo que son el tipo de cosas que ocurren cuando las chicas con los pies en la tierra nos ponemos tacones y soñamos con ser algo que no somos.

Ahora ya no hay vuelta atrás. Es demasiado tarde para arrepentirse, aunque él aún no lo sabe.

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PLAYBOY x Herencia

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CAPITULO II

Noelia gimió de placer ante el delicado masaje en la cabeza. Excepto su peluquera, nunca nadie le había masajeado el cuero cabelludo así y, muchísimo menos, en la cama. Si hubiera sabido antes lo placentero que era, habría...

—¡Ay!

La habitación se llenó de miaus estridentes y guaus guaus alterados. Noelia se sujetó como pudo al edredón para no acabar estampada contra el suelo. Con un pie sobre la cama, el trasero rozando la alfombrilla y la cabeza peligrosamente cerca del filo de la mesita de noche, ojeó asustada al gato con cara de mala leche que acababa de clavarle las uñas en el cuero cabelludo y a los dos felpudos vivientes, con forma de cachorros, que alzaron somnolientos los hocicos para comprobar por qué chillaba la loca humana. ¡¿Cómo demonios habían logrado entrar en la habitación?! Estaba segura de que anoche había cerrado la puerta. Lo estaba, ¿verdad? Echó un vistazo a la puerta entreabierta y maldijo para sus adentros.

Con la poca dignidad que le quedaba, bajó la pierna y se levantó, dejándose caer desorientada en el borde de colchón.

—¡Largo de mi almohada! —le gruñó a la bestia naranja con bigotes que, excepto por un despectivo meow, la ignoró por completo.

Al mirar a los demás bichos que se habían acomodado en su cama, constató que ya habían vuelto a apoyar las cabezas sobre el edredón y algunos hasta roncaban sin cortarse ni un pelo. ¿Dónde se había visto que un perro roncara? Incapaz de hacer frente aún a una realidad para la que no estaba preparada, Noelia ojeó los numeritos fluorescentes del despertador y cerró los párpados. Las siete y cuarto. Con algo de suerte le quedaban veinte minutos, como mucho cuarenta, para que los mellizos espabilaran y decidieran reclamar su atención.

Con la energía de una vieja noventañera, se levantó de la cama y se dirigió encorvada a la cuna de viaje. Emma se había dado la vuelta durante la noche y estaba abrazada a las piernas de su hermano, Daniel le estaba sujetando la cola a un felino negro y blanco, que ronroneaba con los ojos cerrados en una esquina, mientras le chupaba el dedo gordo del pie a su hermana. En algún rincón de su mente, una vocecita le advirtió que era mejor sacar al gato de allí y girar a Emma a su posición original, pero los espasmos de su vejiga para que corriera al baño resultaron ser más convincentes.

—¡Fuera! —bramó Noelia al estúpido bicho que había estado ahuecándole la cabeza hasta despertarla cuando lo encontró en el baño sentado sobre el lavabo con cara de gremlin malvado.

El enfrentamiento visual que estableció con él duró exactamente veinte segundos, los justos y necesarios para que se viera obligada a rendirse con un suspiro a la insistente presión de su vejiga. Apenas tuvo tiempo de bajarse el pantalón del pijama y sentarse en el retrete, cuando el molesto gato ya estaba restregándose contra sus piernas emitiendo el barullo de un motor gripado. ¿En serio le tocaba aguantar aquello? Noelia tomó una larga inspiración e intentó ignorarlo con la escasa determinación que pudo reunir.

Necesitaba una ducha que la espabilara y un café que le proporcionara la energía suficiente para enfrentarse al mundo, aunque estaba convencida de que ni los dos combinados serían capaces de hacer frente al zoológico que había heredado de su tía.

Una de las tareas, que tenía que apuntarse tras sobrevivir a su primera mañana en aquella casa de locos, iba a ser buscar una protectora de animales y deshacerse de aquella extraña colección de criaturas, aunque, hasta que consiguiera desayunar, no quería pensar ni en seres a cuatro patas ni en bebés hambrientos capaces de competir con las alarmas de una ambulancia. Iba a ir pasito a pasito e ir superando aquella situación afrontando una sola complicación cada vez.

