EL CUENTO DEL LOBO

CAPITULO III

Cael arqueó las cejas al ofrecerle su mano. Incapaz de resistirse al reto en sus pupilas, Belén aceptó. En cuanto sus palmas entraron en contacto, el calor ascendió por su brazo hasta inundarla. La atrajo a él y usó su pierna para abrirse paso entre sus muslos. Sus torsos apenas se tocaron, sin embargo, eso no impidió que un irresistible y sensual magnetismo la mantuviera unida a él. Podía sentirlo con cada molécula de su ser al mecerla despacio, seguro de sí mismo, y ella siguió su paso y su ritmo, ondulando las caderas al ritmo de la sensual kizomba.


No le quedó más remedio que tragarse su sarcasmo. Cael le demostró que no había exagerado. Sabía lo que se hacía y lo hacía mejor que ningún otro hombre con el que hubiera salido antes. No bailaba, le hacía el amor al son de la música, guiándola no solo con sus movimientos, sino con los sentidos, despertando su sensualidad y su deseo, en tanto que sus ojos la mantenían en un estado hipnótico en el que él se había convertido en el centro de su universo, haciéndola olvidar su trifulca anterior.
 

—¿Cael?
 

Él la giró en su abrazo, dejándola de espaldas a él. Con la mano sobre su bajo vientre la apretó contra su firme cuerpo.
 

—¿Cuándo volverás? —canturreó Cael la letra de la canción en un susurro ronco que viajó por debajo de su piel.
 

¿Pretendía que regresara con él? ¿A su dimensión? Era una opción que quedaba descartada. No quería ni iba a regresar a un mundo en el que él poseía todo el poder y ella valía menos que el aire que respiraba; eso no significaba que no pudiera ceder al capricho de disfrutar de su seducción. 
 

Se relajó contra él cuando ambos ondularon las caderas y una más que evidente erección se presionó contra sus nalgas. Cael le alzó el brazo hasta colocarlo detrás de su cuello, consiguiendo que ambos quedaran pegados el uno al otro en toda su extensión.
 

Los recuerdos de las veces que habían hecho el amor desde atrás, con sus cuerpos sudorosos pegados, invadieron su memoria. Como si el universo conspirara contra ella y su escasa voluntad, la música cambió a un ritmo más lento, aunque no menos voluptuoso.
 

En cuanto los labios de Cael descendieron por su cuello, la gente a su alrededor desapareció de su consciencia y ella curvó su espalda empujando la pelvis hacia atrás, arrancándole un gemido que reverberó a través de su vientre.
 

—No deberías estar aquí —murmuró ella.
—Estoy justo donde quiero y debo estar. —Cael la giró hacia él y deslizó su mano por la espalda hasta dejarla posada sobre su trasero, guiando su siguiente balanceo de cadera.

 

Fue el turno de Belén de gemir, al frotarse contra el fuerte muslo ubicado entre sus piernas. ¡Dios! ¡A este paso iba a acabar muerta por combustión instantánea! Era incapaz de determinar si se había vuelto más sensible durante las últimas semanas sin él o si su memoria era defectuosa, pero las sensaciones y el anhelo que recordaba de sus encuentros palidecían en comparación con el momento actual. 
 

Se dejó guiar por sus expertos pasos a través de la sala, sin detenerse en ningún instante y sin frenar la excitante seducción en la que sus cuerpos se rozaban de forma incitante.
 

Sus terminaciones nerviosas se volvieron tan sensitivas que hasta el aleteo de una mariposa la habría hecho jadear con desesperación y agonía. No necesitaba tocarse para adivinar que sus pezones despuntaban duros e hinchados bajo la camiseta, ni tampoco comprobar que su ropa interior estaba empapada.
 

No advirtió que habían abandonado la sala de baile y que se encontraban en un recoveco entre pasillos, hasta que Cael se detuvo y abrió una puerta.
 

—¡Fuera! —rugió con frialdad.
 

Belén arqueó una ceja al asomarse por el costado de Cael y descubrir a un chico en el suntuoso y elegante cuarto de baño, que trataba de subirse los pantalones de manera precipitada. Su novia, más colorada que un tomate, se levantó apresurada del suelo limpiándose la barbilla y labios húmedos.
 

