EL CUENTO DEL LOBO

CAPITULO II

En cuanto atravesaron el elegante patio de entrada y pusieron un pie en la casa, a Belén le entraron ganas de salir disparada de regreso a la calle para respirar aire fresco. Incluso la amplia escalinata del vestíbulo se hallaba repleta de gente charlando en grupos. Odiaba las aglomeraciones, en especial si se encontraba en lugares cerrados. Se tensaba tanto que desde su espalda comenzaba a irradiar un punzante dolor que la obligaba a estirarse y arquearse disimuladamente. Sujetó su bolso para cerciorarse de que se mantenía cerrado al seguir a Irene, quien les abría paso a través de pasillos, patios interiores y estancias repletas de invitados.


Era consciente del repentino silencio que se producía a su paso, de los ojos que la seguían y la forma en que sus dueños apartaban los rostros apresurados en cuanto ella se giraba, como si los hubiera pescado cometiendo algún delito. Era más que probable que fuera de nuevo su imaginación la que le estuviera jugando una mala pasada, pero ¿quién la podía culpar si aquello parecía un funeral con tanto negro por todas partes? 


En condiciones normales, habría disfrutado de la hermosa arquitectura de arcos y columnas de los patios, o de las fuentes cuyo sonido de agua al caer, por desgracia, quedaba ahogado bajo los murmullos de las charlas y discusiones que se producían por doquier; o quizás habría bromeado con Irene acerca de las maderas hundidas que notaba bajo las gruesas alfombras y el ambiente de otra época, casi fantasmal, que traía a su mente el mobiliario victoriano. No obstante, todas aquellas miradas furtivas la tenían de los nervios.


Estaba acostumbrada a llamar la atención y, en general, no le habría afectado ese interés. Era raro encontrar un cabello rojo cobrizo como el de ella. Poca gente pasaba a su lado sin dedicarle un vistazo. Solían preguntarle si era natural o teñido y era frecuente que le echaran algún piropo. Aun así, las ojeadas disimuladas que le dirigían en aquella situación tenían un matiz diferente. No se reflejaba admiración en ellas, sino más bien una expresión de curiosidad morbosa mezclada con… No alcanzaba a interpretar el qué. Le recordaba a algo, si bien era incapaz de definirlo. ¿No era así también cómo la habían inspeccionado aquellas primeras veces que la habían obligado a asistir a las fiestas del palacio de los chupasangres como esclava? Descartó la idea de inmediato. Ya no se hallaba en la corte de aquellos monstruos, ni era la esclava de nadie.
 

Se paró, soltó cinco estornudos seguidos que le anunciaron que debía haber algún jazmín cerca y se apresuró a alcanzar a Irene, que había seguido su camino sin mirar atrás.
 

¿Se habría difundido la noticia acerca de las joyas que llevaba? Esperaba que no, cruzó los dedos para que el motivo fuera que el colorido de su ropa destacaba entre tanta tristeza y lobreguez; la preocupación no desapareció, como tampoco lo hizo la sequedad de su boca, donde la lengua parecía estar fundiéndose con el paladar. Había entendido que la transacción se haría de manera privada y que el acuerdo al que llegaran sería confidencial; si los dueños resultaban ser tan excéntricos como para querer hacerlo en público, se habían equivocado de persona. Ella no podía permitirse el lujo de que corrieran rumores relacionadas con aquellas joyas y no pensaba arriesgarse al respecto, aunque eso supusiera tener que mentir diciéndoles que esta primera visita iba destinada a conocerlos y averiguar sus intereses y gustos.
 

Intentó calmar su temblor interno. La simple idea de tener que marcharse sin el dinero consiguió que sus ánimos cayeran a ras del suelo. Había albergado tantas esperanzas de que esa madrugada cambiaría su vida, que no tenía ni idea de qué haría si salía mal.
 

Procuró mantenerse pegada a Irene e ignoró a la muchedumbre como si no fuera consciente de la atención que despertaba, pero no pudo evitar el rígido agarre que mantenía sobre la bandolera, ni que sus dedos se aferraran alrededor de la hebilla.
 

