MUSO

a Tiempo Completo

¿Qué podría ocurrir si una escritora ermitaña se tropezase con el protagonista de sus novelas románticas?

¿Y si encima se fijara en ella? 

Jul Nez. Julián... Ese es el nombre del cantante que suelo usar de protagonista para mis novelas. Además de multimillonario, exitoso y de tener una voz que derrite las brag... eh... corazones de sus fans de solo escucharlo, tiene un cuerpo para chuparse los dedos. Obvio, ¿no?

Pero en realidad no es por eso por lo que no puedo quitármelo de la cabeza. Es por su mirada, esa con la que consigue que, al otro lado del planeta, creas que eres la única mujer de su vida aunque no lo conozcas y esa otra, que intenta ocultar, en la que se transparenta su vulnerabilidad, su miedo a que el éxito lo devore.

Los hombres como él no se fijan en mujeres del montón como yo. Ser luchadora, responsable (casi siempre) y alguien que presume de vivir con los pies en la tierra y que reserva deja los tacones para esas fiestas a las que evita ir, no ayuda a competir con modelos que nacieron para llevar vestidos de alta costura y diamantes.

Las mujeres como yo somos invisibles, o lo somos hasta que alguien ve nuestra foto en la contraportada de un superventas o cuando nuestro seudónimo aparece en la lista del New York Times. 

Supongo que debería haber previsto que, cuando dos personas, tan diferentes como Julián y yo, pasan juntas unas veinticuatro horas inolvidables, solo acaban liándola. Supongo que son el tipo de cosas que ocurren cuando las chicas con los pies en la tierra nos ponemos tacones y soñamos con ser algo que no somos.

Ahora ya no hay vuelta atrás. Es demasiado tarde para arrepentirse, aunque él aún no lo sabe.

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MUSO

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CAPITULO II

Tamara

Después de media hora de presentaciones, saludos y esforzarme por descifrar los acentos de los invitados, mi sonrisa se había congelado sobre mis labios, tenía la cabeza a punto de estallar y no me hubiera importado ni lo más mínimo deshacerme de los tacones. Por desgracia, intuía que aún me esperaba al menos otra hora de aquella tortura sin poder esconderme en algún recoveco, en especial, porque Stephen parecía haberse propuesto presentarme a toda la población de Los Ángeles y no se separaba de mi lado.

—¿Considerarías atrevido por mi parte si te confesase que luces espectacular esta noche? —me preguntó Stephen en cuanto Lorraine se despistó y nos quedamos a solas entre la multitud. 

Arqueé una ceja y lo recorrí con la mirada.

—Bueno, depende de si yo puedo decir lo mismo —bromeé.

Los labios de Stephen se curvaron hacia la izquierda.

—Te garantizo que es algo que me moriría por escuchar.

—En ese caso… —Fruncí los labios mientras volvía a estudiarlo con descaro—. Diría que las camisetas te quedan fenomenal, pero en traje chaqueta estás…

—¡Stephen! ¡Por fin te encuentro! He estado buscándote desde hace rato. ¿Dónde te habías metido? —La rubia con curvas de vértigo que se acercó a él prácticamente lo envolvió como una hiedra con su cuerpo.

—Pues no me he movido de la fiesta. —Stephen deshizo el nudo de sus brazos con frialdad y se apartó de ella—. Amanda, deja que te presente a mi invitada de honor. 

Si las miradas mataran me habría desplomado fulminada sobre el suelo. Intenté mantenerle la mirada a la curvilínea Amanda mientras Stephen hacía las presentaciones, pero era difícil mantener la vista fija cuando sus pómulos parecían dos globos hinchados y sus labios estaban tan rellenos de silicona que una se preguntaba si acabarían reventando. 

—Encantada —dije por mera educación, alegrándome de que no se le ocurriera ofrecerme una de aquellas manos con uñas tan curvadas como la cola de un arraclán.

Ella se limitó a mostrar una mueca que, con mucha fantasía, podía entenderse como una sonrisa y siguió hablando con Stephen al tiempo que lo tocaba con posesividad, dejando patente su reclamo sobre él.

