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A Belén nunca le había gustado el cuento de Caperucita Roja, de hecho, lo odiaba. Estaba hasta las narices de que la compararan con una niñata tonta y caprichosa con capa solo por tener el cabello cobrizo. Era huérfana, las flores le producían alergia y ver un lobo de lejos la habría hecho salir huyendo o sacar una escopeta para matarlo. Probablemente, lo segundo, porque si algo había aprendido de su secuestro en la otra dimensión era que cualquier cosa era posible, y solo Dios sabía en qué más podía convertirse una de esas bestias peludas con colmillos y ojos luminosos.

Puede que, si no le hubiera tenido tanta tirria al dichoso cuento de Caperucita, se hubiera dado cuenta del mensaje que escondía: «No te desvíes de tu camino y ve derecho a tu destino»; pero ya era tarde para eso. Solo ella podía acabar encerrada en la celda de un apestoso sótano con un chucho gruñón como única compañía, en tanto que sus sueños seguían siendo invadidos noche tras noche por el único hombre capaz de convertir el odio en la pasión más desenfrenada y el desdén, en pura necesidad.

¿Quién podría haberle avisado de que un simple baile, joyas y gemas preciosas podrían cambiar todo su futuro… de nuevo?

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EL CUENTO DEL LOBO

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CAPITULO I

Tras un vistazo a la vieja casa palacio, de la que salía y entraba gente charlando y riendo animada, Belén apagó el motor del coche, se frotó las manos húmedas contra los vaqueros y bajó el cierre centralizado como medida de seguridad.


A pesar de estar en pleno casco histórico, los formidables caserones antiguos hacían que la estrecha calle de adoquines pareciera oscura y tenebrosa. Había tenido suerte de localizar uno de los escasos aparcamientos disponibles y de haberse salvado de tener que recorrer aquellas calles casi desérticas a solas. Conociéndose, habría sido incapaz de andar más de dos metros sin estar comprobando por encima del hombro si alguien la perseguía o la acechaba desde las sombras. Incluso ahora, su piel le picaba como si ojos invisibles estuvieran clavándose en ella. 


Su miedo frenético a la oscuridad le venía desde la infancia, aunque desde el secuestro todo había empeorado. No tenía lógica que fuera así. Cualquiera diría que convivir con aquellos seres sobrenaturales, que no deberían existir fuera de su imaginación, la habría hecho más fuerte y valiente, pero eso no era lo que había ocurrido. Ahora conocía a ciencia cierta que esas criaturas de la noche y monstruos existían y eso convertía sus miedos y pesadillas en mucho más reales.
Se abrazó y su mirada se enfocó en el antiguo convento que se encontraba a poco más de setenta metros calle arriba. Nada en el imponente pórtico de  su iglesia o de las esculturas religiosas de la majestuosa fachada dejaba adivinar que tras aquellos gruesos y fríos muros se ocultaba un orfanato, ni siquiera un triste letrero.


Por mucho que intentó redirigir sus pensamientos, no pudo resistirse al magnetismo que las grisáceas paredes de piedra ejercían sobre ella. Bastó una sola ojeada para lanzarla de regreso a un pasado lleno de memorias que hubiera preferido dejar guardadas donde estaban. Recordarse que habían pasado años de aquello y que ya no era la chiquilla desamparada que había sido entonces, no la ayudó demasiado cuando ya de por sí sus manos temblaban y su estómago no paraba de retorcerse por la tensión.


Con las piedras cubiertas por manchas de moho y contaminación, que a la luz de la luna parecían seres oscuros adueñándose del orfanato con la intención de devorarlo, casi prefería entrar a la animada casa palacio que, aun al poseer el mismo halo fantasmal y tenebroso característico de las construcciones herméticas y austeras del renacimiento, tenía su portón de madera abierto, dejando escapar la luz y la estruendosa música moderna.


Devolvió su atención a la fiesta. Podría haber confundido el edificio con una discoteca de lujo o un local de marcha si tenía presente que los que salían o entraban eran personas de entre veinte a cuarenta años con vasos de plástico en las manos; sin embargo, resultaba bastante llamativo que todas fueran vestidas de negro.


Un hormigueo frío le recorrió la espalda cuando una pareja pasó por el costado del coche y se fijó en el extraño símbolo que llevaban tatuados en el cuello. Como si le hubiera leído la mente, el hombre giró su rostro hacia ella con ojos llenos de una incómoda intensidad.


