Cuando su abuelo trata de presionarlos hacia un compromiso, tanto Gema como Brian Riley lo tienen claro y responden con un NO rotundo.

¿Qué mujer cuerda querría casarse con el playboy más cotizado de Nueva York y pasarse el día espantando a mujeres babosas de su camino?

¿Y por qué iba a renunciar un mujeriego a su existencia de placer y libertad para atarse a una chica que no es siquiera su tipo?

Ni la vida, ni las respuestas suelen ser sencillas, pero hay una regla que nunca deberíamos olvidar: ¡lee siempre la letra pequeña!

 

Advertencia: escenas eróticas que harán subir la temperatura a más de uno.

PLAYBOY X CONTRATO

LEER:

Playboy X Contrato

Género: Romance Contemporáneo
 

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CAPÍTULO I

Colocándose un rizo detrás de la oreja, Gema bostezó y echó otro vistazo al enorme reloj de la lujosa

recepción del hotel. Las manecillas doradas parecían negarse a avanzar. Entrelazó nerviosa los dedos y

se movió incómoda en el espacioso sillón de piel. Después de casi diecisiete horas entre tren, vuelos y

esperas en aeropuertos para llegar a Nueva York, permanecer sentada se convertía en la peor de las

torturas, en especial cuando sus párpados insistían en cerrarse y su cabeza parecía querer fundirse con

el respaldo del sillón.

¿Por qué tardaba tanto esa abogada? Quizás debería haber insistido en acompañarla. No acababan de

convencerle las excusas de la mujer para dejarla esperando en el vestíbulo mientras anunciaba su llegada.

Se sentía como una niña a la que la profesora la hubiera castigado a esperar al director del colegio para

que le echara una reprimenda. Ni que le fuera a dar al hombre un ataque al corazón solo por verla entrar

por la puerta. Aunque su abuelo no se alegrara demasiado de conocerla, según la abogada, él ya estaba

más que avisado de que llegaba hoy; después de todo, había sido él quién le había pagado el viaje.

¿Y por qué había dejado que esa mujer la representara de todos modos? Gema se mordió los labios.

Apenas conocía a María José. Había aparecido en el entierro de su madre presentándose como una

amiga de la infancia y no la había vuelto a ver hasta hoy. Una llamada de teléfono y algunos emails

no permitían conocer a fondo a una persona; que fuera abogada y trabajara en uno de los más

prestigiosos gabinetes de abogados de Nueva York, o que hubiese sido la que encontró a su abuelo,

no significaba que tuviera que dejarse manipular por esa mujer, ¿o sí?

«Deja de pensar idioteces, deberías estarle agradecida por lo que ha hecho».

Gema se frotó los ojos. Estaba cansada, demasiado cansada, por eso no paraban de cruzarse pamplinas por su mente. Cuarenta minutos esperando era mucho tiempo, sobre todo, cuando la señora sentada al otro lado del vestíbulo no hacía más que encoger la puntiaguda nariz y fruncir las cejas trazadas artificialmente, observando con desprecio sus viejos vaqueros y las desgastadas zapatillas de deporte. Los pensamientos de la mujer casi se podían leer en rojo fluorescente escritos sobre su estirada frente: «¡¿Quién ha dejado entrar a esta piltrafa aquí?!».

Cuando la señora, aparentemente aburrida de ojearla con disgusto, comenzó a relatarle su opinión en voz alta al chucho gordinflón sentado, altanero, en su regazo, Gema se hundió un poco más en el asiento.

—No sé cómo dejan entrar a cualquiera en un establecimiento de esta categoría. Deberían tener una etiqueta mínima para permitir el acceso a la gente.

El perro entrecerró los ojos saltones y, mirando fijamente a Gema, dio un ladrido como si quisiera dejarle claro que ese comentario iba por ella.

Hasta las narices de la desagradable señora, Gema abrió la boca para responderle y dejarle claro que hoy en día una podía vestir como quería y que acababa de hacer un viaje desde el otro lado del mundo, pero acabó por apretar los labios y morderse la lengua. En un sitio en el que hasta un chucho tan feo como ese llevaba puesto un traje que parecía de Armani, ¿qué podía esperarse? Apostaría que le bastaría soplar en la dirección de la vieja repelente para que esta se pusiera a chillar como una histérica, acusándola de pretender atacarla o robarla o Dios sabría qué más.

«¡Joderrr! ¡Debería haberme cambiado de ropa en el aeropuerto!». Gema ignoró a la vieja y le mantuvo la mirada al bicho de ojos saltones. Ya era sorprendente que una mujer con esos aires tuviera un chucho en vez de un perro de raza, pero más aún uno tan… espantoso. Tenía ojos de loco y la nariz chata como una de esas razas de perros enanas de las que no recordaba el nombre; enormes orejas y las patas zambas de un bulldog. A pesar de su pinta de perro mafioso, con un cuello tan gordo que ni era cuello ni nada, las arrugas en la frente y el hocico con las comisuras de los labios caídas, no parecía agresivo; aunque en aires de superioridad ganaba hasta a su dueña, y eso ya era toda una hazaña en sí misma. «¡Ufff! ¡Y mira que es feo!». Como si la dueña le hubiera leído los pensamientos, rascó al chucho con sus largas uñas de porcelana entre los pliegues de pellejo y retó a Gema con una ceja alzada a que se atreviera a seguir mirando. Gema no entró en el juego. ¿De qué le servía entablar una guerra de miradas con esa desagradable señora? ¿Acababa de darle el título de señora? Debía de ser el cansancio. «¡Vieja bruja!».

