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Cuando su abuelo trata de presionarlos hacia un compromiso, tanto Gema como Brian Riley lo tienen claro y responden con un NO rotundo.

¿Qué mujer cuerda querría casarse con el playboy más cotizado de Nueva York y pasarse el día espantando a mujeres babosas de su camino?

¿Y por qué iba a renunciar un mujeriego a su existencia de placer y libertad para atarse a una chica que no es siquiera su tipo?

Ni la vida, ni las respuestas suelen ser sencillas, pero hay una regla que nunca deberíamos olvidar: ¡lee siempre la letra pequeña!

 

Advertencia: escenas eróticas que harán subir la temperatura a más de uno.

PLAYBOY X CONTRATO

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Playboy X Contrato

Género: Romance Contemporáneo
 

 
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CAPÍTULO II

—¿Tienes algo para recogerte el pelo? —preguntó María José en cuanto entraron en el ascensor.

Cuando Gema negó, la abogada rebuscó en su bolso y sacó una diminuta pinza que Gema ojeó escéptica.

¿María José no se daba cuenta del volumen de pelo que tenía? Lo más que podía hacer con esa minucia

era recogerse algunos rizos. Con un suspiro de rendición, aceptó la pinza y se giró hacia la brillante

superficie metálica del ascensor para mirarse en el reflejo y peinarse con los dedos. No necesitaba una

pinza, lo que necesitaba era una ducha, lavarse la cabeza y una buena siesta.

—¡Señor Riley! ¡Señor Riley!

Gema parpadeó al ver, a través del reflejo, a la desagradable vieja del vestíbulo tirando de su chucho

mafioso mientras trataba de alcanzar al gigante guaperas, quien avanzaba con largas zancadas hasta el

ascensor. Por la expresión masculina, resultaba más que evidente que el hombre ignoraba a la mujer a

propósito.

—Kelly, arriba, ¡rápido! —El hombre entró en el ascensor y se apartó inmediatamente de la puerta,

apoyándose en la pared de la izquierda.

—¿Al último? —María José fue más rápida en reaccionar que Kelly.

Alucinada, Gema trató de mantener la boca cerrada cuando María José se inclinó hacia el cuadro de

mandos del ascensor, rozando al hombre innecesariamente con sus pechos. ¿Cómo podía una

profesional fría y eficiente convertirse en una gata en celo en cuestión de milésimas de segundo?

Terminó de ponerse la pinza en el pelo y se giró curiosa para observar al hombre. Tan de cerca, no

habría sabido si definirlo como guapo con esas tres arrugas que cruzaban su frente y la nariz un

poco torcida a la izquierda, pero definitivamente era atractivo y muy, muy sexy con esa mandíbula

marcada, la barba de tres días, unos labios que invitaban a mordisquearlos y el traje de ejecutivo gris que parecía hecho a la medida de sus atléticos hombros.

«De acuerdo, lo confieso, el tío está para chuparse los dedos». Gema se movió incómoda. Era el tipo de hombre en cuya presencia cualquier mujer se tornaba consciente de sí misma. Cruzó los dedos para que no se fijara en su existencia. «Debería haber una ley que decretara que este tipo de tíos solo pudieran cruzarse contigo los días que estás guapa y arreglada». Aunque, por la forma en que María José lo mantenía atrapado con su mirada, era difícil que el guaperas se fijara en alguien más.

La verdad era que había esperado de la abogada un poco más de dignidad femenina, Gema tenía que confesar que envidiaba la seguridad de la mujer y su forma de ir a por lo que quería. Resultaba bastante fácil ponerse en el pellejo de María José y adivinar sus intenciones con respecto al tipo ese. ¿Qué mujer no querría la oportunidad de enredar sus dedos en esa cabellera rubia oscura para tirar de ella y alcanzar sus labios?

—Sí, gracias, señorita… —Los ojos del hombre bajaron hasta el escote de María José.

—María José, María José González. Abogada en Brogan & Dells. —Le ofreció una elegante tarjeta de visita—. Aquí tiene mi número. Nunca se sabe cuándo puede venir bien una abogada —propuso con un ligero ronroneo y una sonrisa sugerente.

El hombre pareció dudar antes de que las comisuras de sus labios se curvaran mostrando su luminosa dentadura.

—Sin duda, siempre es conveniente tener al alcance el teléfono de una mujer como tú… María José —respondió el guaperas aceptando la tarjetita.

—En ese caso no dude en usarlo. Le prometo que soy experta en todo lo que ofrezco.