De forma automática, Belén alargó la mano y comprobó que la llave del coche seguía metida en el contacto, lista para arrancar en caso necesario. También revisó todas sus barreras mentales  confirmando que se mantenían en su sitio, tal y como había aprendido durante su estancia en la otra dimensión. Que ya no estuviera allí no significaba que no pudiera toparse con humanos con capacidades telepáticas y, ahora que sabía cómo protegerse, prefería usar sus nuevas habilidades.
 

Al fijarse en la gente, que charlaba bajo el haz de luz de una despintada farola, se forzó a relajarse. Lo más probable era que estuviera autosugestionándose. Se encontraba en el mundo real, el mundo en el que existían ladrones y sinvergüenzas con los que tener cuidado, pero no seres sacados de cuentos de terror. ¿Quién era ese que afirmaba que la explicación más sencilla solía ser la más correcta? ¿Ockham u Ofram? No tenía ni idea, ni tampoco era como si importara el nombre. La cuestión era que estaba dejando que su fantasía le jugara una mala pasada. Resultaba más lógico suponer que todas aquellas personas se hubieran vestido así por casualidad o que estuviera celebrándose una fiesta temática con una etiqueta específica, a cualquiera de sus teorías conspiratorias en las que seres de la noche planificaban secuestrarla y devolverla a la otra dimensión con la intención de abandonarla allí como una esclava. Soltó una carcajada seca y sacudió la cabeza. Sus razonamientoss sonaban ridículos incluso para sus propios oídos.


—Uno de estos días vas a tener que revisar si tu psicólogo aún tiene la consulta —bufó relajándose contra el reposacabezas.
Lo cierto era que si Irene la hubiera avisado, se habría adaptado a la etiqueta del evento, de hecho, habría sido un detalle por su parte decirle que iba a celebrarse una velada con invitados en lugar de la reunión privada que había esperado.
 

Con su camiseta de tirantes verde brillante y sus vaqueros iba a destacar como una mariposa multicolor en un nido de cucarachas. Sí había acertado al decidirse por los zapatos de tacón. Con las deportivas resultaba más fácil y rápido salir pitando si las circunstancias lo requerían, aunque no existía ningún arma más sofisticada y disimulada que unos puntiagudos tacones de seis centímetros con el fin de sentirse segura; o, al menos, un poco más segura, se corrigió en cuanto consideró el valor de lo que llevaba en su bolso.


¿Y dónde demonios estaba Irene de todos modos? Echó un vistazo a los números rojos en la pantalla del salpicadero, donde comprobó que ya llegaba con una buena media hora de retraso.
No le hacía gracia estar sentada en el coche a solas. Encontrarse en aquella barriada llena de malos recuerdos ya le había puesto la piel de gallina, pero que encima fuera casi de madrugada y que la hebilla de su bandolera estuviera a punto de reventar por la cantidad de joyas que había metido a presión, lo empeoraba. No solo existía la posibilidad de que pasara cualquier chorizo de tres al cuarto y que le arrebatara el sueño de su vida, sino que de la fiesta salían muchos más borrachos de lo que resultaba sano para su tranquilidad. ¿Y si alguno de esos típicos capullos engreídos, que aún vivían en los mundos de Yupi y pensaban que todas las mujeres que están solas de noche quieren que les den caña, se fijaba en ella y se acercaba al coche buscando jaleo?


Abrió el cajoncito del cenicero para comprobar que allí seguía la llave larga del trastero; podría servirle para sacarle un ojo al más valiente de los valientes si resultaba necesario. Se masajeó el hombro con una mano. Sí, sería capaz de defenderse en caso de urgencia, pese a que el problema real era que no podía permitirse el riesgo de que nadie descubriera lo que llevaba encima, ya fuera por casualidad o por accidente. Hizo una mueca al imaginarse a la policía descubriéndola con todas aquellas joyas y piedras preciosas encima. ¿Cómo iba a explicarles de dónde habían salido? Era capaz de imaginarse la situación:
 

—Las tengo de una dimensión alternativa a la que me llevó secuestrada una niña reina, que resulta que es una bruja, y que me regaló como esclava sexual a un aristócrata vampiro. Sé que suena increíble, señor agente, sin embargo, es verdad, existen dimensiones que parecen sacadas de cuentos más allá de esta realidad.


—¿Y en esas dimensiones las joyas crecen en los árboles ya montadas?