Al llegar a un espacioso salón que parecía ser el centro de la fiesta, Irene se giró hacia ella.


—¿Te importa esperarme aquí mientras voy en busca de los dueños?


«¡Por supuesto que me importa! Parezco una luciérnaga en una cueva llena de murciélagos hambrientos. Todos están pendientes de mí y no conozco a nadie». Belén tragó saliva y se limitó a forzar una sonrisa.


—Claro, ni que fuera a devorarme el lobo feroz. —Arqueó las cejas al tiempo que se preguntaba, con una sensación amarga en el estómago, cómo era posible que Irene la conociera tan poco después de la cantidad de años que habían compartido juntas.
 

La mujer pareció titubear, como si hubiera cambiado de opinión, pero terminó cabeceando.


—No tardaré.


En cuanto la llamativa cabellera azul de su amiga desapareció entre el tumulto, Belén se buscó un rincón tranquilo desde el que echar un vistazo a su alrededor. Aparte del número de asistentes y su indumentaria, la fiesta no era ninguna cosa del otro mundo, de hecho, ni siquiera había camareros, ni decoración, solo una mesa larga en la que cada cual se servía lo que quería; parecía una celebración demasiado moderna e informal para una mansión tan antigua, cuyo mobiliario resultaba hasta rancio y tenebroso de lo viejo que era.


Se frotó los brazos bajo la altiva mirada del austero caballero que la observaba con ojos fijos y acusatorios desde un cuadro antiguo. ¿Quién tenía ese tipo de pinturas en las estancias principales de sus casas? ¡Por Dios! ¡Si ella viviera allí sería incapaz de pasar por aquella habitación de noche a no ser que fuera acompañada! Giró la cabeza y trató de ignorar la desagradable sensación que le producía, la cosa no mejoró al encontrarse con muchos más ojos, no menos intimidantes, a su alrededor.
 

Con la boca reseca y cada vez más consciente de cómo la acechaban, decidió dirigirse a la mesa de las bebidas y de paso inspeccionar el resto de la habitación tratando de pasar lo más desapercibida posible. Al llegar a su destino, no se lo pensó mucho y cogió un vaso de plástico para echarse un poco de ponche de la enorme fuente de cristal.
 

—Te aconsejaría que optaras mejor por una de las latas de refresco cerradas, a menos que quieras arriesgarte a comprobar qué efectos tendrá sobre tu organismo humano lo que sea que huele a hierbas en ese líquido. —La profunda voz masculina se deslizó por sus sentidos como los aterciopelados filamentos de una pluma y le provocó un estremecimiento que viajó por su columna vertebral.
 

«No puede ser. ¿Cael?».
 

Belén se giró sobresaltada para verificar que no estaba sufriendo una alucinación, pero no, ahí estaba, sonriendo relajado al abrir una lata de refresco para verterlo en un vaso como si estuviera en su casa y lo hiciera a diario. Su primer impulso fue tocarlo con el fin de comprobar que era real, el segundo, darse a la fuga, a pesar de que por experiencias pasadas había aprendido que no existía manera de escabullirse de él. No hizo ninguna de las dos cosas. Se obligó a mantenerse quieta.
 

—¿Qué haces aquí?
—¿Qué haces tú aquí? —repitió como si ella tuviera vetada la entrada a aquella mansión.


Cael le quitó el vaso que tenía en su mano, lo sustituyó por el nuevo y le apretó los dedos alrededor. Incapaz de enfrentarse a la intensidad de su escrutinio, Belén leyó la marca de la lata que dejó encima de la mesa y fingió una mueca.
 

—¿Crees que hinchándome con calorías líquidas conseguirás que me ofrezca como tu aperitivo? —espetó con más aspereza de la que pretendía, si bien estabaaliviada de que no se le notara la impresión que le acababa de causar su aparición.
 

Las oscuras cejas de Cael se fruncieron en confusión y un destello de enfado cruzó los ojos verdes, causando que las motitas marrones adquirieran el extraño tinte dorado que tanto la fascinaba. Apenas un instante después la expresión del rostro masculino volvió a relajarse.


