EL CUENTO DEL LOBO

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CAPITULO IV

Mientras tamborileaba impaciente sobre el volante, Cael no perdió de vista la entrada a la casa palacio. El flujo de invitados que se marchaban estaba decreciendo y la calle iba quedándose desierta, pero Belén seguía dentro. Odiaba esa sensación de no poder sentirla a través de aquellos gruesos muros a pesar de tenerla tan cerca.


Había supuesto que en cuanto descubriera que le había quitado el bolso, iría flechada tras él. Parecía haberse equivocado. ¿Tan convencida estaba de que se quedaría esperándola que ni siquiera hizo el intento de seguirlo? ¿O era tanto el desprecio que le causaba que prefería perder las alhajas a tener que enfrentarse con él? No, no lo creía. Su comportamiento en el aseo no era como si le hubiera dado asco precisamente; había comprobado que era orgullosa y cabezona como ella sola, aquellas joyas siempre habían sido lo más valioso para ella.


Resopló con amargura y se pasó los dedos por el cabello. Le habría gustado que alguna vez lo hubiera tocado con la misma admiración y reverencia con la que solía acariciar aquellas piedras. Parecían tan valiosas para ella que incluso, en alguna ocasión, la había descubierto durmiendo agarrada a una de ellas bajo la almohada, como si eso ayudara a calmarla y a darle seguridad.
 

¿Sería consciente de que él elegía aquellas gemas entre las más hermosas que existían en su dimensión? ¿Que, incluso, a veces, había ido él mismo a buscarlas con tal de conseguir ese brillo de felicidad que le iluminaba el rostro al ponérselas?
 

Estudió la abultada bandolera tirada en el asiento del pasajero. Poco a poco una oscura comprensión invadió su consciencia. Metió la mano y cogió un puñado de joyas. Maldijo al observarlas. ¡¿Cómo había podido ser tan estúpido de no comprenderlo antes?! ¡Ella las había llevado a ese sitio con la intención de venderlas! No eran las gemas en sí lo que le importaba a Belén, ni que él las hubiera elegido, trabajado, pulido y dado forma pensando en ella. Donde él había querido hacerla feliz y realzar su belleza a fin de que toda la corte pudiera admirarla, ella siempre las había visto como un mero artículo de pago que planificaba vender a la primera oportunidad. Las piedras rechinaron unas contra otras al apretar el puño. ¡Había sido un maldito idiota!
 

Era su shangrile, su pareja de sangre. Se había preguntado miles de veces cómo era posible que entre todas las mujeres el destino le hubiera elegido a una arpía pelirroja, avariciosa y fría como el hielo, y no pudo hacer otra cosa que preguntarse lo mismo una vez más. Sospechaba que ella jamás iba a agradecerle todos los regalos que le hacía y que nunca valoraría que le regalara las alhajas más caras y preciosas de la corte, pese a que tenía el derecho a coger de ella lo que quisiera sin ofrecerle nada a cambio —al menos, hasta que Neva le informó que no era, ni jamás había sido, una esclava sexual—, pero, aun así, no había esperado que fuera a vender sus presentes y entregarlos a sangre fría a manos ajenas. Y esa era la única explicación que tenía para el hecho de que ella llevara esa cantidad de joyas encima. Le costó todo su control no estampar el bolso contra la luna del coche.
 

Después de los meses que habían pasado juntos seguía sin entenderla. Había pensado que la admiración en sus ojos había significado que le gustaban, si bien comenzaba a comprender que lo único que había visto era el valor económico, no la belleza ni la intención que se escondían tras sus regalos.
 

En cuanto salió el último grupo de invitados de la casa palacio y el portón se cerró tras ellos, Cael apretó los dientes. ¿Dónde demonios estaba Belén?
 

De repente, la puerta del coche se abrió de golpe. Cael reaccionó de manera automática lanzándose encima de la oscura silueta que trataba de cogerle por el cuello. Demasiado tarde se percató de que era su hermano, quien lo arrojó de modo violento encima del capó para mantenerlo sujeto allí. Cael procuró serenarse.


—Maldito hijo de perra. ¡Me engañaste! Eras consciente de que yo también tenía que ir a por mi pareja y, en lugar de llegar a un acuerdo conmigo, te largaste sin más dejándome a mí la responsabilidad de no dejar a Azrael y a su nueva familia desprotegida —siseó Malael furioso mientras sus dedos se apretaban alrededor de su cuello.


Sin apartarle las manos, Cael invirtió su posición al coger impulso y empujar a Malael contra uno de los robustos muros de piedra. La nueva posición le concedió unos segundos de respiro, si bien no evitó que se sintiera culpable al pensar en su hermano, el rey, su esposa humana y su bebé.


