PLAYBOY x Herencia

¿Puede pasarte algo peor que descubrir que tu pareja es un capullo infiel que te ha estado engañando? ¿Qué tal encontrarte sola, sin ingresos y con un par de bebés que vienen de fábrica con baterías recargables?
¿Lo empeoramos?

Recibes en herencia una propiedad de la que no te puedes deshacer, porque la ocupa un gruñón vagabundo que es tan guapo que podrías venderle entradas al enjambre de mujeres que revolotean a su alrededor para ligar con él.
¿Aún necesitas más?

Pues espera a descubrir que además de un playboy de pacotilla, has heredado un montón de bichos cabezones, traviesos y adorables y a tres viejas locas alcahuetas cuya única diversión en la vida parece ser meterse en la tuya.


Bienvenid@ a la vida de Sandra... o lo que será tu vida a partir de ahora.
 

Si te gustó Playboy x contrato, éste nuevo libro te encantará.

PLAYBOY x Herencia

CAPITULO III

Noelia se inclinó hacia delante y miró al hombre mayor, de unos sesenta años, al que lo único que le faltaba era un sombrero de copa y un enorme anillo en el dedo para parecerse a un barón algo estrafalario de siglos pasados,

—¿Disculpe? ¿Podría explicarme eso? Creo que no lo he entendido bien—. O al menos eso era lo que esperaba.

El notario carraspeó y se acarició la cuidadosamente recortada perilla que era la que le daba aquel aspecto tan elegante y de otra época.

—El… deseo de su tía —prosiguió el hombre tras un breve titubeo—, con respecto a las propiedades que le ha cedido, han sido muy claras, señora González. No podrá realizar acción alguna encaminada a la venta de la propiedad hasta que: uno, su inquilino, el señor Brandon Delaney, abandone de forma definitiva y por decisión propia la casita del jardín y dos, que todos los animales que fueron acogidos por ella hayan encontrado un nuevo hogar que cumpla las garantías mínimas que vienen recogidas al final de su voluntad. Obviamente, estas cláusulas tienen algunas excepciones lógicas y previsoras, entre las que se encuentra la posibilidad de que el comportamiento del señor Brandon sea indecoroso o abusivo hacia la propiedad o su persona.

—¿Y si se divide la propiedad y solo vendo la casa principal? —Noelia tenía la garganta tan reseca que parecía papel de lija.

—Lo siento. No se trata de una opción viable, no hasta que se cumplan las condiciones que estipuló su tía.

—¡Pero eso puede tardar meses, incluso años!

—Es una posibilidad, sí —coincidió el hombre como si esa probabilidad le satisficiera.

—Escuche. Debe de haber alguna solución. No puedo permanecer tanto tiempo aquí, no tengo trabajo y necesito mantener a mis hijos.

—¿Y qué mejor lugar que la casa de su tía, entonces? Dispone de una vivienda gratuita y, además, tiene garantizado un ingreso mínimo con el arrendamiento que debe pagarle su inquilino.

—¿Mi inquilino? ¿Qué me va a pagar un vagabundo? Lo que tengo es suerte si no le tengo que dar de comer encima —resopló Noelia. Por la forma en la que el notario arrugó el entrecejo se dio cuenta de que se había pasado. Inspiró para calmarse y cambió de estrategia—. Este no es mi lugar. No puedo vivir aquí —murmuró sin ocultar su desesperación.

Echándose atrás en su asiento, el notario la ojeó con detenimiento.

—¿Cuál es su lugar?

Noelia abrió la boca, pero no encontró ninguna respuesta. Los ojos del hombre se llenaron de compasión. ¿Cuál era su lugar? No tenía donde caerse muerta, ningún sitio al que ir, y nada que pudiera llamar suyo a excepción de aquella casa y sus hijos.

El hombre asintió como si hubiera podido seguir el hilo de sus pensamientos y le apretó el antebrazo consoladoramente.

—Mañana salgo de viaje. Cuando regrese podemos volver a hablar y tratar de encontrar alguna solución. ¿Por qué no se toma ese tiempo para reflexionar y analizar su situación? Le vendrá bien replantearse su vida ahora que ha dado un giro tan brusco.

Si hubiera podido le habría preguntado qué sabía de su situación cuando apenas llevaba en su despacho media hora, pero se limitó a tragar saliva y a pasarse la mano por los párpados.

—Quizá tenga usted razón.