—¡Hoy va a ser un día genial! —murmuró delante del espejo al lavarse las manos y enjuagarse la cara. Y, solo por asegurarse de que se lo creía, lo fue repitiendo mientras se dirigía a la cocina—. Hoy es el primer día del resto de mi vida. Va a ser un día maravilloso en el que voy a tomar las riendas y… —Sus ojos se abrieron espantados—. ¡La madre que me echó por el trigal!

Incrédula, miró la tropa que la estaba esperando como quien ha sacado el tique para la pescadería del súper. ¿Cómo habían logrado llegar antes que ella? Hacía apenas unos segundos estaban durmiendo como marmotas en su cama. Sacudió la cabeza e inspeccionó la cocina en busca de una cafetera. Casi se cayó de bruces cuando se tropezó con los gatos, que no hacían más que restregarse por sus piernas con un lento ronroneo. Tampoco hubo modo de escabullirse de la vigilancia expectante de los perros que no paraban de sacudir sus colas mientras se movían tras ella arrastrando el trasero por el suelo.

—No me vais a dejar que desayune tranquila hasta que no os dé de comer antes, ¿no? —Noelia dejó caer los hombros y soltó el intercomunicador sobre la encimera. ¿De qué servía tomar café si no te dejaban disfrutarlo?

Decidida, rebuscó en la alacena de la despensa. Resopló de alivio ante la imagen de los paquetes apilados. Se encontraban clasificados animal por animal y algunos llevaban puestos hasta los nombres. Prefería no plantearse en cómo se las apañaría para reponer esa cantidad de alimentos a medida que se acabasen.

Cogió la lista que le había dejado Flor la noche anterior y frunció los labios. Aquello no eran simples consejos. Eran instrucciones detalladas sobre qué hacer con cada una de aquellas mascotas. Mejor. Tocó las letras con tristeza. Le recordaban a las de su tía Berta y a las cartas que le enviaba cada Navidad y cada cumpleaños. Sacudió la cabeza para despejarse y comenzó a leer. No podía permitirse el lujo de deprimirse.

«Empieza por darle de comer a los peces, es lo más sencillo de todo. Solo una pizca de escamas».

Noelia la hubiera cubierto de besos por facilitarle tanto la vida.

«Comida para los perros: puedes dejar los cuencos llenos, ellos saben administrarse por sí mismos. Solo cuida que en el cuenco azul grande echas el pienso senior (paquete naranja) y en el verde el de cachorros (paquete celeste). Coloca el recipiente verde en el espacio que queda entre la lavadora y la pared, para que Pepe no pueda alcanzarlo».

Noelia le echó una ojeada desconfiada al gigantesco labrador. ¿Qué pasaba si el chucho decidía que era mejor atacarla antes de que pudiera asegurar el cuenco en el hueco? Se asomó para estudiar el estrecho espacio. Si lo colocaba al fondo para que no lo alcanzara con ese cacho de cabezón que tenía, ¿cómo iban a llegar los pequeñajos? Preparó reticente ambos tarros bajo las atentas miradas caninas. Mientras trataba de armarse de valor para dárselos, leyó la siguiente línea de las notas.

«Con la comida húmeda de los gatos haz lo mismo. Cada cual tiene la suya propia. Para Rupert y Pandora, la de adultos, y para Bolitas, la de bebés. Solo media lata, la otra parte se guarda en el frigorífico».

¿Qué demonios era la comida húmeda? ¿Las latas que había visto en la despensa? Fue a comprobarlo. No tuvo tiempo de leer la etiqueta de uno de los recipientes cuando la casa se inundó con una mezcla de ladridos furiosos y gemidos desesperados. Alarmada regresó a la cocina.