Cael esperó a que ambos huyeran como si les hubieran puesto una pistola en la sien, tiró de Belén y cerró la puerta tras ellos.
 

—¿Te parece bonito lo que acabas de hacer? —Ella se cruzó de brazos y observó cómo él aseguró el pestillo, si bien tuvo que morderse la parte interna de la mejilla para no reír.
 

¿En serio acababan de echar a una parejita con la intención de hacer lo mismo que ellos? Se sentía como una adolescente a punto de cometer una travesura.
 

—¿Nunca te enseñaron que las personas mayores tienen preferencia? —Cael alzó una ceja mientras sus ojos brillaban divertidos.
 

A ella se le escapó un bufido.
 

—¿Debería compadecerte por ser un tatarabuelo?
—Compadecerme no, pero podrías cuidarme y tratarme con un poco más de delicadeza —propuso Cael con una sonrisa pícara.
—A ver si lo adivino… ¿Esperas que me arrodille como esa chica para servirte y… cuidarte? —Belén arqueó a su vez la ceja.
Cael avanzó un paso en su dirección, de forma tan lenta e intencionada que consiguió que su respiración se detuviera expectante.
—¿Y perderme la oportunidad de saborearte y perderme en ti? —Cael cabeceó—. Se me ocurren opciones mejores.
Indecisa, lo detuvo con una mano contra el pecho. Estaba segura de lo que quería, no obstante, la poca cordura que aún conservaba la advertía de que debería pensárselo antes de cometer una locura de la que podía acabar arrepintiéndose.
—¡Quieto ahí!

 

Cael apretó la mandíbula.


—No te preocupes, no me he olvidado de tu precio —masculló con un destello de ira en sus ojos verdes al rebuscar en el bolsillo de su pantalón, para acto seguido cogerle la mano con la que lo mantenía a raya y deslizarle un anillo en el dedo.
Cuando comprendió que le estaba pagando por sus nuevos «servicios», estuvo a punto de arrancarse el anillo y lanzárselo a la cara, pero en cuanto atisbó los tonos rojizos que reflejaba la piedra verde bajo la luz del tubo fluorescente, la contempló hechizada.


—¡Es una alejandrita!


—¿Importa? —Cael encogió los hombros con indiferencia, aunque no dejó de estudiarla bajo una máscara indescifrable.
 

Belén se mordió los labios. Podía sentir las vibraciones de la piedra y una energía llena de optimismo y seguridad extenderse a través de ella. Estaba habituada a que las piedras le provocaran ese tipo de reacciones, pese a que era raro que lo hicieran con tanta claridad y fuerza. No quería renunciar a aquella piedra, del mismo modo que tampoco quería perderse aquel momento con Cael. Sería su última oportunidad de estar con él, porque iba a asegurarse de que no volvieran a tropezarse. Dejó la bandolera entre el grifo y el espejo y se puso de puntillas para mirarlo de frente.
 

«Te deseo». No necesitó decirlo en voz alta. La expresión de victoria en las pupilas masculinas le confirmó que lo había captado. Decidido, Cael la cogió por la cintura, la sentó sobre la encimera de mármol del lavabo e inclinó la cabeza. Sus labios se encontraron. El hambre por él borró las últimas dudas acerca de si debería acceder a lo que hacían. Lo deseaba. No, no lo deseaba, ¡lo necesitaba! Había echado de menos sentirse tan mujer y tan deseada como en aquel instante. Ahora era una mujer libre con derecho a elegir lo que quería, y lo quería a él. ¡Ahora! ¡Dentro de ella!
 

Lo empujó para alejarlo de ella. Cael parpadeó confundido cuando se bajó de la encimera, si bien su expresión se transfiguró en cuanto ella le dio la espalda y lo contempló decidida a través del espejo al abrirse los botones del vaquero y deslizarlos por sus caderas.
 

—Quiero verlo mientras lo hacemos.
 

Los labios masculinos se curvaron.
 

—Tus deseos son órdenes, pelirroja. —Cael se pegó a su espalda y le retiró los rizos del cuello—. ¿Suave y lento?
Abrió los ojos horrorizada, su vientre traidor se contrajo ante la idea. Suave y lento implicaba sentimientos. Había tentaciones que ella no podía permitirse. No con Cael, quizás con nadie. No, prefería al Cael salvaje y descontrolado al que había aprendido a manejar y al que era capaz de abandonar sin consideración. «O casi sin consideración», le recordó una vocecita desde algún rincón oscuro de su mente.