—¿Tiene idea de por dónde comenzar?

—Necesito encontrar un empleo. Suponiendo que el señor Delaney me pagase un alquiler, algo que no tengo muy claro que pueda hacer, no será suficiente para cubrir los gastos de mis hijos y, además, estamos a día veinte. Imagino que solo será cuestión de una semana o dos a lo mucho que empiecen a venirme las facturas de la luz y del agua.

—Por el momento no tendrá problemas para eso. Aunque no pueda acceder aún a los ahorros de su tía, el banco seguirá aceptando los pagos domiciliados por Berta.

—Supongo que eso son buenas noticias —admitió Noelia con un hilillo de voz.

Intentó reprimir sus ganas de llorar. ¿Cómo había podido creer que podría rehacer su vida sin más? Había actuado como una estúpida adolescente que se guía por sus emociones en vez de la mujer hecha y derecha que era. Si al menos se hubiera guardado las espaldas esos años atrás y hubiera ahorrado algo... Con lo que tenía, apenas le quedaba para una semana más de gastos básicos, a menos que se humillara y le pidiera dinero a Pau. Esa vez no pudo evitar las lágrimas que le resbalaron por la mejilla. Tener que recurrir a ese cabrón era lo último que quería hacer. ¿Y si lo usaba en contra de ella? ¿Y si le arrebataba a los niños alegando que era incapaz de mantenerlos?

El notario abrió un cajón con llave y, tras sacar algo, se lo apretó en la palma.

—Tome esto. Le ayudará a afrontar las próximas dos semanas.

Noelia miró boquiabierta los quinientos euros que le había dado.

—Yo…, no puedo aceptarlo, es… —Noelia sacudió la cabeza y le devolvió el dinero.

El notario no perdió el tiempo. Decidido, le cogió la mano, le puso en la palma el billete y se la cerró, manteniéndola sujeta.

—Tu tía ha sido y es muy importante para mí. Es lo menos que puedo hacer por ayudar a la única familia que tiene. Además, puedes considerarlo como un préstamo si eso te hace sentir mejor. No hay límite para la devolución. —El hombre le hizo un guiño y Noelia, dividida, miró el dinero—. Y toma también esto. —Escribió un teléfono y una dirección sobre una nota adhesiva de color azul—. Están buscando a alguien que cubra el turno de tarde. Diles que vas de mi parte.

Noelia contempló la elegante letra con un nudo en la garganta.

—Yo…, gracias.

—Todo se resolverá, querida. Solo es cuestión de darle tiempo al tiempo.

***

Sentada en su coche, Noelia permaneció largo rato observando la heladería a la que le había mandado el notario. Era uno de esos establecimientos cucos, de pueblo, no demasiado grande, que solía ser el lugar al que acudían parejas y gente con ganas de charlar con tranquilidad, compartir confesiones, viejas memorias y sonrisas.

A través de la enorme cristalera se veía a un chico ofreciéndole una cucharada de nata a su novia, acompañada de una de aquellas largas miradas cargadas de intenciones, que a cualquiera le habría despertado mariposas en el estómago y que a ella le hacía añorar una etapa de su vida que ya casi ni recordaba. Sin poder evitarlo revisó el WhatsApp en su móvil. Nada, no había ni un solo mensaje de Pau. Con el escozor en los ojos, devolvió la atención a un grupo de mujeres que charlaban animadas en una mesa de la heladería. Por las risas y los gestos, resultaba fácil adivinar que estaban compartiendo confidencias y algún que otro rumor escandaloso.

No era un mal lugar para trabajar y no necesitaba entrar a preguntar para adivinar que la paga no iba a ser gran cosa, pero era un sitio en el que, con suerte, podía sanar sus heridas y volver a ser ella misma.

El notario había tenido razón en muchos sentidos. Un pueblo como aquel, tranquilo, en el que nadie la conocía, en el que podía recuperar su propia identidad, podía ser un excelente lugar para recomponerse. Quizá no fuera el destino de sus sueños, pero no necesitaba serlo, solo un espacio en el que pudiera empezar de nuevo.

Además, si Brandon realmente estaba pagando algo por la renta, con ese dinero y lo que ganase en la heladería, le daría para sobrevivir durante algún tiempo. Solo había dos grietas en esa hipótesis que amenazaban con hacerla trizas: La primera era que no tenía muy claro cómo un vagabundo podía hacer frente a un alquiler y, la segunda, que necesitaba reunir el valor necesario para salir del coche y entrar en aquel local a pedir el puesto.