Supongo que en condiciones normales me habría molestado aquella situación que, cuando menos, resultaba incómoda, y probablemente lo hubiese hecho si mi mirada no hubiera caído sobre el galán rodeado por mujeres en la otra punta del salón. Incluso sin haberme encontrado jamás con él en persona, era inconfundible. Era de los pocos famosos que en la vida real eran idénticos a como aparecían en las revistas y los medios sociales. Quizá más alto de lo que había esperado.

Tragué saliva cuando me pescó estudiándolo. Debería haber apartado la mirada en cuanto lo hizo, pero fui incapaz. Era como si sus profundos ojos color miel tuvieran un imán que me atrapase y me mantuviera hipnotizada. Me sonrió y atendió de nuevo a las féminas que lo asediaban.

Treinta segundos de atención a cambio de tres años de tenerlo presente en mi día a día. Patético y decepcionante eran solo algunas de las descripciones que se me venían a la mente y, sin embargo, lo único de lo que tenía ganas era de acercarme a él para olerlo y tocarlo, y contrastar, hasta qué punto, se parecía al hombre que había creado en mi imaginación y el que había protagonizado la mayoría de mis novelas. Nunca nadie sabría que se trataba de él, ni siquiera él mismo. Era una verdad demasiado bochornosa e íntima para admitirla en público.

Bastaba la visión de la barba recortada para que me picasen las palmas por tocarla y comprobar su tacto. Era justo así como estaba cuando acariciaba el cuello de las protagonistas de mis libros y las hacía estremecer de placer, cuando se convertía en su perdición.

—Veo que ya lo has visto.

Me giré sobresaltada hacia Stephen que también miraba a la esquina. Mi rostro no podía haberme traicionado hasta el grado de revelarle mis vergonzosos pensamientos, ¿cierto?

—¿A Jul Nez? —pregunté con un tono casual, rezando para que no me temblara la voz. 

—Sí, recuerdo lo convencida que estabas de que debía ser uno de los personajes de la serie.

—Cierto. Él y Chris Cárter son los dos que más claros tenía.

—Pues ven. Te he guardado una sorpresa para esta velada. —Stephen entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí.

Mi corazón comenzó a latir como si quisiera escapar de mi pecho, mi garganta se secó y tuve que secarme la mano libre varias veces en la falda mientras cruzábamos la sala, atestada de gente, para dirigirnos hacia el hombre de mis sueños. Mi mirada volvió a cruzarse con la de Jul Nez y, por un instante, pensé en descubrir un atisbo de satisfacción en sus ojos al ver que me acercaba a él, pero, tal y como bajó la vista hasta mi mano unida a la de Stephen, devolvió su atención a una morena que si no era modelo poco le faltaba.

—Señoritas, me permiten un momento —se disculpó Stephen al abrirse paso hacia él.

A él no pareció importarle en exceso que Stephen lo librara de una parte de las admiradoras que lo rodeaban. Sus inteligentes ojos nos estudiaron, pero no habló cuando Stephen me cogió por los hombros y me colocó delante de él.

—Tamara, deja que te presente a Julián Ordóñez, tu rey.

Negué de forma automática ante aquel abismal error.

—Es Zadquiel —lo corregí con un murmullo áspero.

—¿Perdón? —Stephen sonó sorprendido y Julián frunció el ceño.

—Nunca fue el rey, es el mago, Zadquiel.

La mirada de Julián se enfrió, pasando de un cálido color miel a un tono que me recordó al café amargo.

—Me temo que está confundida. Stephen me ha ofertado el papel del rey, no habría firmado el contrato de no ser así. ¿No es así, Stephen? —A pesar de que la pregunta iba destinada al hombre a mi espalda, los gélidos ojos castaños se mantuvieron sobre mí.

Abrí la boca para protestar cuando reverberó una campana y el amplio salón se llenó de un evidente revuelo.

—Es la cena. Podemos hablarlo mientras comemos —me dijo Stephen, girándome con delicadeza hacia una de las grandes puertas correderas que llevaban al jardín.

Me sentí como una niña malcriada a la que arrastran a su cuarto con la intención de castigarla. ¿Qué demonios se suponía que había hecho? ¿Insinuar que Julián era el muso con el que soñé al crear a Zadquiel? Apreté los labios. ¿Desde cuándo eso se había convertido en un pecado?