—Gracias, ya he cenado. Ahora bien, si quieres ofrecerte de postre... ya estás al corriente de que hay tentaciones a las que soy incapaz de resistirme —le respondió con un guiño.


Ella no pudo evitar la sensación ácida que sus palabras despertaron en su estómago. ¿Ya la había sustituido por otra de las numerosas mujeres de su corte? No era como si no se hubiera percatado de cómo le perseguían y se ofrecían a él, aun así, ¿no se suponía que eso de que ella fuera su shangrile debería haber tenido un significado especial y que él debería haberle sido fiel y todo ese rollo romántico y eterno que solía hallar en los libros de fantasía paranormal que le había dado por leer últimamente? Quiso preguntarle si estaba seguro de que ella era su shangrile. Anabel le había confesado en alguna ocasión la extraña conexión que había establecido con Azrael, algo que por muy fogosos y apasionados que fueran sus encuentros con Cael, nunca le había pasado con él.


Después de abrir la boca la volvió a cerrar. No pensaba darle el gusto de informarle de que ella no era la mujer de sus sueños. Podía preguntarle a Laura durante la próxima ocasión en que hablaran por teléfono y descartar esa opción. Laura no era muy dada a hablar de sus intimidades, pero sí le contestaría una pregunta directa y concreta.


Soltó el vaso lleno en la mesa y escogió un refresco sin calorías.


—¿Qué parte de «ya no soy tu esclava sexual» no has entendido aún?


Para reforzar su rebelión bebió de la lata. Era una actitud un tanto infantil, pero ninguna de las damas de su corte se hubiera atrevido a cometer semejante sacrilegio en su presencia hizo que valiera la pena. Los ojos de Cael se convirtieron en dos finas ranuras.


—¿Alguna vez te he obligado a atenderme o alimentarme como lo habría tenido que hacer una esclava? —Su voz estuvo teñida de frialdad a pesar de que la mantuvo baja—. Creo que te pagué, y muy bien de hecho, por tus servicios.
 

Ella sintió cómo la sangre desaparecía de su rostro. Era cierto, había pagado por todas y cada una de las veces que habían estado juntos, llevaba la prueba en su bolso, sin embargo, eso no significaba que tuviera que echárselo en cara o que ella quisiera que se lo recordaran.


—¿Acaso es culpa mía que no fueras capaz de imponer tus derechos, ni de seducirme como cualquier hombre corriente hubiera hecho? —se mofó, incluso al ser consciente de lo afortunada que había sido de que no la obligara ni violara durante aquel tiempo como habría sido su potestad según los estándares de su cultura.


Por el modo en que los labios de Cael se habían apretado en una línea recta, que se sacudía con un abrupto tic, fue fácil adivinar que estaba luchando por no enseñarle los colmillos en público. Ella alzó la barbilla y le mantuvo la mirada sin cederle ni un ápice de tregua. No podía asustarla. Lo conocía. Era demasiado prudente como para arriesgarse a hacerle nada en público.


—¿Estás segura de que hubieras preferido que hiciera eso? —le preguntó Cael con un tono tan suave que a ella se le puso la piel de gallina—. Siempre estamos a tiempo de remediarlo, ¿no? 


Él le quitó el refresco de la mano y lo dejó encima de la mesa antes de arrastrarla consigo.


—¿Qué te crees que estás haciendo? —siseó airada, aunque lo siguió a fin de procurar no llamar la atención más de lo que ya lo hacían.


Sorprendida, notó que Cael había sustituido su clásica camisa suelta por una camiseta y que, además, de vestir unos vaqueros, iba de negro desde la punta de los brillantes zapatos hasta el cuello, al igual que el resto de los comensales. ¿Cómo habían llegado a invitarlo a aquella fiesta? Ella ni siquiera se lo había podido imaginar en ropa moderna hasta aquel instante; tenía que admitir que la manera en la que la fina tela de algodón se ajustaba a los músculos de su espalda o cómo los vaqueros conseguían destacar su trasero algo respingón resultaban tan distractoras como cualquiera de los magníficos desnudos que había presenciado en el pasado.


