MUSO

a Tiempo Completo

¿Qué podría ocurrir si una escritora ermitaña se tropezase con el protagonista de sus novelas románticas?

¿Y si encima se fijara en ella? 

Jul Nez. Julián... Ese es el nombre del cantante que suelo usar de protagonista para mis novelas. Además de multimillonario, exitoso y de tener una voz que derrite las brag... eh... corazones de sus fans de solo escucharlo, tiene un cuerpo para chuparse los dedos. Obvio, ¿no?

Pero en realidad no es por eso por lo que no puedo quitármelo de la cabeza. Es por su mirada, esa con la que consigue que, al otro lado del planeta, creas que eres la única mujer de su vida aunque no lo conozcas y esa otra, que intenta ocultar, en la que se transparenta su vulnerabilidad, su miedo a que el éxito lo devore.

Los hombres como él no se fijan en mujeres del montón como yo. Ser luchadora, responsable (casi siempre) y alguien que presume de vivir con los pies en la tierra y que reserva deja los tacones para esas fiestas a las que evita ir, no ayuda a competir con modelos que nacieron para llevar vestidos de alta costura y diamantes.

Las mujeres como yo somos invisibles, o lo somos hasta que alguien ve nuestra foto en la contraportada de un superventas o cuando nuestro seudónimo aparece en la lista del New York Times. 

Supongo que debería haber previsto que, cuando dos personas, tan diferentes como Julián y yo, pasan juntas unas veinticuatro horas inolvidables, solo acaban liándola. Supongo que son el tipo de cosas que ocurren cuando las chicas con los pies en la tierra nos ponemos tacones y soñamos con ser algo que no somos.

Ahora ya no hay vuelta atrás. Es demasiado tarde para arrepentirse, aunque él aún no lo sabe.

MUSO

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CAPITULO III

Tamara

Tras el banquete, Stephen me llevó a un rincón más o menos privado del jardín, en el que había dispuestos una serie de sillones con vistas al lago.

—Estás molesta conmigo. —Stephen se sentó a mi lado. 

—¿Por qué iba a estarlo? —pregunté sin ocultar la ironía en mi tono.

Con un profundo suspiro se rascó el pecho.

—Escucha, Tamara, entiendo que puedas querer a Julián en el personaje del mago. Lo reconozco, el papel le iría como anillo al dedo, pero debes comprender que, con lo solicitado que está y el escaso tiempo del que dispone, supone prácticamente un milagro que vayamos a tenerlo en la saga. 

—Jamás he afirmado lo contrario —recalqué con frialdad.

—Me consta, y también sé que estás enfadada porque te aparté con la excusa de la cena. No soy tan tonto como aparento ser —explicó con una mueca que consiguió que se me suavizara el mosqueo.

—No me agrada que me traten como si fuera una niña consentida a la que hay que acallar.

Stephen se puso serio.

—En ningún momento fue mi intención hacerte sentir así. Conozco a Julián, no lo ha tenido fácil para llegar hasta donde está y eso lo ha vuelto receloso y desconfiado. En el mundo de la música y el espectáculo los latinos tienen que trabajar el doble por cada oportunidad que reciben y, cuando has tenido que sufrir los rechazos que él ha recibido o las zancadillas y desprecios a los que se ha enfrentado, eso deja huella. Noté cómo estaba reaccionando contigo y preferí atajar la situación. No fue nada más que eso.

—¿A qué te refieres? —indagué con cautela.

—Estaba molestándose y deduzco que lo hacía porque creía que no lo considerabas capaz de desempeñar el rol de rey o que no se lo merecía. 

—¡Eso es una estupidez! —Lo contemplé boquiabierta—. Si fui yo misma la que te contó lo que me ilusionaría.

—Nos consta a ambos, pero dudo que él lo viera así. 

—¿Y por qué no me dejaste aclarar las cosas? 

—No estaba seguro de que fueras a hacerlo y quería hablar contigo antes de que perdiéramos al que, sin duda, será la estrella de este proyecto.