—Ya era hora de que saliéramos en busca de nuestras shangriles para llevarlas de regreso. Nuestra princesa se encuentra bien y el reino está estable. Azrael puede apañárselas unos días sin mí.
—No se trata de ti, maldito capullo, sino de que Neva sigue con Zadquiel retenido y de que Rafael ha desaparecido. Tú y yo éramos los únicos que quedábamos. Es nuestra responsabilidad que uno de nosotros permanezca siempre acompañando al rey y a su familia.
—¿Y entonces qué haces aquí? —espetó Cael.

 

Malael le mostró los colmillos extendidos, le practicó una llave doblándole el brazo en la espalda y se giró para estamparlo contra el muro.


—La pregunta es: ¿qué haces tú aquí? —gruñó Malael.
—¿Acaso no es obvio? Perseguir a mi shangrile. —Cael lanzó la cabeza hacia atrás, cosechando un gemido adolorido de Malael al impactar contra su pómulo y el tiempo suficiente para lograr que se distanciara un paso y librarse del agarre que tenía sobre su brazo.
—¿Y por qué no avisaste y lo echaste a suertes conmigo? Habría sido lo más justo para determinar quién tenía el derecho de ir el primero a por su mujer —masculló Malael dirigiéndole un derechazo a su cara.
—La mujer de Azrael dejó claro que la tuya regresaría a la dimensión. A ti te basta con esperarla allí —replicó Cael doblándose hacia atrás para escapar del golpe.
—¿Y qué? Eso no significa que tenga que dejar pasar siglos a que eso ocurra.


Siendo una humana, lo de los siglos era a todas luces una exageración, si bien al reconocer la angustia y la humillación en los ojos de Malael, a Cael se le pasó el enfado y dejó de luchar. Soltó un jadeo ante el impacto del férreo puño de su hermano en su estómago.


—Tuve el presentimiento de que la mía estaba en peligro —confesó sujetándose la parte lastimada.
—¿Qué? —Malael se incorporó y dejó caer los puños—. Pensé que no consumaste la conexión.
Cael cabeceó.
—No lo hice, pero está claro que la sangre que he tomado de ella me permite sentirla cada vez que está muy alterada.

 

Malael asintió y retrocedió un paso. Tras arreglarse la camisa y la chaqueta, estudió con gesto grave el enorme edificio en el que seguía Belén.


—Esa es la central de los magos que nos atacaron.
—Lo sé. Estuve interrogando a algunos de los guardias que Rafael apostó para mantener la vigilancia. Creen que está cociéndose algo —explicó Cael frotándose la zona del cuello en la que los dedos fantasmas de Malael parecían seguir incrustados.
—¿Has contemplado la posibilidad de que tu pelirroja esté implicada? Puede que no fuera casualidad que desapareciera la misma madrugada en la que nos atacaron los magos.
—La tuya desapareció con ella. ¿También crees que pueda estar implicada en el ataque? —le replicó Cael malhumorado.
Malael apretó la mandíbula.
—No es una opción que descarte. Estamos siguiendo las pistas que dejó.
Cael suspiró.
—Espero que no lo sean, ninguna de las dos. Belén estaba atemorizada cuando la encontré, no debería haberlo estado si los magos forman parte de sus amistades.


Malael señaló las joyas derramadas por el coche.


—¿Y esas alhajas? ¿Por qué iba a traerse esa cantidad para una fiesta? ¿No podría ser que tratara de ayudar a la financiación de la secta? ¿O que quizás pretendiera comprarse una posición en la cúspide de la organización?
—Es una posibilidad. —Una  que Cael prefería no contemplar. Apretó los puños. No quería creer que fuera posible. No podía aceptarlo. Si fuera cierto…
—Si consideras que está en peligro, ¿por qué no la has sacado ya de allí? —continuó Malael.
Cael se pasó la mano por el cabello.
—Estuve con ella y estaba bien. Creí que le había puesto un señuelo para que saliera por sí misma, pero me equivoqué. Supongo que debería haberme tragado el orgullo y haber ido a buscarla y sacarla por la fuerza, en especial, porque no soy capaz de sentirla a través de esos muros.


Malael asintió, sin dejar de contemplar el antiguo edificio con el ceño fruncido.


—Son listos, no solo disponen de la última tecnología de inhibidores radioeléctricos, sino que también usan pantallas mágicas para protegerse y mantener la confidencialidad del interior. Lo que me hace plantearme cómo conseguiste acceder sin que saltaran todas las alarmas.
—Usé a una chica para que me invitara a entrar con ella, eso rompió la barrera mágica que me impedía el paso. Dedujo que por ir vestido de negro era uno de los suyos.
—¿Usaste tus armas de seducción con otra mientras tu shangrile estaba en los alrededores? —Malael enarcó sus cejas—. ¿Tenías ganas de que te sacara los ojos de las órbitas? No concibo a tu fiera pelirroja quedándose cruzada de brazos si te pesca con otra.
—No me vio, ni hice nada de lo que arrepentirme, además, a ella le importa un bledo lo que haga con otra —gruñó Cael.
—Tal vez, o tal vez no. —Malael movió la cabeza y se cruzó de brazos—. Si quieres recuperarla, yo procuraría no jugármela tan tontamente. Lo que me lleva de regreso a la cuestión inicial: ¿por qué no la has sacado aún de allí?