—¿Sacarte a bailar? —indagó como si no acabaran de empezar una discusión.
—¿Y desde cuándo un aristócrata medieval sabe bailar kizomba? —se burló ella por lo bajo sin encubrir su sarcasmo cuando le permitió que la llevara al centro de la zona donde ya estaban bailando otras parejas.
—Para empezar, no soy un noble medieval, solo uno perteneciente a otra cultura, por otro lado, llevo siglos visitando tu mundo, lo que en teoría me convierte en un experto en los usos y costumbres humanos.

 

Ella no pudo evitar imaginarlo en la Edad de Piedra cubierto por un vestidito de pieles que le llegaba apenas a la altura de los muslos. En cuanto Cael comenzó a gruñir, advirtió que había bajado su pantalla mental y que él le estaba leyendo la mente. Su primera reacción fue la de proteger sus pensamientos, pero se impuso su parte vengativa. ¿Quería averiguar lo que pensaba? ¡Pues pensamientos le iba a dar!


Dejando su mente desprotegida, conjeturó a un Cael de la época de Cromañón soltando sonidos de chimpancé con la intención de comunicarse y rascándose las axilas para luego olerse los dedos.
 

—Siento decepcionarte, aun no soy tan viejo como para… haber experimentado el crecimiento y avance de los humanos en aquellas fases tan primarias —le espetó Cael entre dientes como si le costara todo su control no alzar la voz.
 

Solo porque podía, Belén se despidió del hombre de Cromañón imaginándoselo mientras se alejaba andando entre hierbas altas que se le metían por debajo de su faldita de pieles, azotándole sus partes más recónditas al tiempo que hormigas gigantes aprovechaban para…
 

—No seas infantil —la amonestó Cael al poner los ojos en blanco y sacudir la cabeza, como si de repente se le hubiera pasado toda la irritación.
 

Ella frunció los labios. ¿Cómo conseguía pasar con tanta rapidez de estar enfadado a divertido? Incapaz de dejarse vencer sin más, probó con otra escena.
 

—¿Qué tal esta? —Belén le regaló una sonrisa torcida al crear en su mente la imagen de un Cael un tanto afeminado, con toga griega, corona de laureles, inclinado y con el trasero en pompa que le dirigía un incitante vistazo por encima del hombro mientras parpadeaba de manera exagerada con sus larguísimas pestañas.
 

Cael arqueó una ceja, le colocó una mano en la cintura para acercarla a él.
 

—No viví la época dorada de la Grecia clásica.
—Vaya, qué lástima —se mofó ella sin oponerse a que le cogiera las manos para colocárselas sobre sus hombros.
—¿Lástima? ¿Te habría gustado verme con otros hombres?

 

Por su tono peligroso, ella adivinó enseguida que por el bien de su salud mental era preferible negar y cambiar de tema, pero, como la abeja que se siente atraída por la miel, no pudo resistirse a satisfacer su curiosidad.
 

—¿Has estado con otros hombres? —Ni ella misma pudo oír su voz bajo la estrepitosa música.
 

En el rostro masculino se dibujó una lenta sonrisa al inclinarse hacia su oído.


—¿Te atreves a viajar a la antigua Roma? Abre tu mente para mí —la presionó con tono seductor al comenzar a dirigirla al ritmo de la canción.


Ella asintió hipnotizada. No hubo una decisión consciente por parte de ella, si bien no importó. Sus sentidos y su consciencia se inundaron del sonido de espadas chocando, de respiraciones forzadas y jadeos, del olor a nardo que se entremezclaba con el del sudor y el aire denso, difícil de respirar, saturado por el vapor de agua y el aroma a hierbas. Apenas tuvo oportunidad de fijarse en las fantásticas columnas y lo que parecía una reducida piscina en el centro de la oscura estancia, o en el lánguido juego de luces y sombras proyectado por las lámparas de aceite que colgaban de opulentos pies de bronce. Un musculoso soldado usó su estupefacción para golpearle el escudo en ese instante. El estruendo del impacto vibró a través de ella y el hombre carcajeó victorioso ante su jadeo.