 

—¿Ahora te volviste tonto y manso, chupasangre? —lo retó con todo el desprecio con el que pudo impregnar su voz.
 

Los ojos de Cael se entrecerraron, aunque no lo suficiente como para ocultar la manera en que las motitas marrones se habían tornado doradas.
 

—Me pregunto qué es lo que me ha provocado echar de menos a una bruja malhablada como tú, pero supongo que ambos conocemos algunos buenos motivos para que lo hiciera, ¿cierto? —Cael le bajó el escote del top de tirantes de un tirón y liberó sus pechos de las copas del sujetador—. Para ser una maldita arpía, tus tetas son la obsesión de cualquier hombre, ya sea de sangre fría o caliente.
 

Belén ignoró la desagradable punzada que le causaron sus palabras. Ese era el Cael cabrón al que sabía cómo enfrentarse, el Cael con el que podía convivir sin enamorarse. Fascinada, observó cómolos elegantes dedos masculinos alzaron sus pechos como si quisiera pesarlos. Cuando sus pulgares e índices se deslizaron hacia sus pezones, Belén se tensó expectante para lo que venía a continuación. Sus párpados se cerraron y su espalda se arqueó contra él cuando los pellizcó sin delicadeza, la mezcla de placer y dolor viajó desde las sensibles puntas hasta su vientre. Él era el único capaz de convertir la tortuosa agonía en en lujuria y goce hasta hacerla rogar por más.
 

—Sí, siempre fuiste un nene de pecho, creo que eso me quedó claro —soltó Belén del modo más helado del que fue capaz a pesar de que ardía por dentro.
 

Al abrir los ojos, la mueca de Cael dejó entrever sus colmillos ahora extendidos.
 

—Dudo mucho que haya algo que sepas a las claras acerca de mí. Me alegra que aún nos quede tiempo para conseguir que las descubras.
 

Antes de que pudiera protestar y aclararle que no habría ningún tiempo para nada en lo que les concernía a ellos dos, Cael la había empujado contra el lavabo, abierto ambas piernas y obligado a arquear la espalda.
 

—¿Qué te crees que estás haciendo? —le preguntó cuando cortó las tiras del tanga con sus garras y arrojó los restos a la papelera.
—¿Tú qué crees?

 

Quizás hubiera protestado o tratado de mandarlo a la mierda si no hubiera sido porque él desapareció del reflejo del espejo, separó sus nalgas y hundió su lengua en ella, arrancándole un largo gemido. Belén se agarró al grifo como si fuera su salvavidas.
 

«¡Cael!».
 

Su mente y cuerpo se colmaron de una sensual voluptuosidad, no dejando cabida para nada más, la lengua masculina se encargó de ello al explorarla en lo más íntimo de su feminidad, estirándose hasta alcanzar con su punta la sensible cima de su clítoris y alternando el suave aleteo sobre el duro centro de nervios con las incursiones duras y exigentes en su interior.
 

Ella apenas se reconoció en la sensual mujer que la contemplaba desde el reflejo del espejo con pupilas dilatadas y los sensuales labios entreabiertos al tiempo que sus generosos pechos desnudos bamboleaban con suavidad. Apartó el rostro. No quería enfrentarse a esa mujer ni a la vulnerabilidad que detectó en sus pupilas.
 

Uno de los pulgares de Cael se volvió atrevido al esparcir la resbaladiza humedad entre sus nalgas, en tanto que su lengua seguía robándole la capacidad de raciocinio. Sintió cómo la delicada roseta se contraía bajo el ligero toque de sus dedos. No presionó para explorarla con más profundidad, pero a ella le bastó para que acabara de lanzarla más allá del precipicio. Se mordió los antebrazos para acallar los gritos cuando los músculos de su vientre se contrajeron y la ola de placer barrió a través de ella.
 