Estuvo por convencerse de que era mejor imprimirse primero un currículum antes de siquiera pisar el establecimiento, pero sabía que, si aprovechaba la excusa para irse, iba a ser bastante poco probable que fuera a regresar.

Con la mano en el picaporte del coche se llenó los pulmones con una profunda inspiración.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡ya!

 

El chirrido de la puerta oscilante y las campanillas, la trasladaron de regreso a su infancia. No tenía muy claro que fuera precisamente aquella la heladería a la que solía traerla su tía Berta cuando la visitaba durante las vacaciones o, al menos no lo tuvo claro hasta que la mujer de detrás del mostrador se giró hacia ella.

Una podía olvidarse de los bancos encastrados forrados de cuero de color crema o los servilleteros de un empalagoso rosa con letras marrones, pero difícilmente podía borrarse de la memoria la triste calidez de una sonrisa que se dibujaba sobre un rostro desfigurado por las quemaduras de un amor enfermizo y deleznable.

—Se lo hizo el novio —le había contado en aquel entonces la tía Berta a su madre en voz baja—. La vio hablando con otro chico y dicen que se volvió loco. Sus palabras al echarle el ácido en la cara fueron: «Para que aprendas que el único que te ama de verdad soy yo». Espero que encierren a ese enfermo mental de por vida. Esa chica no solo era una preciosidad, sino que era un encanto.

 

Solo de recordarlo Noelia se estremeció por dentro, pero hizo lo que pudo porque la mujer no lo notara.

—¿Señora Adela?

Las pocas clientas de la heladería habían dejado de hablar y estaban inspeccionándola llenas de curiosidad.

—La misma, y tú debes de ser la sobrina de Berta. Noelia, ¿verdad? —La mujer tras el mostrador soltó el trapo con el que había estado repasando la barra y se acercó a ella—. Sigues teniendo los mismos hoyuelos en las mejillas que cuando eras pequeña.

—¿Aún se acuerda de mí?

La mujer sonrió.

—Llámame Adela. Me avisó… Una amiga de que llegabas, pero lo cierto es que sí. Aún recuerdo a la chiquilla de las largas coletas negras a la que le gustaba traerme una rosa del jardín de Berta y que siempre me la entregaba a escondidas.

—Vaya, yo… No sé qué decir.

La mujer negó con la cabeza.

—No hay nada que decir al respecto. Eras una niña preciosa con un enorme corazón y, viéndote, estoy segura de que eso no ha cambiado. Se te nota en la cara.

—Yo… Gracias.

—Ven, siéntate. ¿Qué quieres tomar? —La mujer regresó detrás del mostrador y la miró.

—En realidad, yo venía por…

—El trabajo. Ya lo sé. Pero eso no significa que no podamos charlar mientras te tomas un café o lo que te apetezca.

—Gracias. —Noelia se sentó en uno de los taburetes.

—Veo que sigues teniendo esa costumbre tan educada de dar las gracias por todo.

Noelia puso una mueca.

—Siempre me riñen por eso, pero es una manía que no puedo evitar.

La mujer sonrió.

—Deberían reñirte por otras cosas, no por ser educada. ¿Aún te gustan los batidos de fresa con helado de nata y vainilla?

—Eso espero. Este es el único sitio donde los he probado.

—¿Te apetece comprobarlo?

—Me encantaría. —Noelia sonrió sintiéndose mucho más ligera.

—Una nunca se vuelve demasiado vieja para los batidos con helado. —La mujer le hizo un guiño antes de dirigirse a prepararlo.

—¿Entonces…? —Una rubia despampanante ocupó el taburete justo a su lado y le dedicó una sonrisa de Barbie que parecía tan falsa como las larguísimas uñas postizas que exhibía con movimientos exagerados—. ¿Eres la sobrina de Berta?

—Su sobrina nieta, sí. Noelia —le contestó ofreciéndole la mano.

—Carolina. —La rubia se la estrechó con uno de esos apretones carentes de fuerza que te recordaban a un cadáver, y que te hacían querer restregarte las manos contra los vaqueros para limpiártela—. ¿Y qué tal te va con el inquilino? Porque imagino que seguirá viviendo allí, ¿no?

—¿Brandon? Sí, por supuesto.