Gema tragó saliva. ¿María José estaba ofreciéndole sus servicios de abogada o de prostituta de lujo? El tono parecía indicar más bien lo segundo. ¡Acababa de conocer a ese hombre hacía apenas treinta segundos!

—Esa es sin duda la mejor oferta que…

—¡Señor Riley!

Unos dedos nudosos, con uñas rojas y largas como garras, aparecieron por la puerta que estaba a punto de cerrarse, abriendo de nuevo el ascensor.

—¡Señora Davies!

—¡Señor Riley, he estado llamándolo y me ha ignorado! —lo acusó la vieja desagradable con un mohín ridículo mientras entraba en el ascensor zarandeando la correa del perro.

Si el chucho no hubiera sido tan feo, Gema casi le habría tenido lástima al ver cómo era arrastrado sobre su trasero a un lugar al que claramente no quería entrar.

—¡Vaya! Lo siento, señora Davis. ¿A qué planta va?

Gema se percató de la elegancia con la que el guaperas evitaba explicar el motivo por el que había ignorado a la repelente señora.

—A la antepenúltima, a mi suite —indicó la señora Davis, interponiéndose entre María José y el guaperas como quién no quiere la cosa—. Y me gustaría que me acompañara para enseñarle una cosa, señor Riley. Estoy harta de quejarme al servicio del hotel, pero no sé si son tan ineptos que no saben solucionarlo o si no me quieren hacer caso. Me parece una auténtica lástima que eso ocurra en un hotel como este, pone en entredicho su buena fama.

La mano huesuda sobre el pecho del señor Riley parecía indicar mucho más que una simple queja y, por la forma en la que se congeló el rostro del guaperas, visitar la habitación de la señora Davis no se encontraba entre sus planes.

¿Cuántos años podía tener esa mujer? Gema la estudió más de cerca. Tenía la cara estirada a más no poder y la blusa, aunque no era transparente, revelaba lo suficiente como para adivinar que la señora no llevaba sujetador y que sus pezones despuntaban a una altura que podría ser la envidia de cualquier chica de dieciséis años. Aun así, la piel de cuello, brazos y manos revelaba que la señora Davis era una abuela en todo su apogeo… Suponiendo que no fuera ya bisabuela, o tatarabuela, o una vampiresa inmortal.

—¿Ha probado a poner una queja en recepción o pedir que la cambien de suite? —inquirió María José con frialdad.

La señora Davis giró la cabeza hacia la abogada y la inspeccionó de arriba abajo con una ceja alzada.

—Soy una clienta habitual de este hotel y siempre me alojo en la misma suite.

—Por supuesto, comprendo que con su edad prefiera la estabilidad de saber cada noche dónde dormirá e imagino que al señor Davis le ocurrirá lo mismo, ¿no es cierto? —preguntó María José con el tono teñido de falsa comprensión.

—Soy viuda y me temo que discrepo con usted, mi edad nunca ha influido para saber qué quiero y cómo conseguirlo. Eso es lo que me ha llevado hasta dónde estoy, el lugar al que otras aspiran sin éxito a llegar.

Por el tono con el que pronunció otras, quedaba claro que incluía a María José en ese grupo. «¡Vaya!». Gema cruzó los dedos para que llegaran a su destino antes de que las dos sacaran los lanzamisiles y salpicaran el ascensor con sus vísceras.

—Señora Davis, le aseguro que me encargaré personalmente de que alguien vaya a revisar su suite —le prometió el guaperas.

—Yo preferiría que viniera usted a revisarlo en persona, pero será igualmente un placer que venga y acepte una copa de agradecimiento.

—Eh… Señora Davis, debería hacer que su perro entre en el ascensor, la puerta no se cerrará del todo hasta que se aparte de ahí —cambió el guaperas de tema, sujetando la muñeca de la atrevida señora Davis justo antes de que bajara demasiado al sur.

Gema le habría compadecido si le hubiera dado tiempo, pero entre el tinte rojo del rostro de María José, que parecía a punto de explotar, y la puerta del ascensor que se abría una segunda vez para dejar entrar a unas adolescentes pijas sin aliento, apenas podía seguir toda aquella escena surrealista.

—¡Brian!

—¡Hola, Caroline! Tiffany, ¿qué tal se encuentra tu padre? —La alegría de Brian era la propia de un saludo cordial y educado, pero Caroline lo contempló con ojos de adoración y unos enormes parches rosados sobre las mejillas.

—¡Qué casualidad encontrarnos contigo, Brian! —exclamó la amiga de Caroline, cuyo tono de voz no tenía nada que envidiarle al de la repelente señora Davis, tan falso como el rubio platino de su perfecta melena.