—Rupert, Bolitas, ¡fuera de ahí! ¡Eso no es vuestro! —Noelia se precipitó hasta la isleta para evitar que Pepe atacara a los gatos por hincarle el diente a su desayuno. Fue fácil empujar a Bolitas fuera de su camino. No ocurrió lo mismo con Rupert—. ¡Ay! —Noelia soltó los dos tarros que les había arrebatado a los gatos cuando el pelirrojo se lanzó tras ella, siseando y arañándola en el proceso. Pepe, por su parte, saltó sobre Noelia tratando de salvar su comida y apoyó todo su peso de mulo sobre su estómago, derribándola en el proceso.

Cuando los cinco animales se abalanzaron sobre el pienso esparcido por doquier, Noelia hizo lo único que pudo: gatear fuera de la trayectoria de las furibundas alimañas. ¿Cómo demonios se las había apañado una mujer septuagenaria para mantener a esos engendros demoníacos bajo control?

En su huida encontró algunas notas esparcidas que se llevó con ella. Solo podía rezar por que entre ellas hubiera alguna que solventara el problemón que tenía en lo alto.

«Jamás dejes alimentos al alcance de Rupert. Fue un gato vagabundo que casi murió de hambre. Es un encanto, pero con la comida no se juega con él».

Noelia soltó un resoplido. ¿Y eso no se lo podía haber avisado antes?

«En caso de conflictos entre los animalitos, usa el espray de agua que hay en la vitrina. Lo temen más que un vampiro a las ristras de ajo».

¿Y no sería porque eran demonios? Noelia estiró el cuello y revisó la estancia. Descubrió la botella de plástico con el pulverizador. ¡Genial! ¿Sería mucho pedir que fuera agua bendita y que hiciera que aquellos seres poseídos se convirtieran en cenizas? En un intento por no verse envuelta en la batalla campal que se mantenía a nivel terrestre, se subió en la encimera de granito para llegar a cuatro patas hasta lo que esperaba que fuera un arma milagrosa.

En cuanto la cogió, comenzó a pulverizar como una loca sobre los malditos cuadrúpedos. Y, ¡funcionó! Habría estado más que dispuesta a hacer un baile de la victoria cuando la cocina quedó desierta. No tuvo tiempo de celebrar su triunfo. Desde el exterior comenzó a gritar alterado un pájaro y se oyó el chirrido de un engranaje oxidado.

—¡Dios! ¿Es que esto no va a acabar nunca? —Atrapando el intercomunicador por el camino, salió afuera.

La cosa fue mucho peor de lo que podría haberse imaginado. En una enorme jaula, una cacatúa revoloteaba ansiosa alrededor de un individuo con casco de motorista que maldecía en voz alta mientras trataba de defenderse del ave enfurecida. ¡Bien por el bicho!

—¿Quién es usted y qué hace tratando de robar a esa cacatúa? —Demasiado tarde cayó en la cuenta de que debería haber llamado a la policía antes de encararse con un desconocido, que tenía la suficiente sangre fría como para hacer daño a una pobre criatura que no le había hecho nada—. Acabo de avisar a la comisaría de policía. Salga ahora mismo y lárguese.

El desconocido alzó el brazo con un «¡fuck!» en perfecto inglés cuando la cacatúa aprovechó para atacarlo de nuevo.

—¿Yo? ¿Quién cojones es usted? ¡Esta es una propiedad privada! ¡Quieres estarte quieto de una vez, maldito cabrón! —El español del tipo era perfecto a excepción del ligero acento extranjero. Se libró como pudo del pájaro y salió de la jaula, cerrando deprisa la pequeña puerta y plantándose ante ella—. Le he hecho una pregunta. ¿Quién es y qué hace aquí?

—Eso no es de su incumbencia. —Noelia dio un paso atrás al comprobar que le sacaba una cabeza y media y que sus hombros hacían dos veces los de ella—. Márchese antes de que llegue la policía. No dudaré en denunciarle.

Aunque no lograba verle el rostro con la visera bajada, sospechó, por su silencio, que la estaba estudiando y evaluando su amenaza.

—Dudo mucho que esté en camino. —La seguridad del hombre la hizo retroceder otro paso.