 

María José podía haberle avisado de a dónde se dirigían cuando la recogió en la puerta de desembarque del JFK, aunque, contemplándolo desde ese punto de vista, también podía haberle aclarado antes que «tu abuelo trabaja en el sector de la hostelería» significaba que era el dueño de una de las cadenas hoteleras más importantes y lujosas del mundo y no el portero o el cocinero, como Gema había esperado.

Gema se abrazó ante la idea de conocerle. «Abuelo». Se le hacía raro encontrarse a estas alturas de su vida con un hombre por el que debería haber sentido cariño y que debería haber formado parte de su infancia o, lo que era aún peor, de la infancia de su madre y que, sin embargo, no era más que un desconocido sin rostro. Intentó no pensar en cómo el hombre les podía haber ayudado a pasar los apuros económicos y emotivos que supusieron los últimos años de la enfermedad de su madre. Gema tragó saliva e inmediatamente trató de redirigir sus pensamientos en otra dirección. No era el momento de recordar a su madre y venirse abajo.

¿Cómo sería su abuelo? Siempre se lo había imaginado como un señor pobre, uno de esos hombres latinoamericanos que trataban de sobrevivir día a día en las duras condiciones de los Estados Unidos. Una imagen que, a todas luces, no tenía nada que ver con la realidad. De humilde inmigrante a magnate multimillonario había un trecho. ¡Y vaya trecho! Aunque, siendo honesta, hubiera preferido que fuera pobre y tuviese una vida dura, porque así al menos podría haber comprendido que abandonara a su abuela cuando aún estaba embarazada o que no volviera a tener noticias de él.

¿Qué clase de hombre frío y despiadado tenía uno que ser para llegar a esa posición y no acordarse de la hija que había dejado atrás? Ese pensamiento la trajo de nuevo al presente. ¿Qué pensaría de ella cuando la viera? ¿Que venía a mendigarle? ¿Que solo había venido para tratar de sacarle dinero? Gema se apartó el pelo de la cara. ¿En realidad importaba? Desde el entierro había estado conviviendo con la familia de su tío, que no la tragaba ni bajo agua. Seguro que la cara de su abuelo al verla no podía ser peor que la mueca con la cual su tía la saludaba cada mañana, o la indiferencia llena de desprecio con la que sus primas pasaban de ella. Total, probablemente después de hoy ni siquiera tendría que volver a verle.

Gema no esperaba recuperar la relación que nunca tuvieron, se conformaba con las prácticas de empresa remuneradas que María José le había prometido con la ayuda de su abuelo. A un magnate hotelero no debería costarle demasiado sacrificio concedérselas. Al fin y al cabo, bastaba que le diera una oportunidad como la que podía otorgarle a cualquier otra aspirante. Además, seguro que el hotel ofertaba puestos de prácticas de empresas de forma habitual. Era una forma de reducir costes y potenciar la imagen de responsabilidad social de cara a los clientes.

Se fijó en sus vaqueros desteñidos. ¿Le daría tiempo de ir a los aseos a cambiarse? No había esperado que la entrevista fuera nada más llegar, sino que su abuelo se la conseguiría para el día siguiente de su llegada. Tampoco había previsto que sería él quién la entrevistaría. Soltó un bufido de disgusto. ¿A quién quería engañar? Ponerse un traje de chaqueta y una blusa, que a estas alturas estarían más arrugados que unas pasas, tampoco iba a hacerla encajar mejor en ese ambiente de gente adinerada. Ya lo que le faltaba era que la confundieran con una camarera y le hicieran un encargo sin propinas.

 

Escudriñó de nuevo el amplio vestíbulo del hotel, haciendo lo posible por ignorar a la petulante señora y los ojos saltones del chucho mafioso. Sonrió con tristeza al ver a una feliz pareja con su bebé recién nacido. ¿Sería Pedro igual de protector cuando cogiera a su hijo en brazos? Seguro que sí. Él no estaría invirtiendo la mayor parte de su sueldo en sus padres si no fuera así. Suspiró. No es que le reprochara que cuidara de sus padres, pero las cosas habrían sido mucho más fáciles sin esa carga añadida. Aunque fuera egoísta, con sus treinta y un años, ella tenía ganas de terminar de una vez por todas sus estudios, de conseguir un buen trabajo, formar su propia familia y comenzar a disfrutar de la vida. Con el sueldo de Pedro, eso no debería haber sido un problema, si no tuviera que pagar el préstamo de su coche y diera la mitad de su sueldo a sus padres. La determinación volvió a crecer dentro de ella. ¡Lo conseguiría! Estaba aquí para eso, para alcanzar una de sus metas. Las prácticas en una multinacional como esta le abrirían muchas puertas en el mercado laboral y, una vez que consiguiera un buen sueldo, todo lo demás vendría solo.