—Qué preguntas más tontas haces, Caro. No iba a echarlo a la calle solo por haber heredado la casa. —Una morena se apostó al lado de la rubia y entornó los ojos.

—Claro —murmuró Noelia entre dientes mientras trataba de mantener la sonrisa. ¿Qué pensarían de ella si supieran que eso era justo lo que había pretendido hacer esa misma mañana?

—Una no echa a bombones así a la calle, se los mete en la cama —rio la morena—. Me llamo Belén.

—Encantada, Belén. Soy Noelia.

—Entonces imagino que eres nueva en el pueblo y que vas a quedarte por una pequeña temporada, ¿no? —intervino Carolina con un tono que dejaba patente que tenía alguna segunda intención en mente.

—En principio, eso parece, sí —contestó Noelia reticente.

—Se me ocurre que podríamos ayudarte a acomodarte aquí. Salir, presentarte a gente… Ir a visitarte y esas cosas, ¿qué te parece? —Carolina intercambió una mirada significativa con su amiga, a la que se le iluminó la cara.

—¡Sí, sería genial! —coincidió Belén como si acabara de tocarle la lotería.

 

La primera respuesta que a Noelia le vino a la mente fue un sonoro «¡olvidadlo!». ¿En serio creían que era tan tonta como para no darse cuenta de que trataban de usarla para sus propios intereses? Bastaba un vistazo a sus sandalias de tacones, sus bolsos de marca y las cinco capas de maquillaje que llevaban puestas a las once de la mañana para adivinar que no eran de las que solían codearse con madres solteras, que visten con vaqueros y deportivas, y cuya máxima aspiración era llegar vivas a la hora de la cena. Comenzó a irritarse tanto ante la idea de que trataran de tomarle el pelo, que estuvo a punto de soltarles justo lo que pensaba. Por fortuna, consiguió retenerse a tiempo. Había ido allí en busca de un puesto de trabajo. Dudaba mucho que, ser desagradable con aquellas mujeres, fuera a granjearle muchos puntos con la dueña de la heladería. Eran clientas después de todo.

—Me temo que tengo hijos y que eso limita bastante mi tiempo libre y mis salidas.

—¡Mejor! —La expresión de triunfo de Carolina probablemente era la primera expresión sincera que había mostrado desde que se había presentado—. ¡Podemos ir nosotras a visitarte! ¿Verdad, Belén?

—¡Por supuesto! ¡Faltaba más!

¡Mierda! Noelia las miró boquiabierta. ¿Se podía ser más caradura? Acabó por echarle un vistazo disimulado a la señora Adela, quien parecía seguir la conversación con interés.

—Sí… Eh… Claro.

—Bueno, pues no te molestamos más. —La rubia tiró unas monedas sueltas sobre la barra—. Igual nos pasamos esta noche para que podamos conocernos un poco mejor.

Lo que más alucinó a Noelia es que ni siquiera le habían preguntado qué planes tenía. ¡Y ni siquiera se habían despedido!

—Sabes que esas dos lagartas lo único que quieren de ti es acceso gratuito y permanente a tu inquilino, ¿cierto? —comentó la señora Adela en cuanto sonó la campanilla de la puerta al cerrarse.

Noelia soltó el aire que había estado reteniendo. ¿Tan desesperadas estaban?

—Eso sería una opción bastante más creíble, sí.

Adela rio.

—Yo lo amarraría por un rato al sillón del barbero, pero, con ese cuerpo y esos ojazos, tiene alteradas a todas las solteras del pueblo. Y a las no tan solteras también —añadió—. Vas a tener que hacerte con un matamoscas si las quieres espantar a todas.

—¿Por qué habría de hacerlo? A mí ni me va ni me viene. Y si él es un hombre libre no le veo mayor problema.

Adela ladeó la cabeza y la estudió.

—Esos hombres nunca están libres, solo en proceso de transición.

—¿Tiene novia? —En cuanto se percató de la pregunta que había hecho, un ligero calor se extendió por sus mejillas.

—No que sepamos. Aunque tampoco es algo que descartemos. Ningún hombre viene a esconderse al quinto pino por ningún motivo, de modo que solo tenemos dos conclusiones: o es un asesino mercenario que trata de esconderse de la policía o es alguien que ha tenido una ruptura dolorosa con su anterior pareja y está tratando de recuperarse.

—Creo que prefiero la segunda opción. Vivir con un asesino no entraba exactamente en mis planes —espetó Noelia con sequedad.