—¡No, claro que no, señor agente! Un duque déspota me las regaló a cambio de…

Belén soltó un resoplido ante sus ridículas cavilaciones. Quedaba constatado que era preferible que no la cogieran. Nadie la creería, ni ella se encontraba preparada para enfrentarse de nuevo a los recuerdos de las cosas que había hecho.
 

Tocó la bandolera que descansaba en su regazo. Sentir el peso y los duros bultos a través de la piel sintética la calmaba. En cuanto se deshiciera de su botín, pondría en marcha la primera parte de su proyecto. Por lo que le había contado Irene, esos ricachones estaban obsesionados con las gemas y tenían dinero para dar y regalar. Probablemente también podría largarles el resto de las joyas que aún mantenía escondidas a buen recaudo, o conocían a alguien que pudiera estar interesado.
 

Intentó ignorar la tristeza que le causaba tener que desprenderse de las joyas. Le encantaban las gemas y no era algo que fuera asociado a su valor económico. Las adoraba por su belleza, por cómo la luz se reflejaba en ellas haciéndolas brillar y cambiar sus colores, por la suavidad de sus superficies y por las sensaciones que despertaban en ellaal llevarlas o tocarlas. Donde otras personas percibían poco más que un material inerte, ella las experimentaba como criaturas vivas que pulsaban con energías y emociones; además, al menos no le provocaban estornudos como el jazmín o los crisantemos. Lo que ya era motivo más que suficiente para que prefiriera una piedra hermosa a mil flores estúpidas que solo acababan por marchitarse y apestar.
 

«¿Y es solo por eso? ¡Mentirosa!». Belén retuvo las lágrimas, que le quemaron en los ojos. ¿A quién pretendía engañar? Vender las joyas tenía un significado mucho más profundo. Implicaba olvidarse de la otra dimensión, de Cael, de la parte desconocida que había despertado en ella y de todo lo que fue capaz de hacer a cambio de conseguir aquellas joyas. Aunque le costara olvidarlo, era lo mejor. No quería seguir recordando a cada oportunidad cómo llegó a venderse por ellas, cómo usó su cuerpo para seducir a Cael y sacarle más y más. No es que eso fuera totalmente cierto, ese chupasangre habría conseguido que ella se acostara con él con o sin sobornos, pero el cobrarle por ello la hacía sentir menos como una esclava y más como una mujer con poder y capacidad de decisión, aunque fuera poco más que una quimera que ella misma se había montado.
 

El maldito déspota cabrón había conseguido que lo necesitara como jamás había necesitado a nadie y le había hecho hacer cosas que… «¡Olvídalo! No empieces a recordar las cosas que hiciste con ese pervertido. Se acabó. Él te compró y tú te vendiste, esa es la realidad. Te trató como una esclava y te convirtió en su puta particular. Fue eso y nada más que eso».
 

Apretó el colgante rojo sangre que llevaba colgado del cuello con tal fuerza que su palma dolió. ¡Se terminó el acordarse de Cael y permitir que siguiera rondando por sus sueños cada noche! Había acertado al fugarse con Laura y, en cuanto consiguiera cumplir sus planes, los sacrificios habrían valido la pena y podría largarse de allí. Hoy iba a marcar un antes y un después, su vida entera iba a cambiar de rumbo en cuanto consiguiera el dinero que necesitaba.
 

La musiquita de Harry Potter la devolvió al presente. Entornó los ojos y cogió el móvil. ¿En qué había pensado al elegir ese tono de llamada? Claro que no había esperado el efecto que tendría oírla en una situación como aquella. Mañana la cambiaría sin falta. Le echó un vistazo a la notificación de WhatsApp en la pantalla.


«Laura: ¿Todo bien por ahí?».
«Belén: Sí, esperando que venga mi amiga».

«Laura: Aún puedo ir si me necesitas. Es cuestión de que me pases tus coordenadas».


Belén no pudo evitar una mueca. Laura parecía haberle cogido el gusto al don con el que la había obsequiado Neva. Se alegraba por ella, tanto como la envidiaba. Poder cerrar los párpados y aparecer donde quisieras debía de ser la caña. ¡La de vacaciones y lugares que habría visitado ya si tuviera esa capacidad! Sin embargo, Laura era Laura y para ella lo práctico y responsable siempre iba primero.


«Belén: Gracias, por ahora estoy bien. Si ocurriera algo, te aviso».
«Laura: Estaré pendiente por si me necesitas».


Belén sonrió y meneó la cabeza. Seguía sin acostumbrarse a la idea de que la delicada y tímida chica rubia, que había engañado a todo el mundo con su apariencia retraída y vulnerable, tuviera una formación militar. Aún hoy, seguiría sin creérselo si no lo hubiera presenciado de primera mano durante su escapada de la otra dimensión.