Detuvo la vista en recepción. Su mirada recorrió las letras doradas de A. Z. Corporation que destacaban con carácter en la pared de madera a pesar de su reducido tamaño. ¿Cuántas veces había visto ese nombre durante sus estudios de Turismo? Ni siquiera las podía contar y, sin embargo, jamás había asociado el nombre del imperio hotelero con el de su familia. ¿Cómo había conseguido María José encontrar a su abuelo y que incluso le pagara el vuelo?

La repentina excitación de las dos chicas tras el mostrador, cuyas caras se habían iluminado de repente mientras cuchicheaban, captó la atención de Gema. Una de ellas se peinó rápidamente con los dedos, en tanto que la otra se abría un botón de la blusa y se mojaba los labios para dejarlos brillantes. Gema siguió su mirada hasta la puerta de entrada de cristal. También el portero parecía tener la espalda más recta ahora, pero eso no fue lo que la hizo pestañear, sino el gigante rubio castaño que se veía al otro lado.

Por si su altura o la forma en que rellenaba su elegante traje de chaqueta gris no hubieran sido ya lo suficientemente llamativas, su sonrisa de actor de cine hacía el resto. A Gema no le extrañaba que la mujer que le tocaba el brazo y lo que parecían ser sus dos hijas adolescentes estuvieran compitiendo por la atención del guaperas.

¿El hombre mayor que observaba la escena con el ceño fruncido sería el marido ignorado?

—¿Gema?

Gema dio un respingo sobresaltado ante la voz exigente de María José.

—¿Sí? —Gema se levantó apresurada.

—Ya he hablado con tu abuelo —la informó María José echando un vistazo a su reloj de pulsera—. Te recibirá ahora.

—¡Oh! —Gema parpadeó sin saber muy bien qué decir. La abogada lo había dicho como si fuera una concesión, pero ¿no era para eso para lo que su abuelo la había hecho venir?

María José no parecía tener intención de explicarle qué era exactamente lo que había hablado con él y la empleada del hotel, a su lado, se limitaba a estudiarla con disimulada curiosidad.

—La señorita… Eh… —María José echó un rápido vistazo a la tarjeta de identificación que la chica llevaba sujeta a su chaqueta azul marino—, Kelly, nos acompañará al despacho de tu abuelo.

 —Encantada de conocerla, señorita Fuentes. —Kelly le ofreció la mano con una amable sonrisa.

—Gracias, igualmente, Kelly.

Gema intentó sonreír, pero, con la repentina sensación ácida extendiéndose por su estómago y la debilidad adueñándose de sus piernas, no resultaba nada fácil. Iba a conocer a su abuelo… A un rico hombre de negocios que jamás había querido saber nada de su madre y que, probablemente, ni se había enterado de que ella existía hasta que María José lo contactó. Gema tragó saliva.

—Uhm… ¿Kelly? ¿No habrá algún sitio donde podamos dejar el equipaje de la señorita Fuentes? —preguntó María José estudiando con el ceño fruncido la enorme mochila de montaña apoyada en el sillón.

Gema sintió cómo le subía el calor por las mejillas. Sabía que la mochila no era muy elegante, pero era lo único que había podido encontrar. Nadie iba a prestarle una maleta durante un trimestre entero cuando las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina. Ya era una suerte que aún conservara esa mochila de sus días de campamentos de verano.

—Por supuesto. Pueden dejar la mochila en la consigna si lo desean —ofreció Kelly con amabilidad.

 —Se lo agradecería mucho —accedió Gema, aliviada por no tener que presentarse como la nieta pobre y paleta que viene del pueblo cargada con su hatillo.

Gema siguió a Kelly hasta el cuarto de consignas, donde la mochila llena de bultos sobresalía junto a los elegantes conjuntos de maletas rígidas como un destartalado Seiscientos en un concesionario de Ferrari. Gema se mordió los labios cuando la pesada mochila no quiso quedarse quieta.

—¡Ufff! Lo siento, hoy no parece ser mi día. —Gema hizo una mueca cuando la mochila cayó por tercera vez, tirando dos maletas al suelo.

—¿Qué estáis haciendo? Tu abuelo nos está esperando, Gema. Pensé que lo mínimo que querrías sería causarle una buena primera impresión —amonestó María José desde la puerta ojeando impaciente su reloj.

—Sí, claro… —Gema levantó una maleta, mientras Kelly se encargaba de poner en pie la otra.

Respiró aliviada cuando comprobó que no se habían arañado. Kelly sonrió.

—¿Me deja? Estoy acostumbrada a pelearme con este tipo de mochilas. Uso una igual cuando voy al lago con mis hermanos. —Kelly se hizo cargo de la mochila, tendiéndola en una de las estanterías—. Todo listo. ¿Nos vamos?

«¡Mierda! ¿Por qué no se me habrá ocurrido tenderla? ¿Se puede ser más torpe?».

—Sí, gracias. —Gema asintió impotente, cruzando los dedos para que su torpeza se tomara un descanso durante el encuentro con el hombre que María José afirmaba que era su abuelo.

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