Cael encogió los hombros.


 —No lo sé. Por idiota, supongo. Es mi shangrile. Quería que me siguiera por voluntad propia. En parte por mi estúpido orgullo masculino, y por otro, porque considero que es hora de que hagamos las cosas bien. Bastante hemos metido ya la pata.
Malael se masajeó el puente de la nariz.


—Te comprendo.


—Prometo que voy a darme toda la prisa que pueda y que, en cuanto la tenga sana y salva en Palacio, podrás ir a por la tuya —le prometió Cael.
—Te doy tres días. Si no lo has conseguido para entonces, será mi turno. Y no es una negociación. Me las trae sin cuidado si tengo que ordenarles a los hombres que la cojan y encarcelen en Palacio. Es tu problema de cómo te las apañes luego para calmarla y lograr que te perdone.

 

Cael abrió los ojos espantado.


—¿Tres días para seducirla y que regrese conmigo? ¿Te has vuelto loco? ¿Tienes idea de lo terca que es? ¡No puede ni verme! ¡Y menos tras haberle quitado las…! —Cael alzó las manos ante la mirada asesina de Malael—. Vale, vale. Conseguiré que me perdone en esos tres días —masculló preguntándose cómo iba a conseguir en tan poco tiempo algo que había sido incapaz de lograr en meses.


—Tengo que regresar junto a Azrael. No me gusta dejarlo solo. —Malael estudió con rostro preocupado el firmamento nocturno—. ¿Y no crees que deberías empezar a espabilarte si quieres ir a por ella? El amanecer esta cercano.


Cael siguió la dirección de su mirada. Malael tenía razón. En cuestión de una hora, o menos, habría amanecido.
 

—Esperaré a la salida del sol. Si es una emboscada, no creo que estén alertas después del amanecer. Dudo mucho que sepan que soy de los pocos de nuestra especie capaces de salir de día.
 

—Si esperas al amanecer, los guardias que tenemos apostados no podrán ayudarte —lo avisó Malael.
Cael asintió.

 

—Lo sé. De todos modos, no hay mucho que puedan hacer. No pueden irrumpir sin poner en marcha todas las alarmas y eso solo la pondría en peligro. No te preocupes por mí. Estaré bien.
 

Malael asintió y le plantó una mano en el hombro.
 

—Ten cuidado, hermano. Sé lo que ella significa para ti, pero apenas la conocemos y ya sabes los resultados que arrojaron las investigaciones. No te dejes cegar por el vínculo que te une a ella.
 

—No lo haré —le aseguró Cael con más firmeza de la que sentía.
 

—¿Qué harás si es una de ellos?
 

—Me la llevaré por la fuerza… —Cael alzó la vista y contempló las estrellas—. Si es una traidora y no tiene remedio seré yo mismo quien acabe con ella.
 

Malael le apretó el hombro.
 

—Cuídate, hermano, y no dudes en pedir ayuda si la necesitas.
 

Cael observó cómo desaparecía entre las sombras y echó un último vistazo a la casa palacio, donde se apagaban las luces tras las cortinas.


Belén seguía dentro y la cuenta atrás había comenzado.

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A Belén nunca le había gustado el cuento de Caperucita Roja, de hecho, lo odiaba. Estaba hasta las narices de que la compararan con una niñata tonta y caprichosa con capa solo por tener el cabello cobrizo. Era huérfana, las flores le producían alergia y ver un lobo de lejos la habría hecho salir huyendo o sacar una escopeta para matarlo. Probablemente, lo segundo, porque si algo había aprendido de su secuestro en la otra dimensión era que cualquier cosa era posible, y solo Dios sabía en qué más podía convertirse una de esas bestias peludas con colmillos y ojos luminosos.

Puede que, si no le hubiera tenido tanta tirria al dichoso cuento de Caperucita, se hubiera dado cuenta del mensaje que escondía: «No te desvíes de tu camino y ve derecho a tu destino»; pero ya era tarde para eso. Solo ella podía acabar encerrada en la celda de un apestoso sótano con un chucho gruñón como única compañía, en tanto que sus sueños seguían siendo invadidos noche tras noche por el único hombre capaz de convertir el odio en la pasión más desenfrenada y el desdén, en pura necesidad.

¿Quién podría haberle avisado de que un simple baile, joyas y gemas preciosas podrían cambiar todo su futuro… de nuevo?

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