—¿Y por qué no lo aclaraste tú? —le espeté mordaz.

¿Cómo había podido siquiera pensar que fuera a joderle su trabajo? ¡Era mi proyecto! Incluso mucho más que el suyo. Stephen tuvo que notar mi nuevo enfado, porque se frotó el puente de la nariz.

—La estoy cagando, ¿verdad?

—Bastante, diría yo.

—De acuerdo, creo que es mejor ser sincero. —Stephen me cogió ambas manos entre las suyas y me miró a los ojos—. Me vi en una tesitura en la que temí que fuera a tener que tomar una elección que implicara apoyarte a ti o a él. Siempre, o casi, suelo anteponer criterios profesionales a personales, pero contigo… No sé lo que habría hecho y eso… —Sacudió la cabeza—. No voy a decir que me entrara pánico, pero definitivamente fue lo que me impulsó a huir de tener que enfrentarme a una decisión así.

—Ah… vaya… —No supe muy bien qué contestar a eso. ¿Stephen acababa de confesarme que le interesaba a un nivel personal? ¿Cómo de personal?—. Por mi parte no hay problema si él no quiere ser el mago.

—Gracias por ser tan comprensiva. —Él me apartó un mechón de la mejilla y me lo colocó detrás de la oreja, rozándome en una delicada caricia en el proceso.

—No hay de qué, de hecho, ni siquiera tenías por qué tener en cuenta lo que opino al respecto. Me estás dejando participar y solo por eso ya te estoy agradecida —admití.

Sus ojos se posaron en mí calmados, algo serios.

—Tengo que confesar que rara vez dejo que un autor me influya más allá de la escritura del guion, o para que me explique algún detalle o punto de vista, pero, en tu caso, vives esos mundos que has creado de un modo tan auténtico que resulta difícil no quedar atrapado por la magia que transmites. Me gusta eso de ti y me encantaría probar a que colaborases en la filmación y comprobar cómo funciona. Eso sí, no puedo garantizarte nada, solo puedo prometerte que oiré tus ideas y opiniones —me advirtió con honestidad.

Solo por aquello ya me entraron ganas de lanzarme a su cuello y besarlo, pero me recordé que, a veces, es mejor parecer una profesional, algo que de costumbre se me daba fatal.

—Hagamos la prueba y ya vemos. —Le apreté la mano con bastante más entusiasmo del que pretendía mostrar.

—Perfecto. Si me disculpas un segundo, me temo que mi ayudante está tratando de llamar mi atención —me dijo, señalando con la barbilla hacia la mujer que se encontraba a unos siete metros de nosotros saludando impaciente con la mano.

—Claro, no te preocupes.

El beso en la mejilla que Stephen me dio fue tierno, suave, casi etéreo. Me toqué el imaginario rastro mientras dividida lo seguía con la mirada. Era cariñoso, educado y parecía valorarme tal y como era. ¿Por qué no me invadían las ansias por correr tras él para ofrecerme en bandeja?

Jul Nez apareció en la terraza de acceso al jardín con una bebida en la mano y, por una vez, solo. Solté un suspiro. No dejaba de ser un niñato ambicioso y algo crecido, pero era guapo y sabía lo que quería. Antes de que pudiera pensármelo me incorporé y me dirigí hacia él.

—¿Podemos hablar un minuto a solas?

Apretó los labios sin tratar de disimular que yo no le caía en gracia, sin embargo, acabó por encoger los hombros.

—Por supuesto, por qué no.

—Creo que conozco un sitio tranquilo en el cual podemos sentarnos.

No se me escapó la manera en la que arqueó la ceja antes de que me girara para dirigirme a la biblioteca. Tampoco esperé a comprobar que me siguiera. No me importaba. Si no deseaba enterarse de lo que tenía que decirle, entonces era él quien se lo perdía.

En la biblioteca me senté en uno de los sillones de piel que se encontraba en una esquina. Me encantaba aquel lugar con paredes llenas de libros y espacios para disfrutar de la lectura. Aquella estancia y los exteriores de la casa eran lo que más le envidiaba a Stephen.