Sin esperar a que pudiera recuperarse, Cael se incorporó, se quitó la camiseta por encima de la cabeza y, sin más preámbulos, se sumergió en ella. Belén tuvo que buscar sujeción para no estamparse contra el espejo. No se molestó en cerrar los labios, había aprendido cuánto le ponía oír sus gritos y contemplarla con la boca abierta. Tampoco intentó frenar el rítmico vaivén de sus pechos con cada estocada. Dudaba mucho que él se hubiera tomado el tiempo de quitarse la camiseta si no hubiera sido por ella. No, el muy cabrón había notado cómo la ponía observar el movimiento de sus músculos cuando estaban en plena faena y la provocaba con eso. Lo mínimo que ella podía hacer como contraprestación era ofrecerle el mismo aliciente, ofreciéndole una espléndida panorámica del balanceo de sus pechos. Pese a que tuvo que confesarse que sus motivos para hacerlo eran puramente egoístas: quería que perdiera el control, quería que lo perdiera dentro de ella, quería que lo hiciera por ella y quería que lo hiciera ya.
La pareja en el espejo no era perfecta ni de lejos. Ella era demasiado robusta y generosa, según los estándares modernos, y un largo tatuaje de espinas trenzadas con capullos de rosas —cortesía de Neva durante su cautiverio— le cubría la que una vez fue solo una fea cicatriz sobre su bajo vientre. Él, por su parte, era excesivamente pálido para ser elegido modelo de ropa deportiva. Aun así, nadie podría haber negado lo sexis que se veían a través del reflejo.
Cael se inclinó sobre ella y la rodeó con un brazo, hasta alcanzar uno de sus pezones. Con la otra mano se abrió un hueco entre sus muslos. Ambos se sostuvieron la mirada a través del reflejo con un brillo febril en sus pupilas.
—¡Hazlo! —le ordenó, necesitando desesperada el alivio al exceso de placer.
Los colmillos de Cael se hundieron en el hueco de su garganta y, con el efímero dolor, llegó un delicioso placer que atravesó sus venas como una corriente y la hizo explotar en millones de diminutas partículas luminosas. En cuanto la última de las minúsculas luces se extinguió, Cael le lamió los restos de sangre de su cuello y, con la mano sobre la cicatriz, dejó caer su frente encima de su hombro, exhausto.
Ambos se mantuvieron inertes, centrados en recuperar el aliento. Los músculos de ella seguían contrayéndose de rato en rato alrededor de la erección que continuaba pulsando en su interior. Belén evitó mirarlo. ¿Cómo había podido vivir sin aquello durante todas las semanas que habían estado separados? ¿Cómo viviría con el conocimiento de que no volvería a sentirse así en el futuro? Tomó aire y sacó de su cabeza la idea de que pudieran llegar a un acuerdo por el que consiguieran pasar algún tiempo juntos. Cael no era lo que ella necesitaba. «¡Mentirosa!». Ni ella era lo que buscaba él.

 

—¿Te quitas de encima? Me estoy clavando el borde de la encimera —se quejó con estudiada insensibilidad.
 

Casi gimió cuando él se incorporó y se deslizó fuera de ella, dejando atrás una inmensa sensación de vacío. Cael cogió un rollo de papel higiénico y, tras arrancar un trozo para él, se lo pasó.
 

—Deberíamos irnos. No me gusta este sitio —le propuso Cael al limpiarse y subirse los pantalones.
 

Belén arqueó una ceja en cuanto se cerró el botón del vaquero.
 

—¿Qué te hace creer que pienso ir contigo a ningún sitio?
 

Cael se puso la camiseta antes de responder:
 

—¿No es costumbre entre los humanos fumarse un cigarro o tomarse un café juntos después de echar un buen polvo?
 

A Belén le habría gustado tirarle un ladrillo a la frente, aunque tuvo que conformarse con achuchar el rollo de papel higiénico en su mano. ¿Un buen polvo? Eso era lo único que había sido para él. Debería haberlo sospechado. ¡¿Cómo demonios se le había ocurrido acostarse de nuevo con él conociendo la clase de cretino que era?!
 

—Tú lo has dicho, tras un buen polvo. No tengo claro que un polvo rápido en un cuarto de baño que se usa de matadero durante las fiestas califique tan alto.
 

Cael tensó la mandíbula.
 