 

Un nuevo resuello se le escapó en cuanto se topó con la imagen borrosa de Cael en una enorme bandeja de cobre apoyada en una pared. ¡Estaba dentro de Cael y presenciaba lo que él veía! ¿Eran recuerdos de su pasado? ¡Debería haberlo imaginado! Todo parecía tan real, tan… Devolvió el golpe de espada y se defendió contra su atacante con el corazón acelerado y sin apenas aliento.


¿Por qué la había traído Cael a este punto de sus memorias? ¿Era su castigo por haberse metido con él mostrándole una versión afeminada de sí mismo? ¿Trataba de meterle miedo y hacerla pasar un mal rato? ¿O pretendía mostrarle qué clase de hombres le gustaban? El soldado se quitó el casco y lo tiró de forma descuidada sobre un banco para secarse la sudorosa frente con el antebrazo y apartar algunos mechones empapados del rostro. Aunque no era guapo en el sentido moderno, tenía un aura de determinación y fiereza que resultaba tan atractiva como sexi. Con un grito, Belén consiguió inclinarse justo un segundo antes de que la espada de su contrincante dejara una hendidura en la columna de piedra en lugar de en su hombro.


«¡Concéntrate!».


No era como si no fuera consciente de que quien estaba luchando era Cael y no ella, pero resultaba demasiado real y cercano como para no verse afectada por la tensión del momento. La adrenalina corría por sus venas, sus músculos y extremidades se impulsaban con firmeza con la intención de imprimir cada embestida, cada estocada de potencia y decisión por ganar.
 

Por un instante, cuando su espada salió volando por el aire, temió que aquello sería su fin, pero antes de que pasara un parpadeo, se encontró a la espalda del rubio sujetando una daga contra su cuello. Rígido, el hombre alzó los brazos y dejó caer su arma y su escudo dándose por vencido.


Se tropezó con la mirada de Cael a través de la brillante bandeja de bronce y tuvo la impresión de que estaba observándola a pesar de que se hallaban en una época en lal que aún no se conocían. ¿Estaba manipulando sus recuerdos para ella? Los labios de Cael se curvaron mostrando sus largos colmillos en una sonrisa victoriosa al empujar al otro contra una columna, obligándolo a sujetarse a ella. Con apenas unos cortes deshizo las tiras de cuero con las que se sujetaba la armadura del soldado y la dejó caer al suelo.


La sensación de triunfo y poder se entremezcló con la adrenalina y la anticipación, una mezcla explosiva que la recorría con fiereza. Apartó la daga del cuello masculino. El cautivo permaneció quieto, su respiración alterada fue lo único que dejó entrever que era consciente de cómo se deslizaba la hoja de acero por su muslo desnudo, alzándole la ropa en el proceso.
Cael no parecía tener prisas por reclamar su premio y ambos se recrearon en el magnetismo sexual de la situación cuando los fuertes dedos del que fue su contrincante se apretaron contra la dura piedra preparándose para su rendición final.

 

—¡Shhh! —la calmó Cael devolviendo a Belén de golpe al presente.


Ella miró confundida a su alrededorsus manos seguían temblando y sus piernas apenas la sostenían.


—¿Qué…? Tú…
—Estabas tan metida en los recuerdos que empezaste a actuar como si tu cuerpo estuviera en el pasado y, aunque no me habría importado que intentaras montarme y morderme, no creo que apreciaras descubrir luego que lo hiciste ante una sala llena de testigos.


Belén gimió en cuanto el significado real de lo que implicaba entró en su conciencia y un bochornoso calor invadió sus mejillas. Cael la estrechó a él y la guio al son de la música a través de la pista de baile hasta que ella comenzó a relajarse contra su musculoso torso. Pese a ello, las imágenes de lo que acababa de presenciar se repetían como un bucle en su mente.
 

—¿Lo violaste? —le demandó incapaz de reprimir su preocupación en cuanto comenzó a analizarlo desde un punto de vista más alejado.