—¿Y bien? ¿No piensas sentarte? —increpé a Julián.

—Usted dirá —contestó con una pasmosa calma, cuando estiró las piernas sobre el sofá y tomó un trago.

Ignoré su sarcasmo y apoyé los codos sobre mis rodillas.

—Necesito, solo por un minuto, que abras tu mente a lo que quiero explicarte. —Que alzara ambas cejas con exageración, como quien finge prestar una atención especial a una niña pequeña, me hizo rechinar los dientes—. Me han explicado que posiblemente te haya molestado que opinara en alto que tu papel ideal en la película es el del mago y no el del rey.

Me estudió por encima del borde de su vaso antes de replicar.

—Me desagrada que se interpongan en mi trayectoria o que traten de imponerse a mí cuando no me conocen ni de lejos. 

—Tiene su lógica —accedí con sencillez—, pero aclárame una cosa, ¿te has leído las obras que componen la saga? —No necesité que me confirmara que no lo había hecho, resultaba notorio en su expresión—. Imagino que eso significa que desconoces que el mago es el último de los hermanos en encontrar su destino, lo que implica que no tienes ni idea de que el rey protagoniza el primer libro, pero que, a partir de ahí, apenas tiene relevancia en los venideros, mientras que el mago está presente en cada uno de ellos, y su protagonismo va incrementándose hasta que al final se convierte en la figura masculina más importante de todas.

Dejé que mis palabras penetraran en su cráneo fosilizado y que dispusiera de tiempo para asimilar lo que intentaba comunicarle. Por una vez comprendí por qué solía usar gafas de sol a todas horas, incluso en las entrevistas televisivas. Aun con el control que ejercía sobre sus expresiones, sus ojos lo delataban. Y si había algo que detectaba en ellos en ese mismo instante, sin duda, era sorpresa y sospecha.

—De modo que no —continué—, mi objetivo no era perjudicarte en absoluto, te estaba recomendando como mi personaje favorito, con el que considero que podrías alcanzar más éxito que ninguno de los demás actores.

—¿Qué te hace estar tan segura?

—¿De que una buena parte de las seguidoras de la historia se enamorarán del mago en la primera película y que acabarán por volverse locas por él? —Encogí un hombro—. Porque es un tipo adorable, un tanto cabrón, a la vez que vulnerable, y el más galán y seductor de los hermanos. También lo sé porque soy mujer y, además, porque estoy en contacto con mis lectoras y, si las películas son medianamente parecidas a los libros, las fans querrán saber qué ocurre con Zadquiel y Neva.

—¿Y por qué crees que el último protagonista será el que más recuerdos deje? Estamos hablando de cinco hermanos. —A pesar de la pregunta, resultaba evidente que había despertado su interés.

—Porque es el que mayor expectativa genera y quien tendrá que hacer el sacrificio más grande y doloroso por la mujer que ama —respondí sin vacilar.

—¡Van a comenzar los fuegos artificiales! —vociferó alguien desde el salón.

Me levanté y lo miré.

—Si solo se hace una filmación, sin duda habrás hecho bien en ser el rey y pegarás el pelotazo que querías. Aunque, claro, puede que no haya sido tan exitoso después de todo y que la culpa del fracaso te la echen a ti —me burlé con sequedad—. Pero, si se llegan a filmar las cinco películas que están previstas, entonces te habrás perdido el convertirte durante esos años en el sueño húmedo de millones de mujeres de cualquier edad. —En el mismo momento de decirlo me di cuenta de que, en realidad, ya era esa fantasía erótica para las mujeres de medio planeta.

Sin esperar su respuesta me marché. Fue al llegar a la puerta cuando sentí la urgencia de devolverle algo del cinismo con el que me había estado despachando.

—Ah, y para la próxima vez, haz los deberes o al menos indaga antes de juzgar a otros por ir en tu contra.