«Belén: Gracias, pero no te preocupes, todo va bien».
«Laura: Deberías darme tus coordenadas por si acaso. Nunca se sabe qué puede ocurrir».


Un golpeteo enérgico en la ventana del coche le provocó un respingo asustado. Belén soltó el aire por la boca al descubrir a la mujer con el pelo teñido de azul eléctrico mirándola expectante desde afuera.


«¡Maldita sea, Irene! ¿No podías llamarme la atención de una manera un poco más sutil?».


Bajó la ventanilla y frunció los labios al notar que iba vestida de negro de los pies a la cabeza.


—¡¿Tienes idea del susto que me has dado?! ¿Pretendías provocarme un ataque al corazón y dejarme en el sitio?
—Eres la única a la que se le ocurre quedarse absorta en el coche a estas horas en un barrio como este. Parece hasta mentira que seas tan loca —carcajeó la mujer—. Sabes de sobras que a los cacos les encanta atracar a turistas despistados por esta zona.
—La que habla —se mofó Belén—. Creo que eres tú la que me ha contado que viene a menudo por aquí.
La sonrisa de Irene flaqueó por un segundo.
—Estoy tan asqueada del orfanato y del barrio como tú, ya te expliqué que me une un vínculo con los dueños del palacio que no me permite alejarme.
Belén asintió con un suspiro.
—Sí, lo sé. Sigo envidiándote todas aquellas tabletas de chocolate que traías de contrabando. —bromeó con un guiño para quitarle hierro al asunto. Mencionar a los dueños siempre conseguía que la conversación se tornase tirante.
—¡Si las compartía contigo! —replicó Irene con un fingido tono ofendido.
—Conmigo y con tres más —bufó Belén—. Además, te conozco. Me apuesto una invitación al cine a que antes de compartir ya te habías zampado una a solas.
Irene le sacó la lengua.
—No te quejes. Éramos afortunadas.


Sí, eso era cierto. O, al menos, ella e Irene lo habían sido. Consiguieron disfrutar de chocolate y chucherías de tanto en tanto y habían logrado sobrevivir a aquel maldito orfanato. Sus amigas Carmen y Lucía no habían tenido la misma suerte. La primera murió de una enfermedad de la que nunca llegaron a conocer el nombre y la segunda desapareció sin más. En el fondo, ella había sido la única afortunada de las cuatro porque, además de seguir viva, tampoco había tenido que pagar el precio que con toda probabilidad Irene sí hizo por aquellas golosinas. Se trataba de un tema del que nunca habían hablado y que, con toda certeza, nunca harían. Lo único que desencajaba en aquellas sospechas era que Irene, después de quince años, seguía acudiendo a esa adusta casa palacio y seguía en contacto con los dueños. ¿Tendría algún tipo de problema psicológico para romper con ellos? ¿O eran ellos los que la tenían tan manipulada que no la dejaban alejarse? Tal vez hoy fuese el día en el que por fin averiguara por qué Irene, ni aun después de que huyeran juntas del orfanato dos meses antes de su mayoría de edad, no llegó nunca a romper los lazos con los dueños de la casa palacio.


—¿Por qué te has quedado de repente tan seria?
—Carmen y Lucía —mencionó Belén con una sonrisa triste.


No necesitó explicarse. La diversión también desapareció del rostro de su compañera al contemplar el viejo orfanato. Visto a la luz de la luna, parecía incluso más tenebroso de lo que recordaba y, por experiencia propia, le constaba que por dentro la impresión solo empeoraba.


—Lucía era tan cariñosa, estoy convencida de que habría sido una mujer maravillosa. Ni siquiera nos dejaron volver a mencionar su nombre —musitó Irene.
—Quién sabe. Quizás murió o la vendieron. No fue la única que desapareció sin más. 
—Puede que las adoptaran o que consiguiera escapar. Era la esperanza de todas nosotras —murmuró Irene.
Belén cabeceó.
—¿Cuándo presenciaste tú que llegara alguna familia a visitar a los que estábamos allí?
Irene cruzó los brazos sobre el pecho y alzó la barbilla.
—Bueno, admite que habría estado feo que nos ordenaran en fila con la intención de inspeccionarnos como si fuéramos animales en venta, o que nos hubieran dado ilusiones para que después el afortunado fuera otro.
—¿Y llegaste a oír a alguna de las chicas del orfanato contar que había conocido a sus padres adoptivos o a una familia que la quisiera adoptar? —se mofó Belén.