—¿Por qué tendría que mentirle? —Alzó la barbilla en un intento por ocultarle su miedo.

—Porque no quiere que la denuncie yo a usted.

—¿Desde cuándo iba a llamar un ladrón para que lo cojan? —se burló Noelia.

—Eso mismo me pregunto yo.

—¿De qué está hablando? —Noelia parpadeó. ¿Era algún tipo de chiflado?

—¿No es obvio? Usted es una ladrona. ¿Pensó que porque la casa estaba vacía podía hacer lo que le viniera en gana?

—¿Cómo? ¡No soy ninguna ladrona!

Aquella situación era surrealista.

—Ya lo entiendo. —El hombre ladeó la cabeza—. Es una ocupa.

—¿Está loco?

—Entonces, dígame lo que es.

—Ya le he dicho que no es de su incumbencia. Váyase de una vez.

—¿Y qué piensa hacer? —El desconocido cruzó los brazos sobre el pecho haciendo que sus músculos destacaran bajo la camiseta gris—. ¿Dispararme con una pistola de agua?

Ella miró confundida el pulverizador con el que estaba apuntándole.

—Mire, señor. —Noelia bajó el brazo—. Lo único que quiero es que se marche de una vez y olvidarme de que ha estado aquí.

Borrar de la memoria aquel desafortunado encuentro iba a ser poco menos que imposible, pero él no tenía por qué saberlo. Uno de los mellizos escogió ese instante para romper a llorar a través del intercomunicador. Noelia comenzó a ponerse nerviosa. ¿Y ahora qué? Necesitaba librarse de aquel intruso antes de que tuviera ocasión de hacerle algo o, lo que era aún peor, a los niños.

El hombre se quitó el casco y la miró con el ceño fruncido.

Noelia parpadeó. Tenía unos ojos increíbles y no era solamente por su color, de un azul intenso, o las motitas verdosas que le recordaban el mar del Caribe en un día soleado, sino por la increíble profundidad y fuerza que transmitían. Aunque más que sus ojos, le impuso la pinta que tenía con aquel cabello largo, revuelto y oscuro, que por algún motivo no parecía su color natural, y la barba a la que no le habría venido mal que la confrontaran con unas tijeras. Se le puso la piel de gallina y no en el buen sentido precisamente. También le resultaba vagamente familiar, aunque no tenía ni idea de qué, cuándo o dónde.

—¿No está aquí sola? —A pesar de la suavidad, fue difícil pasar por alto la velada amenaza.

—Obviamente, no. Y mi marido está a punto de bajar. No querrá encontrarse con él, se lo garantizo.

—O sea, que se han instalado en la casa a su antojo y ya se creen con el derecho a quedársela sin más.

Emma también se despertó y comenzó a llorar de una forma tan desesperada que Noelia ya no supo lo que hacer.

—Mire, señor, debería irse antes de que la policía lo encuentre aquí. De verdad que no quiero denunciarlo, pero no me va a quedar más remedio que hacerlo si llegan los agentes y usted sigue aquí.

—Lo siento, pero esta casa era de una vieja amiga y, por mucho que su marido sea un matón, no tengo intención de irme hasta que me haya asegurado personalmente de que se han largado de aquí. Se lo debo a ella. Además, una vez que salga de esta zona de la propiedad ya no podré regresar sin infringir la ley, pero ya estoy dentro, ¿cierto? De modo que veamos qué tiene que decir su marido ante la posibilidad de que lo eche de una patada en el culo.

—¿Usted era amigo de mi tía abuela?

—¿Berta era su tía abuela? —El desconocido dejó caer incrédulo los brazos.

Emma soltó un chillido tan agudo a través del interfono que Noelia se rindió y salió corriendo hacia el dormitorio, rezando por que lo que le había dicho el hombre fuera cierto y que se tratase de un amigo.

Encontró a Daniel a cuatro patas frente a la cuna, en cuya cima Emma se había enganchado sin atreverse a deslizarse ni por un lado ni por el otro. Noelia corrió a atraparla.

—Emma, ¿se puede saber qué estás haciendo? —Aliviada, la apretó contra su pecho.