«¡Dios mío de mi vida! ¡Esto es alucinante! ¿Es que han vendido un chute de hormonas en la puerta del hotel?». Las cejas de Gema casi se fundieron con el nacimiento del cabello al ver cómo Caroline se enganchaba del brazo de Brian y la otra, literalmente, se le tiraba al cuello para darle un beso, obligando a la vieja señora Davis a apartarse un paso para evitar caerse y a María José apretujarse al lado de Gema para dejar sitio. Gema echó un vistazo a Kelly, que parecía estar mordiéndose el interior de las mejillas mientras apretaba los labios.

—¿Esto siempre es así? —preguntó Gema a Kelly moviendo los labios sin emitir sonidos.

Las comisuras de los labios de Kelly temblaron, pero su única respuesta fue un leve encogimiento de hombros. Cuando Gema devolvió su atención al guaperas y su harén, lo encontró con el ceño fruncido y los increíbles ojos verdes puestos directamente en ella. «¡Mierda!». ¿Se había dado cuenta de la pregunta que le acababa de hacer a Kelly? Gema no pudo evitar el calor traicionero que le subió por las mejillas. Le entraron ganas de darle las gracias a la rubia pija por desviar la atención del guaperas cuando le habló:

—¡Qué bien haberte encontrado! Caroline quiere invitarte a su fiesta de cumpleaños y necesitamos la dirección de tu apartamento para poder enviarte la carta.

«Cielos, como les dé la dirección a esas barbies hormonadas irán a su casa a violarlo». A su lado, a Kelly se le escapó un resoplido, pero los ojos masculinos entrecerrados se dirigieron directamente a Gema. «¡No fui yo!». Gema miró a Kelly, pero la chica parecía haber recuperado la compostura y mantenía la vista fija en la puerta del ascensor.

—Dile a tu padre que me llame y mandaré a alguien a que recoja la invitación, así no se perderá en el correo.

Las chicas intercambiaron una corta mirada; Caroline pareció venirse abajo, pero Tiffany hizo un puchero y posó su mano sobre el mismo lugar de su pecho en el que la señora Davis la había tenido apenas sesenta segundos antes.

«¡Pues sí que está manoseado el guaperas!».

—Pero, Brian, eso es demasiado impersonal, queremos llevártela nosotras mismas.

—¿Se puede saber qué están haciendo, señoritas? ¿Es que sus padres no las han educado para comportarse? ¡El señor Riley tiene mejores cosas que hacer que aguantar a dos jovenzuelas, que podrían ser sus hijas, tratando de seducirlo! —exclamó la señora Davis irguiéndose en plan señorona.

—Ver para creer —murmuró María José.

A Gema le dio lástima la pobre Caroline, cuyo rostro se había teñido de un rojo borgoña, pero María José tenía razón. ¿La vieja, que había estado metiéndole mano al guaperas, ahora usaba la diferencia de edad contra las chicas? El esfuerzo de Gema por controlar su expresión bajo la furiosa mirada masculina hizo que rompiera a sudar. «Dios mío, ¿se puede volver esta situación más estrambótica? ¿Y por qué me mira a mí? ¡Ha sido María José la que lo ha dicho!».

Lo cierto era que, a pesar de su sempiterna sonrisa, los ojos verdes del guaperas imponían. Todo el cuerpo de Gema parecía estar inundándose de calor. Demasiado calor. Jamás le había pasado que por la mirada de un hombre le subiera un ardiente calor desde los pies hasta la espinilla y... ¡Ese calor no era de ella! «¿Qué demonios…?».

—¡Ahhhh…! —Gema miró horrorizada al chucho mafioso ubicado ante ella con la pata alzada, antes de apartarlo con un puntapié.

—¡¿Cómo se atreve a asustar a mi Giorgio?!

—¡Su chucho me acaba de mear encima! —Gema no podía creerse que la vieja bruja le echara la culpa a ella. ¡Tenía la pierna llena de pis y la zapatilla de deporte se le estaba inundando!

—¡Qué asco! ¡Tiene todo el vaquero manchado de pipí! —chilló una de las barbies rubias tapándose la nariz y apartándose al rincón más lejano del ascensor.

Gema comenzó a ver en rojo.

—¡Mi Giorgio no es un chucho! ¡Es un pug carlino, descendiente de tres generaciones de campeones franceses!

«¿Pug carlino? ¡Y un huevo!».

—Me importa un pepino que ese bicho sea el nieto de María Antonieta, ¡lo que tiene que hacer es educarlo! —replicó Gema tratando de retener los insultos que tenía en la punta de la lengua.