—¿Quieres que te diga lo que pienso? —La señora Adela se inclinó sobre la barra—. Si fuera un asesino no se escondería de todas esas lagartonas, las mataría directamente.

—Bien… —Noelia la miró boquiabierta antes de cerrar divertida los labios—. Creo que tiene razón, eso me deja mucho más tranquila. —Ambas rompieron a reír—. Dios, no recordaba lo bueno que estaba esto —murmuró extasiada al tomar un sorbo de su cañita.

—El viernes te enseñaré cómo se hace. Podrás hacértelos tú misma a partir de ahora.

—¿El viernes?

—Claro, es cuando empiezas a trabajar.

—¿Así?, ¿sin más? Ni siquiera le he traído mi currículum ni nada.

—¿Y de qué iba a servirme? —Adela encogió los hombros—. No me importa si sabes chino o mandarín, acabas de demostrar que eres capaz de ser amable incluso con las personas que no se lo merecen. Sé que tienes el corazón de Berta y, además, eres la única que puede traerme a Brandon a la heladería, lo cual haría que se llene. Con eso me basta.

—No creo que Brandon…

—Solo es una broma. Aunque tampoco me quejaría si lo trajeras —la tranquilizó la señora Adela con un guiño.

***

—¡Hola! ¿Cómo te ha ido? —la saludó Marina en el porche de la casa, donde estaba sentada con sus amigas y con Daniel en el regazo.

—Tienes cara de preocupada. —Flor le entregó a Emma cuando la niña alargó los brazos hacia ella.

—¡Hola, mi vida! —Noelia achuchó a Emma contra su pecho y le hizo una pedorreta en el cachete que hizo las delicias de la pequeña—. No sé si son buenas o malas noticias —le admitió a las ancianas.

—¿Qué tal si nos sueltas qué te ha pasado y nosotras lo decidimos por ti? —propuso Sofía.

—¡Sofía! —Flor le lanzó una mirada asesina.

—A este paso vas a acabar por desgastar mi nombre —replicó Sofía con sequedad.

Noelia no pudo evitar sonreír a pesar de que no las traía todas consigo.

—Pues la mala noticia es que no puedo vender la casa hasta que Brandon se vaya y que todos los animales estén reubicados en un nuevo hogar.

Por la forma en la que las ancianas apartaron la mirada quedó claro que esa no era precisamente una novedad para ellas.

—Has dicho mala noticia, ¿eso significa que hay una buena? —indagó Marina.

—En teoría, sí. He conseguido un empleo en la heladería de la avenida principal.

—¿Solo en teoría? —Marina frunció el ceño.

—Pues en realidad sí. Solo son cuatro horas por la tarde, el sueldo es decente y me hacen contrato. —Noelia le hizo otra pedorreta a Emma cuando esta le puso la mejilla.

—¿Y eso lo consideras tú noticias malas? —Sofía puso los ojos en blanco.

—No, no, eso no. El problema es que los mellizos nunca han asistido a la guardería y ni siquiera sé cómo funciona la de aquí. —El corazón se le encogió ante la idea de dejar a los mellizos tan pequeños con desconocidos—. Y empiezo el viernes.

Marina hizo unos aspavientos con la mano.

—¿Y para qué necesitas guardería teniéndonos a nosotras?

—Eso sería un abuso. No dejan de ser niños pequeños que roban tiempo y energía.

—Eso solo ocurre cuando son tus hijos y con tu edad, a la nuestra son un entretenimiento y un recordatorio de lo vivas que seguimos —la contradijo Flor con un guiño.

—Yo… —Noelia dejó caer los hombros—. La verdad es que os lo agradecería si pudierais quedaros con ellos al menos al principio. Acabamos de pasar por tantos cambios que me preocupa añadir otro más a la vida de los peques y sé que estarán mucho mejor con vosotras.

—No te preocupes, nos tienes a nosotras y a Brandon —decidió Sofía por ella—. Ya iremos solucionando las cosas poco a poco.

—¿Cosas? ¿Qué cosas? —preguntó Noelia por no confesar en voz alta que la idea de un vagabundo al cuidado de sus hijos quedaba totalmente descartada.

—Bueno, eh... —Flor le dirigió una mirada extraña a Marina, pero fue Sofía quien la interrumpió.

—¿No te acabo de decir que no te preocupes?