—Recuérdame que en la próxima ocasión no pare hasta que me ruegues que lo haga.
—Pues sí que debe de ser un buen polvo uno en el que esté deseando que termines —carcajeó ella con sequedad.
—No has cambiado ni un ápice. Sigues siendo la misma arpía desagradable de siempre —constató Cael con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Habló el cabrón misógino que necesita convertir a una mujer en esclava sexual con el fin de presumir de machito.
—Aquello fue una lamentable confusión, ya os lo explicamos.
—Aquello fue una realidad creada por vuestras mentes enfermizas.
Cael abrió la boca como si quisiera replicarle, pero al final optó por cerrarla y girar el grifo para lavarse las manos. Ella no conseguía creerse que pudiera hacerlo con tanta parsimonia.
—Si cambias de opinión, estoy fuera a unos treinta metros a la derecha de la salida, en el deportivo rojo de los cristales tintados.
—¡Ja! Ya puedes sentarte a espe… —Belén contempló boquiabierta la ventana abierta por la que había saltado Cael—. ¡Será cabrón!


Pese a que se precipitó hasta la ventana, al asomarse, el estrecho patio interior al que daba ya se hallaba desierto.
 

«¡Se ha ido! ¡Se ha largado y se ha ido, así, sin más!».
 

Belén regresó incrédula al espejo. El enfado dio paso a la sensación de abandono y soledad. Cael acababa de usarla y dejarla tirada como si hubieran hecho poco más que compartir un saludo. ¿Quién dijo aquello de que un vampiro no podía vivir sin su shangrile y que se ponían enfermos si no la tenían cerca o la perdían? Neva debía de haberse confundido en su caso, afirmando que ella era la shangrile de Cael, su pareja de sangre. Resultaba más que evidente que él no sentía por ella más que una efímera atracción física.
 

Alguien llamó a la puerta. «¡Mierda, ya lo que faltaba! Quizás Cael tuviera razón y era mejor que se marchara. Su encuentro la había puesto demasiado nerviosa. Fracasar en la negociación que la esperaba era un lujo que no podía permitirse. La cuestión era… ¿podría arriesgarse a atrasarla?
 

Los golpes en la puerta se volvieron más exigentes. «¡Dios!».
 

—¡Ya voy! Un momentito. —Belén se cepilló el pelo revuelto con los dedos procurando tapar las diminutas incisiones en su cuello, que ya estaban cicatrizando, y se limpió unas gotitas de sangre que se habían secado encima de su piel. Fue el instante en el que su vista cayó sobre su escote—. ¡Será cabrón, hijo de puta! Me ha robado el colgante. ¡Oh Dios! —murmuró al no localizar el bolso. Buscó frenética a su alrededor, sobre la encimera de mármol, en el suelo y por todos lados. El corazón le latía a mil por hora, el temblor se irradió desde sus manos al resto del cuerpo y en su garganta comenzó a crecer un nudo ciclópeo—. ¡Se ha llevado el bolso con las joyas!


¡Se lo había llevado todo, todo excepto el anillo con el que la había pagado hoy! Furiosa se quitó el anillo y lo guardó en el bolsillo del vaquero.

 

«Haré que pagues por esto, maldito cabrón».


—¡He dicho que ya voy! —gritó irritada ante el nuevo golpeteo en la puerta.


Apoyándose en la encimera con ambas manos, cerró los párpados e inspiró, tratando de calmarse. De nada le servía salir hecha una furia. Necesitaba controlarse y actuar con racionalidad; tenía que encontrar una excusa aceptable para los dueños de la casa volvieran a recibirla y que estuvieran dispuestos a negociar con ella. Pensaba recuperar sus joyas, pero, si fracasaba, le quedaban las que había dejado en su casa. Ya no tendría la misma capacidad económica, serían suficientes si…
Sus ojos se abrieron de golpe cuando la puerta se abrió con un estruendo y algunas lascas de madera cayeron en el lavabo, solo para tropezarse en el espejo con una imagen que la congeló en el sitio.

 

—Hola, princesita. ¿Debo decir que es una delicia coincidir de nuevo? —le preguntó una voz femenina cargada de un sarcasmo dulzón.
 

Su terror apenas le permitió ver el reflejo de la mujer como una mancha borrosa en el espejo. Lo único que Belén pudo identificar con claridad fueron los duros ojos llenos de odio y los inmensos colmillos extendidos.
 

«¡Andrea!».