—¿No debería haberle echado un vistazo su marido? ¿Dónde demonios está? —Noelia se giró sobresaltada hacia el desconocido que la había seguido. Cuando no le respondió, él entrecerró los ojos—. Ya veo. También mintió sobre su marido. Ey, no me mire así. No voy a hacerle nada. Lo que le dije sobre su tía era cierto.

—¿Entonces qué hacía en la jaula?

—Desde que ella… —El intruso carraspeó—. Desde que ya no está, me ocupo de darles el pienso a esos endemoniados bichos.

Ella no podía haber estado más de acuerdo con la descripción, pero el resto no le encajaba.

—¿Le da de comer a una cacatúa con eso?

Los dos miraron el casco que tenía en la mano. Un leve tinte rojizo invadió las mejillas masculinas.

—Es un yaco, no una cacatúa, ¿ha tratado alguna vez de acercarse a uno de esos demonios? Prefieren sacarte los ojos a comerse su ración de comida.

Con un suspiro, Noelia dejó a Emma sobre su cama y recogió a Daniel del suelo.

—No pretendo ser maleducada, pero mis hijos se ponen de muy mal humor cuando tienen hambre.

—Claro, la acompaño a la cocina y la ayudo con los animales.

—Sí, eh… Alimentarlos en la cama es más cómodo.

El desconocido inspeccionó el dormitorio.

—¿Necesita ayuda?

—No, gracias. Creo que puedo darles el pecho sola —espetó con sequedad.

Por un incómodo instante, los ojos masculinos se posaron sobre sus pechos, como si necesitara procesar la información. De buenas a primeras, el hombre cerró la boca y desapareció con un escueto:

—La espero abajo.

 

Cuarenta minutos después, Noelia encontró la cocina como si el caos de aquella mañana nunca hubiera ocurrido, un delicioso olor a café recién hecho y cuatro de los bichos esparcidos por el suelo como si fueran angelitos.

—Cualquiera diría que no han roto un plato en su vida —murmuró al colocar a Daniel y Emma en el carricoche abrochándoles el cinturón de seguridad.

—Creo que no nos hemos presentado aún. Me llamo Brandon, soy el inquilino que vive en la casita de invitados que hay en la parte trasera de la propiedad.

Ella se quedó mirando su mano antes de aceptarla.

—Encantada. Soy Noelia y, como ya le he explicado, soy la sobrina de Berta.

—Siento mucho la muerte de su tía. Era una persona a la que le tenía un gran cariño. Me cogió de sorpresa mientras estaba de viaje. Imagino que por eso no llegué a conocerla en el entierro.

Noelia apartó la mirada.

—No conseguí venir al entierro. Me cogió de improviso, con los niños y… —Y con Pau rompiendo su promesa de acompañarla en el último momento.

Incómoda miró a su alrededor. ¿De qué servía darle excusas a un desconocido cuando no se las creía ni ella misma? Ambos permanecieron unos momentos en silencio.

—¿Prefiere el café solo o con leche y azúcar? —La sorprendió Brandon señalando las dos tazas que había preparado.

Noelia se mordió los labios al ver la familiaridad con la que se movía por la casa. Casi parecía que fuera el dueño y ella la invitada.

—Un dedo de leche fría y dos cucharaditas de azúcar. Gracias. —Aceptó la taza caliente con una media sonrisa y tomó un sorbo antes de plantarse ante el toro y cogerlo por los cuernos—. Brandon… —Tomó una profunda inspiración—. No voy a hacerle perder el tiempo. No tenía ni idea de que Berta tuviera a un inquilino en su propiedad, pero me temo que mi idea es poner esta casa a la venta cuanto antes. Siento mucho los inconvenientes que eso pueda causarle, pero necesito el dinero.

Brandon bajó la taza despacio y la miró con aquellos ojos azules que la atrapaban cada vez que se cruzaba con ellos.
 

—En ese caso, va a ser que lo sentimos los dos, pero, por el momento, no tengo ni la más mínima intención de irme de aquí.