Era duro admitirlo, sin embargo, esa era la realidad en la que habían vivido y se negaba a olvidarla, igual que se resistía a abrigar la esperanza de que los chiquillos que seguían en la actualidad en el orfanato pudieran estar mucho mejor de lo que ellas habían estado.


—Lo principal es que ya está cerrado —protestó Irene frotándose los brazos.
 

Belén estuvo a punto de contradecirla, aunque consiguió reprimirse en el último segundo. Irene no necesitaba averiguar que veinte niños seguían allí encerrados y que no estaban acogidos legalmente o, al menos, no de modo oficial. Ya era más que suficiente que ella tuviera pesadillas al respecto, no hacía falta que también Irene las sufriera o que sintiera la impotencia de no poder hacer nada. Ni siquiera las denuncias le habían servido por el momento. No tenía medios de demostrar que los pequeños se hallaban allí secuestrados. Se trataba de la Iglesia y pocas personas corrían el riesgo de enfrentarse a ella.
 

Las dos permanecieron en silencio hasta que Belén acabó por sacudir la cabeza.

 


—Vamos. Quiero acabar con esto y largarme de aquí. Los recuerdos me están empezando a provocar náuseas.
 

Al bajarse del coche, a Belén se le puso la piel de gallina y dudó si ponerse su chaqueta vaquera. Hacía fresco, pero en cuanto entraran a la casa palacio y se mezclaran con el gentío era muy posible que acabara pasando calor. Lo que la llevó a hacerse otra pregunta. ¿Los dueños iban a recibirla delante de tantos invitados? Esperaba que no. No pensaba sacar las joyas ante testigos. Su desesperación por venderlas no llegaba a tanto. Terminar la noche rajada y desangrándose en alguno de los callejones oscuros que abundaban por aquella barriada no se encontraba entre sus planes.


Al final decidió dejar la chaqueta en el coche para que no le estorbara y se colocó la bandolera cruzada sobre el hombro, apretujando el móvil como pudo en el bolsillo lateral. Antes de seguir a Irene le echó un último vistazo inseguro a la puerta iluminada. Tenía un extraño nudo en el estómago y un mal presentimiento. Si no hubiera tenido un motivo muy poderoso para entrar se habría largado sin dudarlo.


—De acuerdo, vamos.

Irene rio.

—Deberías verte la cara, parece que vas camino del patíbulo.
Belén intentó sonreír.
—Más como si fuera a la morada del doctor Frankenstein —bromeó con debilidad.
—Querrás decir Drácula, ¿no? —se burló Irene, si bien la diversión no llegó a sus ojos azules.

 

«Si Drácula pertenece a la familia de Cael, te aseguro que no es miedo lo que sentirías al acceder a su casa», pensó Belén, aunque se conformó con poner una mueca.


Articuló una sarta de tacos al resbalarse en un adoquín irregular y doblarse el tobillo. ¡Mierda! Después de todo, las deportivas quizás habrían sido mejor idea. Apretando los labios, procuró mantener la vista sobre las piedras para comprobar dónde pisaba. Apenas habían avanzado unos pasos cuando a través del rabillo del ojo detectó una mancha blanquecina en la penumbra de un portal, al alzar la cabeza, la sangre se le congeló en las venas.


—¡Neva!
—¿Qué? —Irene se giró confundida hacia ella.
—¡No, nada! —balbuceó Belén procurando no fijarse en la niña con el cabello dorado que las vigilaba desde las sombras—. Date prisa, tengo frío —le insistió a Irene cogiéndola del brazo y acelerando el paso todo lo que pudo sin partirse un tobillo.

 

No estaba preparada para hablarle de Neva, ni de lo que le había pasado por culpa de esa criatura maléfica; tampoco tenía intención de arriesgarse a que la dichosa bruja la llevara de regreso a la otra dimensión. Si al salir aún seguía allí, ya vería qué hacer con ella; por el momento, estaría segura mezclándose con el gentío de la fiesta.
Al pisar la zona iluminada echó un último vistazo al portal en el que había visto a Neva. La niña seguía contemplándola con una extraña seriedad. Belén le mantuvo la mirada, a pesar de que no pudo evitar que se le erizara el vello de nuca y brazos. No creía que fuera casualidad que estuviera allí y eso solo podía significar una cosa: problemas.
Nada bueno ocurría nunca en presencia de esa criatura.