—No. Adriano podría haberse rebelado en cualquier instante. Intuía cómo acabaría la lucha incluso antes de empezar, y no fue la última ocasión en la que estuvimos juntos.
—Pero… —Belén se mordió los labios, insegura de cómo explicar la impresión y el cúmulo de sentimientos que había recibido.
—¿Sí? —Cael los giró y le permitió distanciarse un poco de él.
—Lo que sentías en aquella situación… Lo que yo sentía a través de ti… No había un… ¿cómo definirlo? Sé que era deseo sexual, sin embargo no era un deseo como el que… —Se detuvo. Había estado a punto de soltar: «como el que suelo sentir por ti».
—¿Te refieres a que más que un deseo por follar o hacer el amor lo que sentía era la excitación y el morbo de dominarlo a nivel sexual?
—Sí, exacto.


Cael asintió.


—Debes partir del hecho de que en aquella época y cultura las relaciones entre varones no estaban consideradas del mismo modo que en la época actual. Los hombres romanos fueron educados en la bisexualidad, las relaciones entre ellos eran vistas ante todo como una herramienta de poder y dominio sobre otros. Yo aún era joven entonces y supongo que la mentalidad de aquel periodo dejó su huella en mí. Nunca me llamaron la atención los hombres como objeto de deseo sexual, sin embargo, me excitaba la idea del poder que implicaba que se sometieran a mí.


—¿Y eso ha cambiado a lo largo de los años?
—No. ¿Te repele que sea así? —La intensa mirada de Cael no la abandonó hasta que ella negó con la cabeza—. ¿Te ha excitado verme con otro hombre?

 

Le habría gustado negarlo, incluso negárselo a sí misma. No era normal que la excitara, aun así, la humedad entre sus muslos lo desmentía y por experiencia le constaba que él conseguía oler su estado real por mucho que tratara de desmentirlo.
 

—¿Cómo puedo opinar si no sé qué pasó a continuación?
Los labios de Cael se estiraron hacia un lado. Se inclinó hacia ella.


—Algún día te dejaré compartir mis recuerdos, esos y muchos más, si te ves capaz de aceptar que la moral con la que te educaron no es la que ha marcado mi vida.


La morbosa necesidad de preguntarle acerca de esas experiencias se vio acallada por la desagradable sensación de que él la juzgara demasiado conservadora y humana como para llegar a entenderlo.


—Ya veo que eres un experto en civilizaciones —replicó sin poder ocultar del todo la acidez en su tono—. ¿Y esa es tu finalidad al aprender los bailes de cada época?


—Bailar es una habilidad social inestimable tanto para pasar desapercibido como... para otros menesteres —aseguró Cael tras un diminuto titubeo.
—O sea para ligar —lo acusó separándose de él.
Cael frunció el ceño.
—Un hombre de mi estatus y nivel social no liga, seduce.
—Si crees que contonearte sin pisarle los pies a tu pareja de baile es lo único que necesitas hacer para seducirla, vas de culo —resopló ella, pese a que su interior tembló con un cosquilleo.
—¿Segura?
—¿No he sido lo bastante clara? —Belén alzó la barbilla y le mantuvo la mirada aunque él entrecerró los párpados.
—En ese caso, será un honor demostrarte mis dotes de bailarín, siempre que a ti no te importe llamar un poco más la atención del público.

 

  Belén bufó. ¿Más de lo que ya lo estaban haciendo? Por ella que saliera el sol por antequera. Estaba dispuesta a hacer el ridículo delante de todo el mundo con tal de dejar al descubierto sus estúpidas presunciones. Lo conocía, había sido durante meses su esclava y amante. Lo había estudiado, observado y espiado, y cada uno de sus gestos y decisiones reflejaba su educación y costumbres rancias y elitistas. Quizás por eso le había resultado tan sorprendente descubrir que había mantenido relaciones sexuales con otros hombres o que estuviera dispuesto a vestirse según la moda actual.
Iba a dejar que se pusiera en evidencia y luego, si Irene seguía sin aparecer, escaparía. Si Neva y Cael se habían presentado la misma noche, significaba que pretendían secuestrarla de nuevo. No pensaba dejarles que se salieran con la suya. No en esta ocasión, no cuando estaba a punto de cumplir el anhelo de su vida.