—¡Cómo se atreve a hablarme así!

¿Hablarle así? ¡¿Cómo se atrevía esa vieja a atacarla después de lo que había pasado?! Gema intentó contar hasta tres, antes de lanzarse a por ella y arrancarle la peluca que seguramente llevaba sobre esa cabeza hueca.

—Señora Davis, estamos en su planta. —El guaperas recogió al chucho con una mueca y cogiendo a la vieja bruja del brazo la sacó del ascensor alejándola del alcance de Gema—. Kelly, encárgate de que limpien este accidente y que faciliten a la señorita ropa nueva en la boutique de Verena. Dile que lo cargue a mi cuenta.

—Por supuesto, señor Riley —contestó Kelly justo antes de que la puerta del ascensor volviera a cerrarse—. Siento mucho lo que le ha pasado —le aseguró a Gema mirando compungida el charco en el suelo.

En la otra esquina del ascensor, Caroline de repente rompió a reír.

—Jamás había visto a ningún perro haciéndose pis encima de nadie. ¡Qué gracioso! Parece que la confundió con una farola.

«¿Gracioso? Si te hubieran meado encima de tus piececitos de geisha seguro que no te reirías, niñata».

—Puedo asegurarte que no tiene nada de gracioso —espetó Gema.

—Tranquilízate, ya no tiene solución. Deberías haberte apartado antes de ese perro.

Gema miró alucinada a María José, ¿estaba hablando en serio? Caroline por su parte siguió riéndose como si nada.

—Deja de reírte como una idiota. Ese vejestorio se ha llevado a Brian. Ahora tendremos que encontrar otra forma de conseguir su dirección o todos nuestros planes se irán al garete —siseó Tiffany por lo bajo, pero no lo suficiente como para que no pudieran oírla todas las que estaban en el ascensor. La diversión de Caroline se esfumó de inmediato.

—¡Ainsss, es verdad! ¿Y si hago que mi padre lo llame para lo de la invitación? La casa en Atlantic City está vacía por estas fechas. Seguiríamos teniéndolo para nosotras solas.

—Tu cumpleaños no es hasta dentro de dos meses, ¿no crees que tu padre sospecharía algo, Caroline? —espetó Tiffany con sarcasmo, saliendo del ascensor cuando las puertas se abrieron de nuevo.

Caroline la siguió más colorada que un tomate.

—Kelly, deberías avisar al señor Brian de que esas chicas pretenden prepararle una encerrona. Si son menores de edad podrían meterle en un lío. O mejor déjalo, me encargaré personalmente de comunicárselo. —María José abrió su bolso y comenzó a rebuscar—. Aquí tienes pañuelos, intenta limpiarte un poco —le ordenó a Gema mirando con una mueca la enorme mancha oscura de su vaquero.

Gema aceptó el paquete sin saber muy bien si tratar de secarse o si romper a llorar y usar los pañuelos para sonarse la nariz. ¿Tenía que encontrarse a ese chucho precisamente hoy?

—Si quiere puedo conseguirle el acceso a una habitación y, si me dice su talla, puedo traerle ropa de la boutique o acercarle la mochila de consigna, si lo prefiere —se ofreció Kelly comprensiva.

—Puede cambiarse cuando hayamos resuelto el tema del señor Azaña. Me avisó que tenía una reunión en un rato, sin contar que yo tampoco puedo permitirme el lujo de quedarme mucho más tiempo. Ella tendrá el resto del día para ducharse y cambiarse de ropa.

—No quiero ir a ver a mi abuelo así. Necesito quitarme esto de encima. —Gema alzó la barbilla, decidida a no dejarse achantar.

—¿Tienes a dónde ir aquí, en Nueva York, hasta que tu abuelo acceda a recibirte de nuevo? —preguntó María José, dejándole claro que no iba a ser ella la que la acogería en su casa.

Los ánimos de Gema cayeron a sus pies y se ahogaron en el charco de pis. No había nada que pudiera contestar y la abogada lo sabía. Aunque encontrara un albergue barato y comiera a base de bocadillos, eso afectaría a sus escasos fondos y no podía tocar el dinero para el vuelo de regreso a España. ¿Quería pasarse los días esperando a que su abuelo encontrara un hueco para recibirla, sin saber ni cuándo ni cómo? Gema dejó caer los hombros y negó con la cabeza.

—Bien, en ese caso creo que estamos todas de acuerdo en que cuanto antes dejemos esta reunión atrás, mejor —decidió María José con su mejor tono de mujer de negocios.

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